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Años de soledad

Por Ander Gurrutxaga Abad - Miércoles, 28 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

El Gobierno del Reino Unido dice que quiere crear un nuevo ministerio para ocuparse de la soledad. Analistas de la ciudadanía inglesa y políticos responsables caen en cuenta que la soledad es un problema de Estado. Es significativo que la iniciativa sea del Gobierno británico, que tiene los peores números en desigualdad social de la Unión Europea y cuyos servicios sociales están demostrando ser insuficientes para atender las demandas provocadas por el envejecimiento de la población, el deterioro de las pensiones o los barrios que perdieron su identidad. Las personas implicadas, según señalan en sus documentos, tienen habitualmente más de 65 años, aunque en los datos que aportan indican que empiezan a notarse este tipo de comportamientos en personas más jóvenes. La conclusión es que durante días y semanas, hora tras hora y día tras día, hacen su vida sin comunicarse con nadie, sin hablar con otras personas, sin expresar sentimientos u opiniones, sin discutir con el vecino, sin llamar a familiares, sin que nadie toque la puerta de casa para preguntar: “¿Cómo están?”.

La iniciativa me parece significativa. Es la primera vez que una sociedad desarrollada y con tanta historia como la británica reconoce, mediante la posible creación nada más y nada menos que de un ministerio, que la soledad no buscada, la soledad sobrevenida, se convierte en una forma de vida, una manera de estar en el mundo que provoca patologías sociales.

El conocimiento, parece que escaso y preocupante del grado de soledad, choca con otras realizaciones de nuestras sociedades. Como bien indica Eva Illouz, “uno de los aspectos más originales y distintivos de la economía del siglo XX es el hecho de que la persona y sus emociones se han convertido en el objetivo de una industria que vende salud mental, autorrealización, bienestar y un ideal de perfil emocional. Lo que tienen en común los psicólogos, las terapias de New Age, los talleres, los libros de autoayuda, el coaching y la meditación psiquiátrica es el uso de un conocimiento experto -psicológico, farmacéutico, genético- para efectuar un cambio emocional, como, por ejemplo, reducir el estrés o la ira, proporcionar bienestar, aumentar la intimidad en la pareja, proporcionar seguridad en uno mismo, reducir los sentimientos de vulnerabilidad y fragilidad y aumentar la autoestima. El ideal de competencia emocional y de salud emocional activa poderosas maquinarias e industrias económicas cuyo producto estrella es la persona. Estas industrias utilizan modos estandarizados de conocer y evaluar a las personas para proporcionar técnicas que les permitan procesar y tratar el sufrimiento y el conflicto humano. Este tipo de producto está creado mediante sistemas de conocimiento;toma a la persona como objeto y, en teoría, puede reciclarse y consumirse nuevamente sin fin. Se consume y se vuelve a consumir porque existen ideales indefinidos de salud y de competencia emocional siempre crecientes que han estandarizado el alma”.

No formar parte de las conversaciones, no hacer o no poder hacer lo que otros hacen, es o puede ser un motivo suficiente para quedar excluidos. Ciertamente, la soledad es una forma de exclusión

Los hechos que describe Eva Illouz indican que la capacidad emocional se ha convertido en el criterio formal para evaluar y cuantificar competencias;se crea un sistema de equivalencias entre las emociones y el rendimiento profesional, medido casi exclusivamente en términos económicos. El sistema de equivalencias que la noción de inteligencia emocional ha hecho posible sugiere un proceso de cosificación y estandarización emocional sin precedentes, porque la inteligencia emocional permite adscribir un valor monetario al perfil emocional de cada uno e incluso convertir uno en el otro.

La iniciativa británica ha visto que estar con otros, atender los motivos del otro, hablar, escuchar, ver, mirar, moverse por la ciudad, estar en el barrio, conocer a las personas que lo habitan, saberse los nombres de los conciudadanos de la comunidad de vecinos, conocer los problemas o la vida y milagros de las otras personas, no son cosas obvias ¿Dónde queda el espíritu de la comunidad? ¿quién se ocupa de movilizarlo? ¿cómo hay que hacer para que las personas no sean masas indistinguibles?

No se trata de que no interesen los problemas que sostienen los discursos y la praxis de la soledad, lo que resulta difícil de soportar son las consecuencias que desata. Sus patologías tiene un fuerte componente para todos los que creen que no la sufren: el deslizamiento hacia la incapacidad para comprenderla está sostenida por prácticas concretas, por formas de vida, por abandonar el sentido que tiene la compañía o por despreciar las relaciones de vecindad. Por ejemplo, ¿cuantas horas o minutos se dedican a visitar, a preguntar, ayudar si es el caso, a personas que en la comunidad de vecinos pueden requerirlas? Se sabe que el incremento de la esperanza de vida da como resultado el incremento de este tipo de patologías.

No sé si un ministerio como el que planifican el Gobierno británico será capaz de decir cómo cambiar nuestro mundo, cómo transformar la composición de las redes o cómo volver a ocupar un lugar en la cadena de suministros. Todo esto es una paradoja irresistible: la soledad de la que dice querer ocuparse no es el atributo de personas que eligen quedarse fuera o que tienen fuerzas y argumentos para hacerlo, sino una forma de estar ajena a la sociedad, una de las formas que adopta la exclusión social o una condición y consecuencia de ella. No formar parte de las conversaciones, no hacer o no poder hacer lo que otros hacen es, o puede ser, un motivo suficiente para quedar excluidos. Ciertamente la soledad es una forma de exclusión. Quizá este nuevo ministerio tendría que llamarse Ministerio de Soledad y Exclusión social.

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