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De pura cepa

Carlos González / Palista

Sábado, 19 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:05h

Carlos González es un entusiasta de la pelota y todo lo vasco.

Carlos González es un entusiasta de la pelota y todo lo vasco. (Foto: DNA)

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Carlos González es un entusiasta de la pelota y todo lo vasco.

De corazón, de alma y sentimiento. Carlos es, seguro, uno de los nuestros. Como tal le tengo. Con el personaje de hoy no he podido mantener un vis a vis, frente a frente y pausado, sino a través del teléfono y a distancia. A este madrileño del barrio de San Cristóbal le hemos adoptado por méritos, empatía y el amor que profesa a nuestro deporte. Cada primavera, los últimos once años, rebrota en su interior lo que alguien sembró en él cuando era un niño y se viaja hasta Vitoria para vivir in situ las finales del GRAVNI. Entonces deja a su gemelo, Salustiano, al cuidado de la madre, Elisa, y se viene para aquí. Prepara la maleta, carga la batería de la video cámara, pone a punto el patinete eléctrico y, cargado y feliz, coge el tren -“no tengo coche”- con destino a Gasteiz. En el hall de Dato, ya en suelo alavés, se sube al patinete y, lo primero que hace, es acercarse al Hostal Amaia, en la Paz, donde pasará las dos próximas noches a 30 euros cada una. Ese fin de semana lo pasará de frontón en frontón, entre el Beti Jai, Astrónomos y el Estadio. Verá todo tipo de partidos pero, con especial hincapié, en la herramienta. “Cesta punta es lo que más me gusta, también el remonte y, por supuesto, la pala”, recalca al otro lado del teléfono. “Pala, corta y cuero, en pared izquierda y en trinquete”. Graba entre diez y doce horas cada día. Resulta curioso verle moverse de un frontón a otro, cambiar de ubicación en cada uno de ellos, conversar con todo el mundo y guardar la imagen y los recuerdos con los que luego trabajará, con mimo, a la hora de editarlos y verterlos en un disco duro que semanas después te hará llegar.

Este madrileño acude desde hace once años a Euskadi a presenciar in situ y grabar

todas las finales del GRAVNI

Entre nosotros es feliz y en nuestros frontones se encuentra como en casa. “Nunca he tenido una mala experiencia”, me dice. “Me han tratado muy bien y he estado cómodo siempre”. Cada vez que nos visita viene con regalos “y también me llevo alguna que otra cosa”, reconoce. Palas y camisetas que luego luce en casa entre sus colegas y amigos. Lo deja todo atado en casa, en su trabajo -limpia las calles de Madrid con la misma dedicación y cariño, seguro, que nos regala cada vez que nos visita- y durante unos días es el hombre más feliz del mundo. En Gasteiz, en el frontón, con su cámara de video y rodeado de pelotaris.

Carlos González Martínez nació en mayo del 64, así pues, cumplirá 54 en once días, en la maternidad de O´Donnell, donde el Pirulí de TVE. Es un hombre pequeño por fuera al que no le cabe el corazón dentro. Trata con cariño, cuida de sus mayores, guarda en esencia la inocencia de los humildes. Es insistente y pertinaz, de los obstinados sin malicia, terco como un buey de buena raza, sin doblez. De Cuatro Caminos el padre, Salustiano. De Lavapiés la madre, Elisa. Vecino de San Cristóbal de los Ángeles y asiduo al frontón del barrio desde los 14. Empezó por el frontenis y debutó con su gemelo un 15 de mayo, día de San Isidro. “Yo de zaguero y zurdo, como Emiliano Skufca”, aclara, haciendo hincapié en el palista argentino. Se estrenó de blanco en el frontón de la Elipa, edificio construido en 1975, en el que se ha podido ver a algunos de los mejores especialistas de la herramienta. Los hermanos habían jugado al fútbol, muy poco, hasta los 14 -Carlos de portero-, pero pronto se pasaron al frontón con Jesús García y José Luis, dos vecinos. Dos años después, con 17, ganaría ante el hermano su primer trofeo. “Jugábamos con aquellas Reno de madera y la pelota mejicana 201”, recuerda. Aunque ya había tonteado con la paleta, no probó con la corta hasta el 82. Andaban por ahí los hermanos Lizarza, Javie Iñaki, con el padre, Jesús, navarros. El trío necesitaba de alguien para completar el cuarteto. “Jugué con el padre y me enamoré al instante de la pala corta”, me dice. “Acerté desde el principio. Hay que ver lo que corría la pelota”. Luego llegó a jugar los campeonatos de España de Tercera, siempre con los Lizarza en el dúo. El olor a “pegapalo”, el ambiente, el sonido del golpeo, dominar el palo… “Nací para eso”, sentencia. José Antonio Reguera sería su compañero casi fijo durante muchos años. Con él ganaría un Regional sub’22 en el frontón Madrid contra Franco y Obispo.

Entró en la escuela de la madrileña con los hermanos Melero en la Federación. Era la época donde no era fácil encontrar material, cuando jugaba a todas las modalidades -pala corta era su predilecta-, y hasta probó con la larga, “muy exigente”, con Jesús Vivanco, llegando a figurar de suplente en el estatal contra Asturias. A partir del 82 empezó a coleccionar recortes y fotografías de los diarios de la época. Iturri, Utgey Arribillagaaparecían en el As,en el Deiay los artículos acababan todos en una carpeta a buen recaudo en casa.

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