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Fiebre amarilla

En el retrovisor de Chris Froome se agolpan las siluetas de Vincenzo Nibali, Nairo Quintana, Richie Porte, Romain Bardet, Tom Dumoulin, Rigoberto Urán y la candidatura de Mikel Landa en su primer asalto a la gloria de la carrera francesa después de dos años bajo las órdenes del ciclista británico 

Un reportaje de Nagore Marcos - Sábado, 7 de Julio de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Froome con Uran y Bardet en el podium del pasado Tour de Francia.

Froome con Uran y Bardet en el podium del pasado Tour de Francia. (AFP)

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Froome con Uran y Bardet en el podium del pasado Tour de Francia.Chris Froome y Romain Bardet, durante el pasado Tour de Francia.Tom Dumoulin (Sunweb) firmó una actuación soberbia en la crono de inicio del Giro de Italia y se convirtió en el primer líder de la carrera italiana.

La fiebre amarilla, el arrebato que provoca el oro del Tour, su maillot, el más preciado de cuantos existen, no tiene cura. Afecta hasta el tuétano porque invoca a la gloria y a los sueños, el material más bello que existe. “El objetivo es ganar el Tour. Es la carrera que nos falta, con la que siempre hemos soñado”, reflexiona Nairo Quintana, que se aproximó tanto a esa emoción que a punto estuvo de vivirla en 2013 y 2015. Entre el éxtasis y Quintana se interpuso Chris Froome, que es ese escaparate que separa a los niños de las chucherías. En el último lustro, solo Vincenzo Nibali, en 2014, fue capaz de romper el techo de cristal del británico y festejar el Tour. En aquella edición, Froome se retiró por una caída. Decía Maradona, una vez conseguida la Copa del Mundo de 1986, que en realidad era más bonito “soñarla que tenerla”. Lo confesó abrazado al trofeo. En el avión de vuelta a casa.

La idea resulta muy poética, incluso contienen un aire conmovedor, pero parte después un logro mayúsculo, de las raíces de la realidad. La vida es sueño, pero mejor abrazar el peluche. Por eso, a la estela de Froome y su gobierno autoritario, existe un puñado de corredores dispuestos al asalto de La carrera.

La nómina es amplia. Mikel Landa, el alma libre del ciclismo, el chico del FreeLanda,a un segundo del podio de París el pasado año después de una carrera al servicio de Froome, es la gran baza vasca, la esperanza de un ciclismo heterodoxo y atacante. Se apresta el de Murgia, por vez primera como líder del equipo, cohabitando su ambición con la de Nairo Quintana en el Movistar, a enfrentarse al mayor de sus retos. En su tercera participación en el Tour, amanece Landa con responsabilidad -son variadas las voces que le sitúan como heredero de Contador- y con el deseo inequívoco de hacerse con la Grande Boucletras caer rendido al influjo del acentó francés en la pasada edición.Para opositar al triunfo en el Tour, el de Murgia deberá imponer sus argumentos en el Movistar, donde el debate jerárquico espera ser resuelto por el lema que ondea en ciclismo desde tiempos inmemoriales: la carretera pone a cada uno en su sitio.

La ley fetiche del ciclismo ordenará a la oposición de Froome, que llega dispuesta a desbancar el rey de Francia. Además de la candidatura de Landa, e el Movistar cuentan con la alternativa de Nairo Quintana. El colombiano, anulado en la pasada edición, a la que se presentó tras competir en el Giro -fue segundo- es un especialista en la carrera francesa y desea mostrar su mejor versión, toda vez que en 2017 el colombiano palideció de modo inopinado. En esas mismas coordenadas de redención se desarrolla el discurso de Richie Porte (BMC). El australiano, que venció la Vuelta a Suiza, tratará de esquivar el infortunio del pasado año, cuando perdió cualquier opción al padecer una fuerte caída que le envió a casa con un extenso parte médico a modo de recordatorio. Chispeante en la montaña, Porte, que en su día perteneció a la maquinaría del Sky hasta que demandó su propia voz, es un serio aspirante a la corona.

En su día, Vincenzo Nibali (Bahrain) supo lo que es observar París desde la atalaya de los Campos Elíseos. El siciliano no participó en 2017. En esta ocasión, rodeado por los siempre eficaces hermanos Izagirre, Nibali, ganador de la Milán-San Remo, parte con la idea de repetir su mayor éxito. Si bien no ha brillado durante la campaña, el pulso competitivo del italiano no suele tener ángulos muertos y apenas decae. Con la etapa del pavés de la novena jornada a modo de filtro del Tour, y la experiencia de manejarse con enorme solvencia en las carreras de tres semanas, Nibali estará al acecho, siempre dispuesto para el abordaje.

En la lucha también se espera a Tom Dumoulin (Sunweb), que al igual que Froome, se posará en la salida de la carrera después de acometer el Giro. El holandés fue segundo en Roma. Solo el británico, con un ataque en la Finestre para la posteridad, pudo batirle. Dumoulin, experto contrarrelojista y capacitado para alta montaña, se persona como un rival muy capacitado para el trono siempre que la digestión del Giro no lamine demasiado al holandés en la carrera más exigente del mundo, donde nadie concede ni un palmo.

Basta con recordar que el podio del año pasado se resolvió por un segundo. Fue Romain Bardet (Ag2r) el que lo cerró. El francés, el icono del ciclismo galo, es la opción del hexágono para poder derrocar a Froome después de dos podios consecutivos. Segundo en 2016 y tercero en 2017. Líder de un equipo con espíritu guerrillero, el escalador galo intentará someter a Froome impulsado en las montañas, que se acumulan en el Tour. El colombiano Rigoberto Urán (Education First) es otro de los hombres llamados a pelear por el triunfo final después del segundo puesto obtenido el curso pasado. Urán sobresalió al apuntalar una actuación basada en la resistencia. Ocurre que el Tour exige cierto arrebato, el que produce la fiebre amarilla.

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