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Trabajadoras al borde de la pobreza

Domingo, 29 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:05h

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“La presión es enorme y nos pagan 800 euros netos por 39 horas” “Soñaba que había dejado un carro en una habitación” “La tercera parte de la plantilla está en jornada reducida” “De las 6 de la mañana a las 10 de la noche a la espera de una llamada” “Solo importa el negocio sin pensar que trabajamos con personas”

BILBaO- En el call-centerdonde trabaja en Bilbao son casi 400 personas, el 95% mujeres. “La remuneración es muy baja y la presión es tremenda”, relata Belén, que a sus 42 años lleva siete trabajando en el sector. Sin perder la sonrisa critica las duras condiciones de su trabajo. “Por teleoperadoras nos pagan un salario base de 800 euros por 39 horas semanales;el mes que más ganamos no llegamos a los 900. No somos ni mileuristas”. Por otro lado, la inseguridad en el empleo es total. “Hace unos años hubo un ERE que fue declarado ilegal, pero que aprovecharon para despedir a la mitad de la plantilla;la presión que vivimos hizo que nuestra vida fuera nefasta”, recuerda. “Hace tres años el estrés fue tal que tuve que coger una baja;no podía ni con mi alma”, añade.

Belén reconoce que el problema son las subcontratas;se quedan con la ganancias. “Las empresas contratadoras son multinacionales con influencia y poder;por eso cuando hemos salido a la huelga, los medios de comunicación no nos han hecho mucho caso;también porque somos mujeres. Somos un mero número. Además con la reforma laboral, aunque no lo tengamos por convenido hay que cumplir unos objetivos. Estas al albur de la empresa;sin derechos”, censura - N. L.

bilbao- Antes de entrar a formar parte de las kellys (camareras de planta), Martina trabajó en una tienda de ropa. “He hecho un poco de todo;lo último fue una tienda de ropa. Ahora en el hotel Ercilla llevo poco más de un año y estoy contenta porque, aunque el trabajo es bastante precario la remuneración está bien en comparación con lo que escuchas por ahí”. ¿Cuántas habitaciones hace al día? “Depende de si son suites, dobles o triples pero suelo hacer unas 50 camas al día”.

Martina, graduada en Bellas Artes y técnico superior de Telecomunicaciones, estudia un curso por la UNEF online sobre malos tratos y violencia de género. Mal trato laboral que sufren las kellys, aunque dice no ser su caso. “A mí me llaman 3 ó 4 días al mes y percibo entre 300 ó 400 al mes por ocho horas al día”, dice suavemente esta treinteañera que, al principio, se despertaba por la noche pensando que se había dejado un carro en una habitación. “Nunca me había imaginado que este trabajo sería psicológicamente tan duro;pensaba que hacer camas lo podía hacer cualquiera. Pero al volver a casa no desconectaba” ¿Y la relación con las compañeras? “No existe;no paramos y al acabar cada una va rápido a casa”, dice. -- N. L. N. L.

barakaldo- “Cuando dicen que la economía en Euskadi va mejor y que aquí hay más trabajo y en mejores condiciones, a Blanca Mardones, trabajadora en una residencia, le entran ganas de llorar. Es un sector feminizado y con trabajos muy precarios. “Tuvimos una lucha tremenda pero aún nos queda mucho trabajo por hacer, sobre todo visibilizar la situación en la que trabajamos”, sostiene esta barakaldesa en el sector desde hace 24 años, al tiempo que explica que “a nivel profesional no pueden realizar bien su trabajo porque todo es recortar y recortar;la tercera parte de la plantilla donde trabajo está en jornada reducida, una situación similar a las del resto de Euskadi;lo que hacen los empresarios es parchear la plantilla”, se lamenta. Sostiene que el servicio, cada vez es más precario, lo sufren no solo las trabajadoras, sino también los residentes. ¿Por qué? “Cada vez llegan a los centros personas con mayor grado de dependencia que precisan más atención;antes entraban con más autonomía, pero ahora la familia los tiene en casa hasta que ya es imposible atenderles. A nosotras nos ponen un tiempo por usuario y la angustia es inimaginable cuando ves que no llegas” ¿Todo esto por cuánto? “Como mucho ganamos 1.300 euros”. -N. L.

Leioa- “Al no tener un espacio físico y por la condición de nuestro trabajo, que lo hacemos de forma individual en los domicilios, somos invisibles. Somos trabajadoras fantasmas al no tener localizado el problema”, subraya Anabel Vallarta, luchadora incansable, por los derechos que les hurtan a las trabajadoras del sector de atención a domicilio, dependientes de los ayuntamientos (en su caso del de Leioa) y también altamente feminizado. ¿Conciliar? Una broma de mal gusto cuando los políticos hablan de ello. “Porque no se interesan por nosotras. Desde las seis de la mañana hasta las 10 de la noche estamos a disposición de la empresa;a la espera que nos llame para acudir a alguna casa”, explica Anabel. Y es que los ayuntamientos subcontratan los servicios, pero las asistentes sociales no hacen un seguimiento del trabajo que hacemos. “El gran problema es que al ser una labor tan individual no estamos organizadas;si estuviésemos juntas, como la gente de las residencias, sería otra cosa. Además, los servicios mínimos que nos ponen son del 100%, ya que trabajamos con gente muy dependencia”, indica. “Nos sentimos olvidadas por todos y la huelga es dura, pero es el último remedio”, afirma - N. L.

derio- “Los empresarios han encontrado un filón de negocios en las residencias y se aprovechan de ello”, dice impotente Olatz Mentxaka, que muchas días vuelve a casa derrengada tras una jornada en la que con otra compañera ha tenido que atender a 40 residentes. “Es terrible”. Las residencias se han convertido en negocio puro y duro donde priman los números, el dinero” ¿Y el factor humano del trabajo? “Brilla por su ausencia. Es el sacar trabajo a toda costa. La patronal pasa por alto que trabajamos con personas, no con máquinas;que tenemos que ser sensibles a la situación de cada uno que tiene una problemática distinta”, se queja con conocimiento de causa Olatz con la experiencia que le dan sus 20 años en el sector. Sobre el papel que han jugado las instituciones vascas en el duro conflicto que les llevó a mantener una huelga durante más de un año se muestra extremadamente crítica. “Son políticamente correctas y no quieren mojarse. Lo único que hicieron fue poner zancadillas para cerrarnos la boca. No quieren oír la realidad, ni que sociedad conozca las condiciones en las que trabajamos”, explica, mientras dice con tristeza ver a compañeras llorar por los pasillos al no poder conciliar su vida familiar y profesional. Es muy triste” -N. L.

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