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Por la convivencia activa

Por Javier Elzo - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:05h

Estos días pasados, ante la perspectiva del final de ETA, ya materializada en sus dos últimos comunicados, y oficializada en los actos y textos de Ginebra anteayer, y ayer en Kanbo, la Moncloa y en el Señorío de Bertiz, que requieren tratamiento propio, me han preguntado varios medios de comunicación sobre qué cambio político cabe esperar ahora que ETA ya es historia. Pues, en efecto, cuando ETA asesinaba, secuestraba, extorsionaba etc., etc., se decía que nada se podía negociar pues las cartas estaban marcadas por la violencia de ETA y, se añadía que, sin violencia, sin embargo, todo sería discutible. También la independencia.

Ciertamente, desde octubre de 2011, ya sin la amenaza del terrorismo de ETA, nada es igual. Pero, y es lo primero que me ha venido a la cabeza en mi respuesta a los medios, en realidad ahora tampoco se podrá discutir y, sobre todo, saber con rigor qué tipo de relación se quiere mantener con y en el Estado español. Basta mirar lo que está pasando en Catalunya. Los líderes independentistas en la cárcel, cuando la violencia en Catalunya la han ejercido, salvo algún episodio aislado, las Fuerzas de Seguridad del Estado el 1 de octubre pasado, como todo el planeta pudo comprobar. De ahí que no tenga mucho ánimo para abordar, hoy, aquí, este tema. Tiempo habrá, ahora que comienza en el Parlamento Vasco el debate sobre un nuevo Estatuto de Autonomía. Hoy creo que es más urgente y más importante reflexionar sobre el presente y futuro de la convivencia en el País Vasco.

La búsqueda de la verdad debe ser uno de los principales objetivos a perseguir. Creo que es imperativo que toda persona que tenga algo que decir en orden a la clarificación de estos años de dolor deba poder hacerlo. En particular pero no exclusivamente de las violencias injustas todavía por elucidar. Sin eliminar a nadie, dando la posibilidad a todos de ofrecer su testimonio, sus vivencias, su valoración ética. Y todos quiere decir todos.

La escucha de los diferentes relatos, de todos los relatos, el respeto a todas las memorias, permitirá a la Historia, con mayúsculas, escrita por profesionales, ir construyendo la verdad de lo sucedido

Las diferentes memorias, personales y colectivas, dan lugar a diferentes relatos. Paul Ricoeur propone tres formas de memoria: memoria impedida (buscando el olvido de lo que no queremos admitir de nuestro pasado), memoria manipulada (al servicio de una identidad, de ahí “el frenesí de conmemoraciones”, dirá Ricoeur) y memoria obligada, el “deber de memoria” por la deuda contraída con los que más han sufrido y ello bajo la égida de una Justicia que busca la verdad, toda la verdad.

La escucha de los diferentes relatos, de todos los relatos, el respeto a todas las memorias, permitirá a la Historia, con mayúsculas, escrita por profesionales, ir construyendo la verdad de lo sucedido. Aun sabiendo que nunca se llegará a una historia o a un relato unánimemente admitido. Basta mirar a la historiografía del franquismo, a la de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), a la de la Revolución Rusa de 1917, para constatar que no hay un único relato, aunque en lo esencial la investigación histórica no ideologizada llega a acuerdos básicos. Pasará lo mismo con ETA, pero dentro de unas décadas.

Al Partido Popular, aun en el respeto al hecho de haber sido la organización política que en mayor grado ha padecido los crímenes de ETA, me permito pedirle que se sacuda las dos grandes mochilas que la atenazan: que reconozcan (con el juicio ético consiguiente) las torturas por parte de miembros de las policías y, ya, modificar la inhumana situación en la que mantienen a los presos de ETA, que raya en la crueldad gratuita hacia sus familiares. Eso no es ninguna concesión a nada ni a nadie. Es simplemente respetar los Derechos Humanos. Que son universales.

En fin, el perdón nos introduce en otra dimensión más allá de la justicia (insoslayable, por supuesto) y sienta, o fortalece, las bases de la conciliación entre víctimas y victimarios.

Si a la Justicia Restaurativa añadimos la capacidad de escuchar el dolor del otro, de padecer con el otro, como se vivió, por ejemplo, en la extraordinaria experiencia de Glencree que puso en contacto a víctimas de diferentes victimarios en Euskadi y que se está llevando a efecto ahora, en la discreción, en no pocas prácticas entre nosotros -la ultima la viví en Amorebieta-Etxano, en febrero pasado, promovida por la Iglesia de Bizkaia-, cabe pensar en un futuro para Euskadi donde impere la convivencia activa, más allá de la mera coexistencia pacífica.

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