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Lujuria de datos

Por Enrique Zuazua - Viernes, 30 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

En las últimas décadas, la visión religiosa de un mundo con características espacio-temporales reconocibles creado por un Dios, un ser superior, ha ido dejando paso a otra de carácter científico que sitúa su inicio hace muchísimo tiempo, en una explosión de dimensiones inimaginables denominado Big Bang. El debate sobre el reparto de papeles entre religión y ciencia y, en particular, sobre si Dios tuvo algo que ver con ese Big Bang, está aún abierto.

No son pocos los científicos creyentes que dan por satisfecha su necesidad de conjugar fe y ciencia considerando que la religión da sentido a la vida del hombre en un universo de naturaleza física que se crea de forma espontánea en esa gran singularidad. Hay otros a los que su ateísmo les lleva a no asignar ningún rol a deidad alguna. Pero los científicos son prácticamente unánimes en dar la espalda a otras teorías cosmológicas, como la del universo estacionario, por ejemplo, según la cual el universo que conocemos existiría desde un pasado infinito, siendo nosotros testigos solo del trocito temporal de nuestro corto horizonte vital.

Hoy se asume de manera casi unánime que el universo se expande desde su inicio, hace unos 13.800 millones de años.

A la mayoría de nosotros, aun aceptando que ese día D existiese miles de millones de años atrás, se nos hace difícil imaginar de cuánto tiempo hablamos. Cien años nos conducen al nacimiento nuestros abuelos, quinientos años al final de la Edad Media, dos mil cuatrocientos a Aristóteles y diez mil a las cuevas de Santimamiñe... Un millón son ya muchos, muchísimos. Y trece mil millones… Hablamos, pues, de un intervalo temporal que en nuestra pequeñez es infinito.

El universo en que vivimos es, por tanto, viejo, muy viejo, o tal vez antiguo deberíamos decir, aunque ese término nos hace pensar en las civilizaciones griegas o egipcias, cunas de las actuales, apenas dos o cinco mil años atrás.

Nuestro paso por el universo siempre será circunstancial y nuestra existencia, efímera;pero en la gran escala somos parte de un proyecto importante y duradero que tiene como misión, cuando menos, garantizar para nuestra especie un futuro en el planeta un poco más justo y equitativo que el presente que nos ha tocado vivir. Queda tarea por hacer.

Sea cual sea la perspectiva con la que afrontemos nuestra vida, el ámbito de nuestra actividad laboral, con independencia de dónde residamos, la lengua en la que hablemos, o la familia y el entorno de amigos que nos haya tocado, hoy vivimos en la era de los datos y los números, del Big Data.

Pero en esa larga transición del Big Bang al Big Data el universo no ha dejado de emitir señales y proporcionar datos sobre su naturaleza y evolución en expansión. Nuestros ancestros de las recientemente descubiertas cuevas de Armintxe, en Lekeitio, sin duda, considerarían también que el número de árboles del bosque era muy numeroso, que estaban habitados por multitud de aves, que la lluvia acumulaba muchísimas gotas, que las olas en el mar parecían fluir de una fuente inagotable…

Lo que distingue a esta época en que vivimos es nuestra capacidad de medir todas esas variables a través de innumerables indicadores y sensores, de registrar todos esos datos en la memoria de gigante que proporcionan los modernos ordenadores y de analizarlos de manera exhaustiva. Hoy, por ejemplo, los contenidos de toda una vieja biblioteca pueden caber en un ordenador portátil, que a su vez puede memorizar más fotos que ninguna familia haya podido acumular nunca, juntando los álbumes de todos sus ancestros.

Los programas informáticos que reducen el peso de una imagen preservando su calidad, se inspiran, entre otros, en “algoritmos voraces” que son capaces de detectar y conservar solo aquellos pixeles más apetitosos, los que conservan más información de la auténtica imagen, generando el espejismo de la fidelidad con muy poca información. Actúan, con avidez y sin complejos, como un comprador que se encuentra fortuitamente en un supermercado del todo gratis y que no duda en aprovisionarse con lo más exquisito de cada expositor.

Medimos, guardamos, comprimimos, desechamos, ganamos espacio, aumentamos la capacidad de cómputo de nuestros ordenadores y sus memorias con nuevos dispositivos físicos y eso nos permite continuar sin cesar en un círculo vicioso que nos lleva a un futuro de ficción, que cada día, al amanecer, es ya presente. Pronto dejaremos atrás la era del Big Data, para entrar en la del Bigger Data y después… ¡Quién sabe!

Hoy disponemos de datos ingentes sobre todo. Las policías cruzan millones de registros de ADN y rastrean un sinfín de comunicaciones para perseguir al delincuente. La variedad de los indicadores económicos es abrumadora y eso ocurre en casi todos los ámbitos. Basta pensar, por ejemplo, en la cantidad de asteriscos que deben albergar los registros de los análisis de sangre de nuestros sistemas de salud.

Para que los datos sean los grandes potenciales aliados que pueden ser, es preciso dominar las técnicas que permiten interpretar la información que poseen. Y eso necesita entrenamiento

Con el almacenamiento de datos y la artillería computacional desarrollada hemos ganado capacidad de detectar patrones y correlaciones insospechadas entre diversos indicadores y eventos y, a partir de ellos, inspirarnos en nuestras tomas de decisión para ser más inteligentes.

Hoy ya hay pocas dudas de que los modernos ordenadores pueden batir al mejor jugador humano en casi cualquier envite, incluso al ajedrez o al go. A la vez, las tareas que exigen más precisión, como la microcirugía, se dejan a la máquina, evitando así los riesgos del tembloroso pulso humano.

¿Podrían los ordenadores ayudarnos también en las decisiones que denominamos “de País”?

Por ejemplo, ¿habría el Reino Unido votado Brexit o el primer ministro David Cameron convocado el referéndum si antes de hacerlo hubiese preguntado a su ordenador?

Para que los datos sean los grandes potenciales aliados que pueden ser es preciso dominar y manejar las técnicas que permiten interpretar adecuadamente la información que poseen. Y eso necesita entrenamiento.

En su lado más oscuro, los datos se han convertido a su vez en voraces depredadores de nuestra intimidad. Si antes nos acompañaba siempre la sombra que proyectaba en el suelo el sol opacado por nuestro cuerpo, ahora vivimos acompañados de la segunda, del perfil de nuestra personalidad que delimita el rastro de datos que nosotros mismos vamos dejando en nuestra actividad diaria.

Al haber dado rienda suelta a nuestra lujuria por los datos hemos olvidado que estos a su vez son voraces pirañas, capaces de crear, sin autorización previa, nuestro clon, por la mera acumulación de evidencias de nuestros hábitos en Internet o del itinerario de nuestro teléfono móvil.

Los estudios de psicología nos advierten también de diferentes otros aspectos difíciles en nuestra difícil relación con ellos.

Por ejemplo, a pesar de la gran cantidad de información disponible, nos es más fácil quedarnos con una primera impresión, fruto de una imagen o chascarrillo emotivo, que con una versión de la realidad más elaborada y fundamentada en un análisis riguroso de los datos a nuestro alcance.

Tal vez por eso las redes sociales se llenan de imágenes y grabaciones cortas, dejando cada vez menos espacio a reflexiones más elaboradas, a sabiendas de que “una imagen vale más que mil palabras”. Pero esto no es nuevo. Nos viene de lejos. De ahí el sabio dicho popular “calumnia, que algo queda”, pues subraya que son necesarios muchos datos y muchas ganas de analizarlos para hacer frente a la inmediatez de la infamia.

Si a esto le añadimos la portentosa capacidad de las redes sociales para crear propagar y difundir fake news, es decir, falsas noticias y realidades, acabaremos convenciéndonos de que los datos se han convertido en una civilización paralela con la que tendremos que aprender a convivir.

Vivimos en una nueva era, llena de posibilidad hasta hora inimaginables. Que esta se convierta en una ciénaga viscosa habitada por infinidad de datos fantasmas y voraces o en un lago translúcido repleto de datos luminiscentes depende en gran medida de nosotros.

Nunca antes la información había sido más abundante ni relevante, pero no seremos mejores ni distintos si la manejamos como siempre lo hemos hecho.

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