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Voces con 50 años de experiencias

Promover, asentar, difundir y enriquecer la cultura vasca. Con ese gran objetivo nació y con esa misma idea sigue la andadura cinco décadas después. El Coro Araba sopla las velas de medio siglo de conciertos, vivencias, recuerdos...

Un reportaje de Carlos González. Fotografía Pilar Barco/Cedidas - Sábado, 5 de Mayo de 2018 - Actualizado a las 06:05h

Uno de sus recientes ensayos del coro para preparar los próximos recitales previstos en este 50 aniversario.

Uno de sus recientes ensayos del coro para preparar los próximos recitales previstos en este 50 aniversario. (Pilar Barco)

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Uno de sus recientes ensayos del coro para preparar los próximos recitales previstos en este 50 aniversario.

Es imposible pretender en estas líneas hacer un repaso, aunque sea superficial, de todo lo vivido en estos 50 años. Más allá de los conciertos, de los diez discos grabados, de los viajes a países como Argentina, Francia, Italia, Portugal o Hungría, de los premios conseguidos en certámenes de prestigio como el de Arezzo, de... están uno y mil momentos personales y colectivos, situaciones, conversaciones, emociones. Cinco décadas dan para mucho. ¡Y lo que queda por delante!. Medio siglo del que hablar en torno a una mesa con Sabin Salaberri, Manu Sagastume, Aitor Sáez de Cortázar, Ángel Alday y Roberto Ugarte, cinco de las seis personas que a lo largo de este tiempo se han encargado de la dirección de esta agrupación de voces graves que en la actualidad preside Alex Cubelos, quien también acompaña a DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA en la conversación. En la memoria y en la charla, por supuesto, están tanto Antxon Lete -la sexta batuta-, como los otros 15 componentes del Araba que han fallecido. No puede faltar ni una sola nota en la canción de este cumpleaños.

La primera mirada lleva a los presentes a septiembre de 1967, cuando Sagastume y Ernesto Torquemada, compañeros en el Coro Universitario de Madrid, regresaron a Gasteiz y pensaron que algo había que hacer. Entre los amigos de uno y otro consiguieron reunir a unas 14 personas, que se juntaban en el antiguo Barrón. “En realidad, nos reuníamos a merendar”, ríe Sagastume. Adolfo Valdecantos, el primer presidente de un coro que en esos momentos no estaba constituido como tal ni tenía nombre, consiguió un local en la calle Dato, encima de lo que era el Suizo, donde arrancaron los ensayos. Canciones como Beti Eskamak Kentzen se encontraban en aquellos repertorios iniciales que dirigía Sagastume aunque “Javier Ibáñez de Garayo y yo nos fuimos a buscar a Antxon Lete porque yo no tenía lo necesario entonces para hacerme cargo de aquello”. Sin embargo, “cuando llevábamos un mes con él, decidimos que Antxon tenía demasiada buena voz para estropearla de director”, así que pusieron sus ojos para el cargo en Sabin Salaberri. “Claro, yo tenía muy mala voz pero de dirección andaba un poco mejor”, rememora riendo el músico y compositor de Aramaio.

A casi todos aquellos jóvenes, Salaberri -que recuerda a la perfección que entró a formar parte del proyecto el 15 de octubre de 1968, “en la festividad de Santa Teresa de Jesús”- ya les había dirigido en la Schola Cantorum del Seminario y junto a ellos empezó a dar los primeros pasos reales del coro. “Aquello necesitaba una pequeña reestructuración y algunas voces, porque estaba un poco desproporcionado”. Dicho y hecho. Se buscaron más integrantes y con 25 miembros (desde los 70, siempre ha habido un número estable de unos 40 cantantes), en noviembre de ese mismo año nació el Coro Araba, un nombre elegido “por aclamación popular”.

Con las referencias del Coro Easo (Donostia) y Oleskariak (Zarautz), y sin perder de vista lo que estaba sucediendo con el movimiento Ez Dok Amairu o con intérpretes como Gorka Knörr, “nos inclinamos a buscar un repertorio, además del religioso, nuevo, con un contenido revulsivo. Es un espíritu que 50 años después todavía se mantiene”, describe Salaberri, una reflexión que el actual director, Sáez de Cortázar, comparte y apuntala: “el objetivo de este grupo siempre ha sido promover la cultura vasca, difundirla, asentarla, enriquecerla en la medida de nuestras modestas posibilidades puesto que esto siempre ha sido un grupo amateur, serio pero amateur”.

Como explica Alday, desde la música sinfónico coral hasta el folklore, la agrupación ha trabajado todo tipo de repertorios, contando además con la suerte, como apunta Sáez de Cortázar, de que “hemos tenido durante mucho tiempo un director que es muy buen compositor. Sabin ha hecho una aportación durante toda su vida al repertorio coral vasco en general y de voces graves en particular que es muy importante. Tener dentro del grupo a alguien que puede hacer esto con tanta solvencia es una de las claves de la vigencia del coro”.

Eso sí, los inicios no fueron sencillos, también por causas externas. Por ejemplo, en el 69, Salaberri tenía que acudir todos los primeros de mes a Información y Turismo con la lista de los componentes del coro, sus DNI y demás datos para pedir permiso de reunión dos veces por semana, es decir, para ensayar. “Había que llevar las canciones, las traducciones y lo que fuera. Allí aparecía el funcionario de turno y decidía cuál sí y cuál no. Claro, en la ley, la trampa, así que modificábamos algunas traducciones y luego cantábamos lo que queríamos”, describe el primer director. “Tiempos gloriosos”, añade Sagastume. Cosas de la dictadura franquista, como el listado que se le imponía aRadio Vitoria sobre las canciones del Coro Araba que el medio no podía emitir. Las anécdotas se agolpan, como aquella vez en Busturia... “Al final, tuvimos suerte porque en San Prudencio del 69, el entonces diputado de Cultura propuso que nos acogiéramos al Consejo de Cultura. Eso fue la salvación. No trajo mucha más libertad, pero bueno”, dice Salaberri.

Aquel hecho conllevó también una agenda repleta de conciertos, actuaciones en las que el coro siempre ha mantenido un formato tradicional, más allá de los cambios estéticos que otras formaciones han ido implementando, sobre todo en los últimos tiempos. “Algo que siempre se ha cuidado en la historia del coro es que el repertorio que se ofrece en los conciertos tenga algo que decir. Luego ya veremos si nosotros somos capaces de estar a la altura. Pero que por la música no quede. Es fundamental que los coros nos pongamos las pilas a la hora de trabajar repertorios solventes. De hecho, es el gran fallo en estos momentos, que hay demasiada gente trabajando repertorios muy poco solventes”, comenta Sáez de Cortázar.

El valor de lo personal Con paciencia y muchas ganas de trabajar, con “humildad ante la música” y siendo sus más exigentes críticos, se ha compuesto una trayectoria en la que todos destacan el factor humano como clave. “Es evidente que en todos los sitios cuecen habas, pero no estaríamos aquí después de 50 años sin ese punto de convivencia, complicidad, de disfrute en común. El grupo humano del Araba es un privilegio”, tiene claro su actual director, a lo que Sagastume suma que “nos sobrarían dedos de una mano para contar a la gente que ha dejado el coro por motivos de relación personal con los compañeros”.

A esto se une la necesaria implicación de quienes no conforman el Araba pero son esenciales para su marcha, es decir, parejas, hijos e hijas, amistades... “Si podemos hacer esto es porque hay personas que nos dejan hacerlo, que gracias a ellas podemos hacerlo. Nuestras respectivas parejas, cada vez que venimos a ensayar, tienen su recargo de tareas. A veces no es fácil. No podemos estar más que agradecidos porque su apoyo no tiene precio”, verbaliza Sáez de Cortázar pero comparten todos al unísono.

Con ese respaldo y sintiendo que la música “es un elemento imprescindible en nuestras vidas”, el Araba ha mantenido en este tiempo “una población estable”. Son varios los que siguen desde el principio, aunque la agrupación tiene claro que quiere aprovechar este aniversario para hacer un guiño a las nuevas generaciones. Esa falta de renovación es un mal compartido con otras formaciones tanto de este como de otros territorios, pero eso no es consuelo. “De hecho, varios de los que estamos en el Araba también cantamos en otros coros”, señala Cubelos.

A la espera de poder cambiar ese panorama, y mientras se recuerda a componentes que han llegado lejos dentro de la música profesional como Juanjo Mena, David Sagastume y Carlos Mena -“nos hemos visto superados por los que venían por detrás y estamos contentísimos de ello”, según Salaberri-, la formación se sigue reuniendo cada martes en el Conservatorio de Danza José Uruñuela, aunque si se acerca algún concierto importante, siempre se hace un esfuerzo extra. Al cabo de un año, se suelen hacer unas 14 actuaciones, lejos de los números de los inicios. Eran otros tiempos y otra demanda. No se pagan cuotas ni se recibe subvención pública puesto que, como recuerda Cubelos, “no hay, como tal, dinero de las instituciones para la actividad coral”, sino subvenciones puntuales. En el caso del aniversario, Diputación, por ejemplo, ha cedido su imprenta para imprimir carteles y se está a la espera de que el Ayuntamiento de Gasteiz también se implique. Pero más allá de eso, “el coro no tiene más ingresos que lo que ganamos en funerales”, describe su actual presidente.

En sus manos Más allá de las cuestiones económicas, a la hora de mirar a estas cinco décadas. Salaberri también destaca el hecho de que en este tiempo ha habido seis directores pero “han sido cambios que se han producido sin que el coro sufra”, naturales, relevos entre miembros de la propia agrupación. “Un buen director debe tener una probada capacidad musical y ser inteligente para tratar de aunar voluntades. En los coros no profesionales, una parte importante de sus resultados se obtiene a base de trabajo pero también de una relación personal. Es juntarse para cantar y cantar para juntarse” resume Ugarte.

Y ante esa descripción se les pregunta cuál ha sido la marca personal de cada uno en este medio siglo de trayectoria. “Sabin aportó su capacidad de formar el grupo en aquel momento. Se hizo con él y le dio una personalidad concreta. Y ha aportado todo un repertorio que ha sido fundamental en la historia del coro”, describe Sagastume, para añadir que “Antxon realizó un trabajo vocal más específico, una labor de la que yo me aproveché muy bien después. Me tocó el coro cuando la gente tenía unos 40 años y unas voces esplendorosas”. En ese momento “igual yo aposté por la apertura hacia algunos repertorios un poco distintos. El momento socio-cultural y político era diferente y había oportunidad de abrirse a otros campos”.

El cuarto en tomar el relevo fue Ugarte: “lo que hice fundamentalmente fue desarrollar lo heredado y quizás, ampliar algo más el repertorio y tratar de mantener la llama viva. Fue más una labor de mantenimiento en unos buenos años”. Más comedido quiere mostrarse Alday, aunque son sus compañeros quienes no dudan es describir su etapa. “Si ahora nos encontramos todos aquí celebrando el 50 aniversario es porque Ángel, cuando hubo momentos que no fueron fáciles, estuvo ahí y supo estar, como un gran señor que es”, dice Sáez de Cortázar, quien, de sí mismo, apunta que “lo que he intentado es que el coro siga sanamente vivo”.

Todos ellos y quienes componen y han pasado por las filas del Araba son patrimonio coral y cultural de un territorio que junto a sus voces sopla 50 años de música. Sin duda, el mejor regalo posible.

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