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Oporrak bakean

“No cambio Tinduf por Punta Cana”

En 2013 Sabah, una niña saharaui, pasó su primer verano fuera de los campamentos de Tinduf, en el hogar vitoriano de Irune e Iker. La experiencia fue tan maravillosa que desde entonces son familia de acogida gracias a Oporrak Bakean.

Un reportaje de Begoña Martín. Fotografías Irune Lujambio - Lunes, 2 de Abril de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Además de padres de acogida durante el verano de Sabah y Mariam, Irune y su marido Iker han viajado varias veces a los campamentos de refugiados de Tinduf, donde han podido conocer a las familias de sus dos niñas de acogida y se han acercado a la realidad

Además de padres de acogida durante el verano de Sabah y Mariam, Irune y su marido Iker han viajado varias veces a los campamentos de refugiados de Tinduf, donde han podido conocer a las familias de sus dos niñas de acogida y se han acercado a la realidad del pueblo saharaui.

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Además de padres de acogida durante el verano de Sabah y Mariam, Irune y su marido Iker han viajado varias veces a los campamentos de refugiados de Tinduf, donde han podido conocer a las familias de sus dos niñas de acogida y se han acercado a la realidad

Hace cinco años la vida de Irune Lujambio y de su marido Iker cambió después de leer un artículo en el periódico. “Aparecían en un reportaje unas personas del barrio que contaban su experiencia en Vitoria en la acogida de niños saharauis durante el verano”, recuerda Irune. En ese momento, se pusieron en contacto con Afanis, la Asociación de Familias de Acogida de niños saharauis que trabaja en Vitoria desde 2005, para conocer más detalles del proceso y saber cómo podían participar. Dicho y hecho. En junio de 2013 llegó al hogar de esta pareja de Vitoria Sabah, una niña saharaui que estuvo dos meses con ellos y que repitió los tres veranos siguientes. “La experiencia fue tan maravillosa que hemos estado desde entonces como familia de acogida”, explica esta joven vitoriana. En junio de 2016, Sabah tuvo compañía porque Irune e Iker acogieron también a Mariam, otra niña saharaui que regresó el año pasado. Y su experiencia no se ha quedado solo ahí, como familia de acogida estos últimos cinco años.

Tanto Irune como Iker han viajado varias veces a los campamentos de Tinduf, en el suroeste del Sahara argelino, para conocer de cerca la realidad en la que viven miles de refugiados saharauis. “Si la experiencia de acoger es maravillosa, la experiencia de viajar a los campamentos es mil veces mejor”, asegura Irune, que insiste en que ella “jamás cambiaría ir a los campamentos por un viaje a Punta Cana”.

En los últimos años han viajado en el mes de diciembre, bien para tramitar alguna gestión de la asociación Afanis, bien para el reparto de donaciones, como el pasado diciembre que llevaron varios equipamientos del Alavés que el club les donó para un equipo de fútbol de un colegio de los campamentos. Además, durante el resto del año, Irune e Iker envían por su cuenta a las familias de Sabah y Mariam, las niñas que han acogido, ropa, alimentos y material escolar. “Es una lección de vida para nosotros y para nuestros hijos. En mi caso tengo un bebé de nueve meses al que voy a educar sabiendo que tiene dos hermanas, Sabah y Mariam, a las que hay que ayudar porque viven con muy pocos recursos”.

Afanis ha vuelto a realizar un llamamiento en busca de 25 familias alavesas voluntarias que puedan acoger este verano a niños saharauis de entre diez y doce años. Los menores volverán, un año más, a pasar en Vitoria los dos meses estivales, desde finales de junio hasta finales de agosto, en busca de la paz y de la tranquilidad que no encuentran en los campamentos de refugiados ubicados en el desierto argelino. Miles de saharauis permanecen en ese recinto desde la ocupación por parte de Marruecos hace más de 40 años.

Tanto Iker como Irune conocen muy bien la realidad del pueblo saharaui, que vive en medio del desierto (en los campamentos de refugiados de Argelia), un territorio inhóspito sin posibilidad para la agricultura. “No hay diferencias entre ellos, la mayoría son muy pobres. Hay muchas familias donde ninguno de los padres trabaja y dependen de la ayuda humanitaria. Reciben una vez al mes los alimentos, el gas que les da Argelia, y el agua, que en verano se reparte dos veces al mes. Entre los alimentos que llegan hay patatas, zanahorias, cebollas, harina y legumbres. Nada de carne”, explica Irune.

Todos los niños de los campamentos están escolarizados, y estudian como segundo idioma el castellano. Una vez que completan la enseñanza obligatoria y el instituto, pueden acceder a la universidad en Cuba o en Argelia, países que les ayudan. “Al contrario de lo que puede pensar mucha gente, son niños súper queridos y muy felices en los campos de refugiados. Aunque no tienen nada, viven en familias muy extensas y muy unidas,” explica Irune. Por eso, cuando se acaba el periodo de estancia en Euskadi, estos niños regresan muy contentos a sus casas. Precisamente porque vuelven con sus familias a las que hace dos meses que no ven. “Tiene que quedar claro que las familias de acogida son precisamente de acogida durante dos meses. Tienen que firmar un documento renunciando en todo momento a la adopción. Estos niños tienen sus familias esperándolos en los campos de refugiados. Los niños no se pueden quedar en Euskadi, tienen que volver con sus padres, a sus raíces”, explica Irune. De este modo, las familias de acogida se comprometen a no iniciar, bajo ningún concepto, procedimiento de adopción alguno, porque no se trata de niños y niñas con necesidades afectivas, sino materiales. “En los campamentos están sus familias y desde que llegan están deseando volver para encontrarse de nuevo con sus hermanos, madres y padres”, explica Irune.

Una aventura para las familiasUna vez que llegan a Vitoria, comienza la aventura tanto para ellos como para las familias, que se mantienen en contacto durante los dos meses de verano para realizar excursiones (a Sobrón, Cabárceno, Gorbea,…) y para que los niños saharauis compartan momentos juntos (los jueves suelen reunirse en el parque del Galeón del barrio de Lakua). Además, las familias de acogida pueden irse de vacaciones dentro de la Península, con lo que la acogida de uno de los pequeños no implica en absoluto renunciar a las vacaciones de verano.

A finales del mes de junio y en vuelos chárter los menores llegan a Vitoria muy cansados porque aguantan muchas horas de viaje desde que salen de Tinduf. Una vez en la capital alavesa, llega el momento de que las familias se vayan a casa con los niños que les han adjudicado. “Son momentos muy emocionantes, algunos están un poco asustados y cansados. Lo que se recomienda a las familias es que el primer día los niños hablen por teléfono con sus padres para explicarles que han llegado bien, y luego que estén unos cinco o seis días sin volver a llamar porque se ponen tristes”, explica Irune Lujambio.

Son niños a los que les encanta la carne por la imposibilidad de comerla el resto del año. Y también comen mucha fruta cuando están en Álava. “Disfrutan mucho de todo, de la piscina, de cualquier cosa que organicemos. En nuestro caso, Mariam ha sido un niña que ha disfrutado a tope porque allí, en los campamentos, es la cuarta de nueve hermanos y los tres mayores ya no están en casa, por lo que le toca a ella criar a los más pequeños y hacer las labores. Su madre o está embarazada o acaba de dar a luz”.

Irune reconoce que los primeros días de la acogida son los más delicados, pero sin olvidar que “son niños y que todo fluye con ellos”. Cualquier duda que tengan las familias pueden ponerse en contacto con la asociación y con una monitora saharaui que les ayuda con el tema del idioma. “A veces me han llamado algunos padres porque el niño está un poco triste. Pues lo que hacemos es bajar al parque para que los niños jueguen un rato juntos. Entre las familias nos apoyamos mucho. Los jueves nos solemos juntar. Los niños juegan entre ellos y disfrutan un montón porque se ponen a hablar como locos en su idioma y se desahogan. Y nosotros hablamos del día a día, pues que si algunos se caen de la cama porque están acostumbrados a dormir en el suelo de la jaima o de la tienda en la que viven en los campamentos, o que algunos se orinan en la cama. Muchos no saben utilizar la ducha y hay que ayudarles… Problemas de los que no preocuparse”, apunta Irune.

Cuando llega el momento de volver con sus familias a finales de agosto, los pequeños están contentos, se llevan la mochila cargada de recuerdos muy felices y un álbum repleto de fotos que siempre les recordarán el verano vivido en Vitoria. “Cuando se van pueden regresar a los campamentos con un equipaje de 28 kilos cada uno. Las familias nos suelen preguntar qué es lo más importante para meter en el equipaje, qué es lo que más puede ayudar en Tinduf. Nosotros les explicamos que además de ropa de abrigo para pasar el invierno, hay dos productos que allí son muy cotizados como son la miel y el aceite por su uso medicinal”, explica Irune.

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