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La rebelión del malestar

Por Iosu Perales - Sábado, 19 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

En esta época incierta, la investigación de las motivaciones por las que la gente sale a las calles es de mucho interés. No se manifiesta solo por el ridículo aumento del 0,25% de las pensiones. No es solo por una insultante sentencia patriarcal dictada por un tribunal de Iruñea. Es por más. Por bastante más. Es porque hay un malestar acumulado que tiene muchos nombres. Es la dignidad la que grita, la que teje una complicidad de gritos, la que exclama ¡ya está bien!, ¡no roben más!, ¡igualdad entre hombres y mujeres! Queremos vivir en una realidad cuyas instituciones nos respeten. Hoy, son millones las personas que forman parte de unos movimientos transversales, las que protestan. Lo hacen, es verdad, por la existencia de unas condiciones de vida que tienen un peso innegable en las conductas sociales. De hecho las grandes protestas han recibido el impulso de una acentuada precariedad en las condiciones de existencia de buena parte de la población. Pero como digo, hay mucho más: ¡no queremos que nos sigan robando la vida!, ¡paren los asesinatos de mujeres! Las condiciones de vida pasan así por el mundo del espíritu, operan a través de ideas, representaciones, imágenes, sentimientos de origen diverso, generando un gran malestar que no se conforma con poco. “¡Nos maltratan!”, decía una señora a mi lado en una de las manifestaciones.

Hay movimientos que no se compran con algo de dinero. Tienen más que ver con los derechos. En el caso de las pensiones ya no vale un aumento de 10 o 20 euros. Una pensión de 600 euros es indigna y lo sigue siendo si es de 618 euros. Pero lo cierto es que ni siquiera las condiciones materiales del presente pueden explicar todo cuanto ocurre, hay un conglomerado de componentes de indignación contra la corrupción generalizada, por ejemplo. Hay también un gran sufrimiento por la situación de hijas e hijos sin trabajo que forman familias en condiciones de precariedad e incertidumbre. Hay hartazgo por las mentiras del Gobierno. Hay un reconocimiento extendido de que la sociedad que se está configurando coloca a las mayorías en un escalón más bajo que el de los que se ocupan y viven de la política. Cierto, hay motores sociales que responde a múltiples causas. Es un hecho que casi siempre se ha protestado por exigir derechos, y hoy se hace para no perderlos.

Millones de personas viven angustias que no acaban de decir su nombre;son ansias de felicidad frustradas;es emoción y sentimientos humillados. La protesta surge como instinto de vida. Una protesta decidida a ganar por fe, por voluntad, por tener la razón. Las bajas pensiones son el detonante de algo más: la gente quiere una política limpia, unos políticos limpios, unas instituciones al servicio de las personas. Las pensiones, un problema desde luego real, es hoy el detonante, el activador de un malestar que se nutre de una gran cantidad de situaciones y de medidas infames del Gobierno. Por eso, más allá de ver en la gente un dato movilizador y/o electoral, las fuerzas políticas y sindicales deberían ser capaces de conectar con ese mundo sentimental, con la indignación, con las voces de la gente para proponer una regeneración política, una democratización de la democracia, una nueva realidad social.

Millones de personas viven angustias que no acaban de decir su nombre;son ansias de felicidad frustradas;es emoción y sentimientos humillados. La protesta surge como instinto de vida

Veamos el ejemplar movimiento feminista. Durante décadas denostados, los últimos movimientos feministas han podido obtener la simpatía de tantas mujeres y de tantos hombres, hasta convertirse en uno de los factores culturales más activos de las actuales sociedades. Ello se explica porque han conseguido encarnar anhelos de justicia e igualdad ante insatisfacciones profundas;en las calles y plazas se desvelan deseos de realización humana, a menudo no expresados o expresados indirecta o metafóricamente. Las necesidades radicales no son siempre solo materiales. No son solo eso. Pues, si nos acercamos más a ese hervidero colectivo del que estamos hablando, veremos que su ebullición es el resultado de un malestar motivado por una diversidad de acontecimientos y de hechos. Hay un telón de fondo patriarcal, un marco histórico y social que es culpable, unas instituciones que actúan sobre todo como funcionales a los dueños del dinero, al poder. Las mujeres exigen la igualdad y al hacerlo trascienden cualquier reivindicación puntual. Están luchando por la vida, por sus vidas, para que sean respetadas y plenamente dignas y libres. Este es un movimiento que nos reclama a los hombres, responsabilidad, compromiso, respeto y una nueva masculinidad. Deseo que ya nada sea como antes del 8 de marzo.

No quiero pasarme de entusiasta. Sé que la gente que se manifiesta estos días quiere orden y seguridad. Y sé que esta movilización dará paso a la calma y la desmovilización. Como otras veces. Pero, afirmo que el 8 de marzo empapó de feminismo a la sociedad y muchas cosas aprendidas no serán olvidadas. Y afirmo que el secular miedo de las personas veteranas ha dado paso a otras actitudes más valientes. Para la lucha por los derechos no hay edades. El rechazo de una situación social dada alimenta la conciencia popular. Los momentos de crisis catapultan valores antes subordinados y ocultos, y dejan en segundo plano actitudes conformistas antes dominantes. La resignación cede el primer plano a la rabia, a las ganas de cambio.

Las protestas en la conciencia popular muestran la confluencia de malestares de origen diverso. No estoy seguro de que esto que escribo sea entendido por algunos sindicatos y partidos. Sospecho que su lectura es mucho más economicista. Así por ejemplo estoy seguro que piensan que logrando del Gobierno la subida de las pensiones de acuerdo con el IPC ya el asunto estará bien encauzado. Piensan que la gente se comporta como las gallinas a las que se les echa maíz y solo miran al suelo. Ellos piensan que todo tiene un precio. Cuidado, no diría que al final se salgan con la suya, pues todo movimiento aunque sea multitudinario tiende al cansancio. A eso juegan y por eso la prueba del nueve se verá después del verano. Será el momento de contar las fuerzas de nuevo. Pero, pase lo que pase ya nada será como antes. Y no lo será porque mucha gente ha podido comprobar que en la calle somos muchos y tenemos una porción de poder. El Gobierno del PP se ha visto obligado a dar un paso atrás en el asunto de las pensiones, tras haber jurado que no subiría más allá del 0,25. Los jueces ya han comprobado que la calle disiente de una sentencia injusta y cuestiona “la infalibilidad” de un poder contaminado por prejuicios patriarcales. Estamos perdiendo un miedo que reverenciaba a poderes no cuestionados. Todo ha cambiado. Por eso, ahora, a la pregunta ¿no crees en la justicia? se puede responder tranquilamente, pues no. Hay jueces y juezas profesionales y honestas, pero el sistema en su conjunto es poco democrático.

¿Por qué se rebelan de vez en cuando los seres humanos? ¿Por qué incluso se empeñan, en ocasiones, en la realización de aventuras colectivas de incierto resultado? La respuesta está en hechos como estos: dos días después de las grandes manifestaciones de pensionistas del 17 de marzo, el Gobierno anunció un gasto de 10.000 millones en la compra de tanques y submarinos. Y decía que no había dinero. Esta agresión del Partido Popular a la ciudadanía forma parte del catálogo de injusticias contra las que nos rebelamos;por su parte la huelga feminista del 8 de marzo selló el objetivo de la igualdad en nuestra sociedad. Y pudimos ver escenas maravillosas de complicidad entre mujeres jóvenes y veteranas, entre mujeres y hombres. La huelga fue tan respaldada que instituciones y políticos tuvieron que acatarla e incluso seguirla. Pero semanas después vinieron unos jueces a calificar la violación como abuso y, de nuevo, la indignación empapó nuestras conciencias pues hemos visto en la sentencia un condenable mensaje de vuelta atrás. Pero no lo lograrán.

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