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Tribuna abierta

La batalla de la legitimidad

Por Bingen Zupiria - Domingo, 6 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

ETA ha puesto punto final a su trayectoria y ha encargado la defensa política de su relato político a la izquierda abertzale, otorgándole el papel de heredera y testaferro de su menguado legado. El grupo revolucionario que, según su testimonio, surgió con el objetivo de liberar Euskadi para convertirla en una república independiente y socialista, ha escenificado así un final insospechado, inimaginable para sus fundadores y defensores, tras una dolorosa trayectoria, larga y violenta, que se ha desarrollado en su mayor parte después de la muerte del dictador que supuestamente justificó su nacimiento.

Mientras, los demás, la mayoría de las mujeres y hombres vascos que no hemos coincidido en ideas ni sentimientos con ellos, certificamos el final del que ha sido el mayor fracaso que los vascos hemos tenido en el proyecto de construcción nacional de Euskadi como una entidad política abierta, próspera, cohesionada y autogobernada.

Pero no asistimos al fin de ETA como meros observadores. No lo somos y nunca lo hemos sido, pues hemos dedicado una gran parte de nuestras vidas a evitar la sombra de la hidra que, escondida tras la imagen del hacha y la serpiente, buscaba atraernos a su proyecto. Más bien lo hacemos desde el sentimiento de quien se siente parte de un fracaso tremendo que abarca todo el período comprendido por la existencia de ETA.

Cerramos así el relato de un fracaso colectivo que, en primer lugar, afectó al choque de legitimidades que ETA con su aparición provocó en la historia del joven proyecto político democrático vasco, pues su fundación y especialmente la decisión de recurrir a la violencia para el logro de sus objetivos políticos supuso un cuestionamiento radical de la legitimidad democrática vasca.

Aquellos jóvenes que buscaban “cambiar el estado de las cosas” se rebelaron contra la única institución democrática que representaba a la sociedad vasca y decidieron hurtar al Gobierno Vasco, que a duras penas sobrevivía en el exilio, y a los partidos en él representados la legitimidad que figuras de la talla humana y política de Agirre, Leizaola, Landaburu, Iglesias y compañía trataban de preservar. Nuestros mayores, que arrastraban la sensación de fracaso causada por la derrota que sufrieron ante el alzamiento militar de 1936, se encontraron ante una nueva generación que, con el argumento de reventar el inmovilismo que el régimen dictatorial había impuesto, quiso suplantarles en la representatividad de una sociedad, la vasca, que nunca les fue otorgada.

Aquel cuestionamiento de la legitimidad democrática vasca por parte de ETA se repitió más tarde cada vez que la sociedad vasca tuvo que adoptar decisiones comprometidas, como fueron la decisión de sumarse a la Transición, las reuniones de Txiberta, las primeras elecciones de 1977, el nacimiento de las instituciones autonómicas vascas o cada vez que los representantes legítimos de la ciudadanía vasca pidieron a ETA que abandonara su actividad violenta. Esta ha sido la constante de los últimos sesenta años y así se ha vuelto a constatar estos días cuando, para escenificar su acto final, ETA ha buscado la compañía de “agentes internacionales” en vez de hacerlo ante las instituciones que legítimamente representan a las mujeres y hombres que habitamos en los territorios de Vasconia.

Somos muchos los que hemos oído en casa el relato de quienes padecieron o conocieron el bombardeo de Gernika;otros somos descendientes de gudaris y milicianos que empuñaron las armas contra la sublevación militar de 1936. Pero jamás escuchamos a aquellos gudaris, ni a los representantes institucionales que malvivieron en el exilio, ningún mensaje de odio, ni ninguna proclama que demandara venganza. ¿Cuál es el origen, entonces, de la decisión de aquellos jóvenes que se incorporaron a ETA y del impulso que les llevó a justificar el uso de la violencia? Es probable que su justificación se encontrara más cerca de otros lares e ideologías insurgentes que de las ruinas de la bombardeada Gernika.

En resumen, una vez más, la sensación de fracaso, pues ni nuestros mayores ni quienes les representaban fueron capaces de hacer frente a los impulsos revolucionarios que sedujeron a aquellos jóvenes dispuestos a todo. El uso de la violencia venía siendo, por tanto, un obstáculo insuperable para la conformación de una mayoría democrática vasca y la decisión que ETA adoptó en 1977 de continuar con su propuesta violenta y enfrentarse a la Transición y al incipiente autogobierno vasco dio al traste con cualquier posibilidad de compartir con ellos un proyecto social de convivencia y de construcción del nuevo sujeto político e institucional que el país anhelaba.

Es un relato pendiente de escribir, y nos corresponde a nosotros y nosotras hacerlo. No deberíamos permitir que otros lo hagan por nosotros;tampoco deberíamos dejarlo como tarea pendiente para nuestros descendientes. Nos corresponde a nosotros, a quienes nos hemos visto envueltos en los diferentes conflictos que han afectado a nuestra convivencia.

Tenemos los mimbres para construir un relato democrático basado en la legitimidad y en el respeto a los derechos humanos. Tenemos el legado que nos han dejado quienes, en las diferentes coyunturas históricas de estas décadas, decidieron actuar de acuerdo a unos criterios determinados, adecuados a cada momento histórico, y que han prevalecido por encima de todas las dificultades vividas.

Escribamos ese relato. Construyamos esa narrativa democrática basada en la voluntad mayoritaria de la sociedad vasca y en el respeto a los derechos humanos, y proyectémosla al futuro, sin olvidar los acuciantes sentimientos de fracaso que nos han acompañado.

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