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El fin

Por Javier Otazu Ojer - Viernes, 29 de Junio de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Cómo han venido los periódicos estos días. Tres son los temas principales de conversación: el fin de Julen Lopetegui como entrenador de la selección española, el fin de Màxim Huerta como ministro, el fin de Iñaki Urdangarin como persona libre. Es evidente que eso no lleva aparejado su fin como personas, pero de una forma u otra la reputación de las mismas ha quedado dañada. Y eso lleva aparejado un aspecto interesante: ¿podrán volver a tener una vida normal?

Muchos jóvenes no recordarán a Gabriel Urralburu, antiguo presidente del Gobierno de Navarra allí por los años 90. Condenado, como tantos otros, por corrupción (ya en esa época se decía aquello de que “esto no va a volver a suceder” y sigue, sigue, sigue y sigue pasando;ello es debido a dos aspectos, los incentivos de los seres humanos -pese a todo, el castigo aplicado no disuade a los corruptos a dejar de serlo- y a la sensación de impunidad que poseen muchas personas que ocupan altos cargos, sean los que sean) ha pasado al olvido. Hoy en día, sea justo o injusto, su nombre evoca una época que no deseamos repetir.

Volviendo a la pregunta anterior, ¿qué situación va a tener cada una de las tres personas citadas inicialmente en el artículo? Económicamente y salvo catástrofe, todos tienen la vida resuelta. Lopetegui será considerado un traidor para unos (“abandonó a su selección y a su país en el momento menos adecuado”) y tendrá comprensión para otros (“el tren del Real Madrid solo pasa una vez en la vida, y aunque las formas no han sido las mejores, tiene lógica deportiva y económica lo que ha hecho”), pero tiene recorrido dentro de su ámbito profesional. Los otros dos lo tienen más complicado, y es muy difícil saberlo. Suficientes tertulias habrá que sirvan para sacar unas u otras conclusiones.

La reflexión a la que nos lleva esta historia es la siguiente: ¿en qué momento llega nuestro fin? Por supuesto, no se trata de nuestro fallecimiento. Se trata de fin como imposibilidad de seguir nuestro desarrollo personal y/o profesional. La pregunta es pertinente, ¿no?

Existen muchas estadísticas sobre la felicidad en el mundo, pero hay una que llama sorprendentemente la atención: la edad a la que somos más infelices no depende ni de la situación económica ni geográfica

Existen muchas estadísticas sobre la felicidad en el mundo, pero hay una que llama sorprendentemente la atención: la edad a la que somos más infelices no depende ni de la situación económica ni geográfica (es decir, es común en muchos países). De hecho, está alrededor de los 45 años. La expresión matemática es una forma de U que alcanza su mínimo en ese punto y a partir del mismo vuelve a subir. ¿Cómo se explica? Por las expectativas. Todos tenemos sueños, pero llegado un momento vemos que algunos ya no se van a poder cumplir: ya no tendremos una bonita casa en la orilla de la playa, vemos que a nivel laboral las opciones de prosperar se van marchitando, nos vemos sin margen de acción en nuestra vida. Que triste, ¿verdad?

No obstante, hay esperanza. La teoría de la felicidad también enseña que cuando se cumple alguna de las preocupaciones que tanto tememos no lo pasamos tan mal (de la misma forma, cuando nos cae la lotería no todo es jauja: pasado un tiempo, volvemos a nuestro nivel de felicidad natural) y nos adaptamos mejor de lo que creíamos. En ese momento redefinimos nuestras prioridades, y conforme vuelve a avanzar la vida nos encontramos cada vez mejor. Además, nos damos cuenta del famoso dicho: “La vejez está muy bien si se tiene en cuenta la alternativa”.

Sea de una u otra forma, las personas que alcanzan puestos tan altos tienen un fin más complicado ya que se terminan identificando con su situación social (es difícil no hacerlo cuando todo el mundo te trata diferente), y por esa razón la caída es tan dura y difícil. En ese sentido, ¿por qué no volver a los griegos clásicos? Definían la ataraxia como la dicha asociada a la calma, esa sensación de equilibrio interno que nos hace inmunes a cualquier tontería pasajera recordándonos, como se hacía a los generales romanos después de las grandes victorias, que “solo somos seres humanos”. Ahora que está de moda realizar diferentes recomendaciones en el ámbito educativo, propongo una asignatura llamada Ataraxia. Nos iría mejor a todos.

Existe un fin más interesante, el asociado a la palabra finalidad: la razón por la que estamos aquí, nuestro propósito personal. Por desgracia, muchas veces aplicamos este concepto de forma desordenada. No es lo mismo buscar poder o dinero a cualquier precio como fin en sí mismo que desarrollar nuestras competencias personales para ser buenos profesionales, buenos políticos o buenos empresarios pensando que la consecuencia de todo ello puede ser, y es legítimo y bueno que sea así, poder o dinero. Al fin y al cabo, comprender esta diferencia es la finalidad principal del artículo.

Fin.

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