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Los cien mil hijos de San Jeff

El ataque de Trump a la empresa de Jeff Brezos (Amazon) se encontró enfrente a un ejército de más de un millón de usuarios ‘prime’ de la compañía de ventas por Internet

Un reportaje de Diana Negre. Fotografía Afp - Domingo, 24 de Junio de 2018 - Actualizado a las 09:51h

Jeff Bezos, fundador y presidente de Amazon.

Jeff Bezos, fundador y presidente de Amazon. (Foto: Efe)

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Jeff Bezos, fundador y presidente de Amazon.

Ni Luis XVIII era santo ni el ejército de Jeff ha derramado sangre, pero el resultado de la operación americana de Jeff contra el presidente Trump ha tenido un éxito mucho más fulminante y rápido que en su día la invasión de la Francia borbónica en España con los cien mil hijos de San Luis.

El creador de Amazon, Jeff Bezos, se ha enfrentado al presidente de Estados Unidos con un ejército de un millón de subscriptores. Quizá sea casualidad, pero la cifra del millón de subscriptores de primera, o los servicios especiales de Amazon conocidos aquí como prime, se divulgó en su día poco después de los ataques de Trump contra la empresa, a la que amenazaba con intervenir en sus suministros y ponerle todas las cortapisas posibles.

Ahora, Amazon no parece solo la campeona norteamericana, sino mundial, porque este miércoles Bezos anunció a sus accionistas que sus clientes prime son cien veces más fuera de Estados Unidos: superan los cien millones. Toda una hazaña para una empresa lanzada hace tan solo 24 años.

Ni siquiera la decisión del Tribunal Supremo, que acaba de anunciar que las ventas electrónicas ya no estarán ya libres de impuestos, parece afectar demasiado al gigante del comercio, cuyas acciones bajaron como todas las del sector al conocerse la sentencia, pero reanudaban su tendencia alcista al día siguiente, impulsadas tal vez por la euforia que semejante decisión ha tenido entre los contables de los estados federados, que podrán rellenar sus maltrechas arcas.

Después del susto inicial, se impuso la calma porque es improbable que los compradores por Internet renuncien a la comodidad de comprar desde su poltrona. Si se lanzaran a la carretera, habrían de pagar el mismo impuesto en los comercios situados a decenas de kilómetros de sus casas.

Jeff Bezos, el empresario que creó Amazon como una pequeña organización de venta de libros por correo y se ha convertido hoy en el hombre más rico del mundo, con una fortuna estimada en 112 mil millones de dólares, vio hace un par de meses como las acciones de su empresa bajaban de valor en las bolsas con los ataques de Trump, quien le criticaba por perjudicar a los boticarios y por beneficiarse de tarifas postales bajas.

Naturalmente, una bajada de Amazon en la bolsa no perjudicaba únicamente a Bezos, cuyo nivel de fortuna está por encima del bien y del mal, sino mucho más a los pequeños accionistas que tienen sus ahorros en las bolsas de valores.

Pero las peroratas de Trump preocupaban por algo más. Y es que al cabo de un año y medio en la Casa Blanca ha demostrado que cumplía con algunas de las promesas electorales que nadie creía posibles, como trasladar la embajada norteamericana en Israel a Jerusalén, aplicar aranceles al acero y el aluminio o sacar a Estados Unidos de los acuerdos económicos del Pacífico, para no hablar de sus negociaciones con Irán o Corea del Norte.

La perspectiva de entorpecer las operaciones de Amazon tenía que inquietar a sus clientes en Estados Unidos, que son muchos más del millón que paga una prima anual por el servicio prime y que se han acostumbrado a comprar casi todo lo que necesitan desde sus teléfonos móviles o sus ordenadores, además de la facilidad de devolver sus compras sin trabas ni costos de envío.

Trump criticó a Amazon por el daño económico producido al país que ha visto quebrar millones de pequeños comercios, pero la idea de volver a la tienda de barrio daba aquí la impresión de un regreso a la Prehistoria. Especialmente porque en Estados Unidos, debido a las grandes distancias y la falta de estructuras urbanas como las que tenemos en Europa, trasladarse a un centro comercial o a una tienda puede ser toda una aventura.

Hay muchos millones de personas que viven a kilómetros de distancia de cualquier centro urbano y, no ya de un supermercado, sino de una gasolinera donde además de repostar combustible pueden comprar alimentos básicos y artículos de primera necesidad.

El slogan electoral de Trump de “recuperar la grandeza americana” sonaba, aplicado a Amazon, a algo así como “recuperar la grandeza de la botica” o, comercialmente, volver a la Edad de Piedra.

En realidad, Bezos no necesitó para nada movilizar al millón de clientes de primera porque bastaba con la consternación general, que sin duda alguna los sondeos de opinión de Trump podían detectar.

Pero la otra víctima de las arremetidas de Trump podía ser precisamente la organización a la que específicamente deseaba ayudar y que es el servicio de Correos. En Estados Unidos, los correos son deficitarios por una serie de motivos demasiado larga para detallarlos, además de la competencia a que se enfrentan con empresas de envío como UPS o Federal Exprés. Pero encontraron una fuente importante de ingresos en la firma Amazon, hasta el punto de que los carteros trabajan incluso los domingos para entregar sus paquetes.

Pero Trump atacó a Amazon porque paga unas tarifas postales demasiado bajas y su amenaza de obligarle a pagar más tiene que haber causado consternación en el servicio postal, que tendría aún más dificultades de competir con las empresas privadas de paquetería.

Así que la guerra anunciada por Trump desapareció rápidamente, algo fácil de comprender. Aparte de las realidades económicas, un ejército de un millón de clientes es muy grande: en proporción a la población española de 1823, los invasores franceses representaban un soldado por cada 7700 habitantes, mientras que los clientes de primera de Amazon representan uno por cada 3.000 norteamericanos.

En realidad, mucho más: los dos tercios de la población norteamericana compra por lo menos una vez al año y, siguiendo con el paralelo de las cifras de la invasión francesa, eso sería como si Luis XVIII hubiera enviado a España nada menos que 6 millones de soldados.

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