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¿Cuántos muertos palestinos puede aceptar el mundo sin inmutarse?

Por Germán Gorráiz López - Lunes, 21 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Elexpresidente de estados Unidos, Jimmy Carter, que pasó a la Historia al lograr el histórico acuerdo de Camp David entre Israel y Egipto en 1979, distanciado de la política de los sucesivos gobiernos de Benjamin Netanyahu, denuncia en su libro Palestina, Paz no Apartheid, el “sistema de apartheid que Israel aplica sobre los palestinos”. Asimismo, denuncia “el incumplimiento por parte de Israel de los compromisos adquiridos en el 2003 bajo los auspicios de George W. Bush”, que incluían las exigencias de la congelación total y permanente de los asentamientos de colonos judíos en Cisjordania así como el Derecho al retorno de los cerca de 800.00 palestinos que se vieron forzados a abandonar Israel tras su constitución como Estado en 1948 (Nakba).

Dicha hoja de ruta fue aceptada inicialmente por Israel y ratificada posteriormente por Ehud Olmert y Mahmud Abbas en la Cumbre de Annapolis ( 2007) con la exigencia de “finiquitar la política de construcción de asentamientos en Cisjordania y flexibilizar los controles militares que constriñen hasta el paroxismo la vida diaria de los palestinos”.

El estadounidense Harold Lasswell (uno de los pioneros de la mass communication research), estudió después de la Primera Guerra Mundial las técnicas de propaganda e identificó una forma de manipular a las masas (teoría de la aguja hipodérmica o de la bala mágica), plasmada en su libroTécnicas de propaganda en la guerra mundial(1927) y basada en “inyectar en la población una idea concreta con ayuda de los medios de comunicación de masas para dirigir la opinión pública en beneficio propio y que permite conseguir la adhesión de los individuos a su ideario político sin tener que recurrir a la violencia” (en el caso de Israel, la defensa de la sacrosanta seguridad del Estado hebreo).

La propaganda de los gobiernos de Netanyahu está dirigida no al sujeto individual sino al grupo en el que la personalidad del individuo unidimensional se diluye y queda envuelta en retazos de falsas expectativas creadas y anhelos comunes que lo sustent

Por su parte, Edward L. Bernays, sobrino de Sigmund Freud y uno de los pioneros en el estudio de la psicología de masas, en su libro Cristalizando la opinión pública, desentraña los mecanismos cerebrales del grupo y la influencia de la propaganda como método para unificar su pensamiento. Así, según sus palabras “la mente del grupo no piensa, en el sentido estricto de la palabra. En lugar de pensamientos tiene impulsos, hábitos y emociones. A la hora de decidir su primer impulso es normal seguir el ejemplo de un líder en quien confía ”. La propaganda de los gobiernos de Benjamin Netanyahu está dirigida no al sujeto individual sino al grupo en el que la personalidad del individuo unidimensional se diluye y queda envuelta en retazos de falsas expectativas creadas y anhelos comunes que lo sustentan, sirviéndose de la dictadura invisible del temor al Tercer Holocausto, proceda de Hamás, de Hezbolá o de Irán.

Dicho extremo estaría refrendado por las declaraciones del subcomandante de las Fuerzas Armadas israelíes, Yair Golan, quien en un discurso pronunciado el Día del Recuerdo del Holocausto afirmó que “hay vestigios de las espeluznantes tendencias de la Alemania nazi en el Israel actual” y que “no todo lo que hacemos es correcto”, en referencia al incidente ocurrido en Hebrón en el que un soldado israelí remató a un palestino herido y tumbado en el suelo, siendo posteriormente condenado a 18 meses de prisión y puesto en libertad. Sin embargo,la teórica política judío-alemana Hannah Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén, subtitulado Un informe sobre la banalidad del mal, nos ayudó a comprender las razones de la renuncia del individuo a su capacidad crítica (libertad), al tiempo que nos alerta de la necesidad de estar siempre vigilante ante la previsible repetición de la “banalización de la maldad” por parte de los gobernantes de cualquier sistema político, incluida la sui-genéris democracia judía, pues según Maximiliano Korstanje “el miedo y no la banalidad del mal, hace que el hombre renuncie a su voluntad crítica pero es importante no perder de vista que en ese acto el sujeto sigue siendo éticamente responsable de su renuncia” (y basta, al respecto, conocer otro dato: más de 1.500 niños palestinos han resultado muertos por las fuerzas israelíes desde la Intifada de 2000).

El Gobierno de Netanyahu aspira a resucitar el endemismo del Gran Israel (Eretz Israel), ente que intentaría aunar los conceptos antitéticos del atavismo, que bebería de las fuentes de Génesis 15:18, donde se señala que “hace 4.000 años, el título de propiedad de toda la tierra existente entre el Río Nilo de Egipto y el Río Eúfrates fue legado al patriarca hebreo Abraham y trasferida posteriormente a sus descendientes”. Dicha doctrina tendría como principal adalid a Isaac Shamir, quien defendió que “Judea y Samaria (términos bíblicos de la actual Cisjordania) son parte integral de la tierra de Israel. No han sido capturadas ni van a ser devueltas a nadie”.

En dicha doctrina se basarían los postulados actuales del partido Likud liderado por Benjamin Netanyahu, quien aspira a convertir a Jerusalén en la “capital indivisible del nuevo Israel”, tras la invasión de su parte oriental tras la Guerra de los Seis Días (1967). Es por ello y por la promesa realizada a Netanyahu durante la campaña de las presidenciales de Estados Unidos que acabaron con triunfo de Donald Trump que este traslada la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalem, lo que se ha traducido en una nueva masacre en Gaza -más de 50 muertos y centenares de heridos en la celebración del 70º Aniversario de la Nakba-y el repudio hipócrita de la comunidad internacional. Porque, más allá de las declaraciones, ¿cuántos muertos palestinos puede soportar esa comunidad internacional sin inmutarse?

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