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El deporte mata... de gusto

Oscar Ros / Puntista

Viernes, 11 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:05h

El expuntista alavés, con la medalla de finisher en la maratón de Londres.

El expuntista alavés, con la medalla de finisher en la maratón de Londres. (Foto: DNA)

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El expuntista alavés, con la medalla de finisher en la maratón de Londres.

Toda una vida en el frontón y nada a partir de los 37. Un decir, que nadar nada, ¡y vaya si nada! Luego vemos. Nada si hablamos de cesta punta, porque de lo demás no para. De correr, nadar, andar en bicicleta, de montes y montañas y, supongo, de acompañar a los niños a la nieve. Lo que Oscar quisiera, que en cierto modo el gusanillo de la cesta no se le acaba de quitar, es encontrar un grupo de gente como él, algo mayor, veterana mejor, que anduviera con ganas de pegarse algún que otro ensayo por semana en el Olave. “Que para medirme a los jóvenes, como hacen otros ilustres, pues no me veo”. Suficiente con encontrarse con un grupo con los que tirar unas pelotas a un ritmo más pausado. Mientras tanto, de ejercicio y actividad física anda sobrado. Tiempo no, de eso no. “Me vuelvo loco buscando huecos para entrenar”, dice. Del resto, a rebosar. De ahí que de un par de años para aquí, en el grupo de triatlón en el que anda, Maldangora Triatlon Kluba, sólo se contemplen dos únicos requisitos para ser miembro: tener más de 35 años y uno, o más hijos. “Así todos partimos del mismo punto y condiciones a la hora de entrenar”, resume jocoso. El club lo componen 30 personas. Tuvo la oportunidad de debutar en el ironman de Lanzarote y repetir experiencia en el de casa, en Gasteiz. También ha disputado seis medios y, el último, en Senpere, en la modalidad de sprint y por equipos, junto a Hugo Llanos, el mayor de la saga, con quien -y de rebote- “empecé en este mundo”, y Miguélez. Llegaron a escasos nueve minutos del trío vencedor.

“La cesta punta te maltrata. Exige mucho, te desgasta, te rompe y no recuperas”, reconoce con pesar este expuntista

De los 8 a los 37 practicó cesta punta y aún hoy no desdeña la oportunidad de buscar un grupo afín con el que zarcear un rato en el frontón largo. Tiene un hijo de 12 años, Eneko, al que todavía no ha llevado al frontón, “y me pesa”, pero aún no es tarde. Mientras, tanto el chaval como la niña, Maialen, practican esquí en el valle de Arán, en el CAEI, y nadan en el Club Natación Judizmendi, en el Estadio. Eva, la madre y compañera de nuestro personaje, también es deportista. Es corredora. Oscar Ros Navarro fue un puntista aguerrido, combativo. El hermano, Alain, tenía más calidad y jugaba más bonito, “pero le hubieran venido de lujo la ansiedad, la tensión y carácter con los que combatía Oscar”, me cuenta Garai. Sin sacar excelente, “lo hacía siempre hacia el seis y medio y cruzado” y sin estar sobresaliente en nada, “lo dominaba todo”. En resumen, en racha era terrible, se le veía la sangre en los ojos “cuando iba a sacar tras un tanto duro, le faltaba ir al dentista a mirarse la dentadura de lo que apretaba los dientes”. Era de esos deportistas con gen competitivo. De lo que no abunda. Comenzó a los nueve, al año de que la familia se instalara en Vitoria. El padre, José María, protagonizó su propia andadura en el mundo de la pelota. La terrible triada le retiró del fútbol. Había jugado en Sestao y Baracaldo, en Segunda División. Después de eso probó con la pala. “No lo hacía nada mal”, recuerda Oscar. “Alain y yo le vimos jugar muchas veces”. Los comienzos fueron duros. “Al principio éramos cuatro gatos”, cuenta. La escuela daría un salto espectacular tras el Mundial del 86 en casa. Cuatro años antes, Kike Bengoa, Gorka Lafuente,los Urdangarín, Aitory Gorka, y Unai Fernández de Retana formaban la cuadrilla de entrenos. Con la eclosión llegaría gente más hecha, mayor y corpulenta como Alustizao Gorriti, “el más duro”. Y tocó sufrir. Asier, el vecino que le convenció para probar aquello, fue su primera pareja, cuando Juanjo Ibarrales entrenaba “en los cuadros de atrás y contra la pared izquierda”. Estrenó palmares en el Toba junto a Alex, “un chaval tres años mayor que yo” y fue recorriendo el mismo camino que los demás: el Karcher, La Blanca, el GRAVN. Uno a uno los fue ganando todos, superando etapas que debieron desembocar con los profesionales. La huelga, el desencanto, destinos poco atractivos -TijuanaoFilipinas- pararon en seco su carrera. Se alejó de la cesta un par de años y aprovechó para estudiar en Inglaterra. Alain, cuatro años más joven, sí aprovecho la oportunidad y pudo jugar cinco temporadas con los profesionales. Debutaría en Euskadi y probaría en Dania cuando Katxin Uriarte aún seguía en activo. La etapa profesional de Alain acabaría en las vísperas del Mundial de 2006 de Méjico. En esa fase, Oscar y él jugarían juntos muchas veces, -“ninguna en broma, siempre a cuchillo-, en Bera de Bidasoa, en Gernika, en Berriatua, donde el entonces seleccionador, Lekue, “propuso a mi hermano jugar con la selección”. El nivel de entonces era alto. Estaban Konpa, Garai, Sergioy José Mari Compañón. Beaskoetxea jugó aquel Mundial con el menor de los Ros, y caerían por un tanto ante Francia.

Los hermanos habían ganado en el escaparate de Berriatua pero recuerda, sobre todo, una derrota en la final del Internacional de Gernika contra Garita “y un chaval joven recién llegado de Filipinas”, también por un punto, y un partido, otra final, disputada en Saint Jean de Pied de Port donde quienes iban a comenzar el Camino de Santiago, desconocedores del frontón y de la cesta, se acercaron para alucinar con los hermanos. La televisión francesa fue testigo de la enorme curiosidad con la que cientos de peregrinos observaban atónitos el espectáculo. Una buena época aquella, de los 26 a los 34, “con mi hermano de pareja”. Hasta que en 2010 se fue todo al garete. “Una doble hernia dejó a mi hermano en el dique seco, en plena ducha, y me fui con él”. No recuerda cuál fue el último partido. “La cesta te maltrata, Ramón”, me dice. Exige mucho, te desgasta, te rompe y no recuperas. Enganchó 20 kilos de más y se decidió a correr. Primero por el monte, hasta los 40. La última, en Lanzarote. Y entre medias, los 42 kilómetros de la maratón del Monte Perdido. Pero correr por el monte también maltrata y bajó a la carretera para hacerlo por asfalto. Así, hasta 18 maratones y, entre todos, cinco de los seis grandes, los llamados Six Mayors de Nueva York, Tokio, Chicago, Berlín y Londres. Le queda Boston, prueba para la que está clasificado después de bajar de las tres horas en Chicago. Algo maltratará también esto, digo. Creo. En fin. Serán las ganas de pelea. Prieta la mandíbula y dispuesto a sufrir. Para eso está hecho. Para la pelea.

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