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La derecha se pelea

Rivera exprime al límite la fuerza de la ley en Catalunya al detectar el pragmatismo de Rajoy en favor de un escenario sin 155

Juan Mari Gastaca - Sábado, 12 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:05h

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No es descartable que el último órdago unionista del aprovechategui Albert Rivera haya preocupado mucho más a sus palmeros mediáticos que al PP, aunque también. En esa derecha cada vez más envalentonada por el auge del nacionalismo español hubo quien tragó saliva más de dos veces durante el pleno del Congreso cuando escuchó cómo Ciudadanos dejaba de apoyar al Gobierno central en el dique de contención contra el independentismo catalán. Podría entenderse en ese momento de puntual zozobra que se abría una fisura en la prusiana defensa del imperio constitucional. Para otros mucho más relajados se trataba simplemente de una acción-reacción al último indicador demoscópico que hubiera caído en manos del imprevisible político catalán.

Esta vez, en cambio, el desmarque iba más en serio, el berrinche tenía más calado político. Ocurre que C´s lleva días detectando -sobre todo tras el acuerdo entre Mariano Rajoy y Andoni Ortuzar en materia de pensiones que tanto les ha descolocado- una cierta propensión del presidente popular a facilitar de una vez la creación de un Govern sin tacha procesal y así acabar con la implantación insufrible del artículo 155. Y es ahí donde Rivera ha puesto pie en pared para erigirse con su empecinamiento en la fuerza de la ley como el auténtico defensor de la patria española ante el desafío catalanista. Lógicamente, sabe lo que hace porque así consolida el discurso que tanto agrada a quienes auparon a Inés Arrimadas hasta la victoria y que siguen siendo los suficientes para repetir el mismo triunfo aunque jamás para gobernar.

En esta inesperada escapatoria de Rivera tan mal recibida por su entorno mediático de confianza no llegará, sin embargo, la sangre al río. Ahora bien, desvela claramente un progresivo enconamiento de una relación política entre los dos partidos de la derecha solo sostenible por el reparto de poder que les anima y que en los próximos meses se dispone a cubrir sus batallas más encarnizadas. El PP corre la peor suerte porque siente la presión del rival en el cogote en cada paso que da. Le ocurre ahora con las víctimas de ETA. Rajoy comprende el diagnóstico de Urkullu sobre una nueva política penitenciaria adaptada a la necesaria convivencia, pero le entra mal de altura cuando se lo imagina. Aznar y Mayor Oreja fueron capaces durante un tiempo de desafiar la ley de la gravedad en favor del acercamiento de presos. En estos momentos, Rajoy sería crucificado si lo intentara. Por eso Ciudadanos está ojo avizor, pendiente de la letra pequeña y escrupuloso con las frases incompletas del ministro Zoido en su cita con las víctimas ante quienes se desvivió. Con dos citas electorales en los dos próximos años y sin una presión social asfixiante tras la disolución por vídeo de la banda terrorista, apenas va a quedar voluntad entre Instituciones Penitenciarias y La Moncloa para atender a presos enfermos y algunas peticiones de quienes llevan ya décadas encerrados.

El Madrid postCifuentes de alto voltaje será la auténtica prueba del algodón del juego de intereses entre Ciudadanos y PP en esta comunidad, aunque les puede acabar diezmando a los dos en mayo de 2019. Buena parte de la suerte del nuevo poder provisional está en manos del ventilador de la corrupción. De momento, a la hoguera solo irá la desquiciada expresidenta a quien le aguarda un futuro personal desolador tras conocerse que está investigada, nuevo eufemismo del léxico judicial para rebajar el impacto sonoro de decir sencillamente imputada. Hasta entonces, otra vez pendientes de la CUP.

El esperpento catalán posterior al 21-D nunca cierra la puerta a la sorpresa. Les quedaba por conocer la figura de un títere a modo de ventrílocuo de Carles Puigdemont y lo han encontrado en el furibundo antiespañolista Quim Torra, un voluntarista de culta formación capaz de aceptar una presidencia sin que utilice despacho presidencial y de enterarse por los periódicos de quienes compondrán su Govern. Un remendo para acabar, por fin, con la aplicación del articulo 155 y dejar expedito el camino a la aprobación de los Presupuestos del Estado. Tal proclamación supondría el siguiente escalón a una investidura que, fatídicamente, nadie se atreve a predecir sobre todo después de leer que la CUP casi triplicaría (11) sus actuales escaños (4) en el supuesto de unas nuevas elecciones. Tampoco es imposible semejante desenlace. En medio de este interminable vodevil, bastaría que el radicalismo soberanista se mantuviera inamovible en su reiterada posición de apoyar a Puigdemont como su único guía hacia la República para que Catalunya volviera a votar.

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