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De Ronald a Donald

Ambos llegaron al poder por demócratas fugados, pero Trump, además, se deshace de los “moderados” en su equipo

Un reportaje de Diana Negre Fotografía Afp - Domingo, 18 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

El 37% del equipo de gobierno de Donald Trump ha dejado sus puestos en el primer año de mandato del presidente.

El 37% del equipo de gobierno de Donald Trump ha dejado sus puestos en el primer año de mandato del presidente. (Foto: Afp)

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El 37% del equipo de gobierno de Donald Trump ha dejado sus puestos en el primer año de mandato del presidente.

Desde que Donald Trump irrumpió en la política norteamericana, le han comparado con Ronald Reagan, otro presidente republicano que ocupó la Casa Blanca hace ya casi 40 años y, al igual que Trump, llegó a la presidencia gracias a los llamados “demócratas de Reagan”, gente que se había pasado de bando.

Ciertamente, los dos mandatarios militaron en el mismo partido y atrajeron votos demócratas. También para ambos la política era su segunda carrera, pues Reagan fue primero actor y Trump empresario de construcción. Y tanto el uno como el otro había sido -igual que sus votantes- primero demócrata y luego se pasó de partido.

Pero la semejanza entre ambos acaba aquí. Las diferencias son mucho mayores y quizá su mejor ilustración es la serie de destituciones o dimisiones en el equipo presidencial, tanto dentro de la Casa Blanca como en los diversos ministerios. Para ponerlo en términos comparativos, el 37% del equipo Trump ha dejado sus puestos en el primer año, más del doble de lo que ocurrió con Reagan (17%).

Más importante que la cantidad, parece ser la calidad de estos ceses. Reagan acostumbraba a decir que su política de personal consistía en “buscar a la gente mejor cualificada y no interferir en su trabajo”, lo que implicaba el reconocimiento de que los expertos en los diversos campos de gobierno conocían los entresijos de su oficio mejor que el propio presidente, cuya principal misión era motivar al electorado y cuidar las almas política del país.

El contraste con Trump no puede ser mayor: no parece haber nadie a quien considere superior en conocimientos en cualquier materia, de forma que Trump se rodea exclusivamente de personas que le son totalmente fieles y tienen exactamente sus puntos de vista.

Para tenerlos junto a él, parece incluso dispuesto a sacrificar los controles que exige la prudencia para cargos públicos importantes, en que el historial profesional tiene una importancia especial por la imagen que proyecta. Pero incluso entre las personas que ha escogido, no parece tolerar ni el más mínimo desacuerdo que, según el catecismo trumpista, no puede deberse más que a una equivocación por parte de sus ministros.

El caso más reciente es quizá el más llamativo: el despido sin ceremonias de un cargo tan importante como el ministro de Exteriores, que ostenta aquí el título de Secretario de Estado. Su titular, Rex Tillerson, no tenía experiencia alguna en relaciones internacionales, pero este ingeniero de caminos, gracias a su larga carrera al frente de Exxon, una de las mayores empresas petroleras del mundo, ha recorrido el planeta, hablado con empresarios y jefes de gobierno y sabe plantearse decisiones importantes.

No solo prescindió Trump de Tillerson porque no le parecía bastante duro frente a Irán o Corea del Norte, sino que lo hizo de forma tan poco ceremoniosa como avisarle en un twit divulgado antes de hablar personalmente con él. Y eso tan solo pocos días después de que el propio Tillerson desmintiera los insistentes rumores de que iba a dejar su cargo.

Y esta carrera de ceses parece que va a seguir. Acaba de elegir a Larry Kudlow, un comentarista conservador para ocupar el puesto que dejó libre Gary Cohen, su principal asesor económico, aparentemente en desacuerdo con su decisión de imponer aranceles al acero y el aluminio, pero hay que preguntarse si también tendrá sus días contados, toda vez que se ha opuesto repetidamente al proteccionismo comercial y sus posiciones en general son moderadas.

De mayor peso aún es el probable despido, proyectado para este verano, del secretario de Justicia Jeff Sessions, un hombre que no para de recibir críticas públicas de Trump porque no le apoya de forma suficiente en las investigaciones acerca de un posible contubernio con Rusia durante las pasadas elecciones. O el que este viernes parecía inminente, del asesor de Seguridad Henry R McMaster, un teniente general experto en relaciones internacionales y que tiene la osadía de presentarle a Trump opiniones divergentes.

Aparte del desconcierto que tantos despidos producen, no solo entre el equipo de gobierno sino también entre los votantes republicanos y la población en general, Trump podría tener dificultades para substituir a los cesados: la mayoría de estos cargos requieren la confirmación en el Congreso, donde la oposición demócrata ya está preparando bloquearlos y la mayoría republicana está desunida y no vota al unísono.

Y si a Trump le sobra confianza en sí mismo, lo que no le sobra es tiempo: falta poco más de medio año para las elecciones legislativas de noviembre, en que hay muchas probabilidades de que sus correligionarios pierdan la mayoría en una o las dos cámaras. De ser así, lo que le espera a Trump es dolor y rechinar de dientes, con los demócratas preparados para torturarlo con un encausamiento y para paralizar administración, empezando por bloquear cualquier nombramiento presidencial.

Es frecuente que el partido de presidente pierda escaños en las elecciones legislativas. Pero si es posible y probable que esto ocurra, Trump parece confiar en la buena estrella que lo llevó a la Casa Blanca y en la oleada de popularidad que le ha de proporcionar el auge económico del momento.

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