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Ayer se cumplieron cinco años de la elección del cardenal Bergoglio

El Papa que vino del fin del mundo

Ayer se cumplieron cinco años de la elección del cardenal Bergoglio como Papa. Un lustro marcado por la vuelta de la Iglesia a las calles a evangelizar entre los desfavorecidos

Un reportaje de Jon Artabe - Miércoles, 14 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, elegido Papa el 13 de marzo de 2013, asumió su mandato bajo el nombre de Francisco.

El cardenal Jorge Mario Bergoglio, elegido Papa el 13 de marzo de 2013, asumió su mandato bajo el nombre de Francisco. (AFP)

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El cardenal Jorge Mario Bergoglio, elegido Papa el 13 de marzo de 2013, asumió su mandato bajo el nombre de Francisco.

Ayer se cumplió el quinto aniversario del inicio del pontificado del Papa Francisco. Aquella tarde del 13 de marzo de 2013, a las 19:05, en el segundo día de votaciones, por fin la muchedumbre que se agolpaba en la plaza de San Pedro pudo vislumbrar la ansiada fumata blanca. La sorpresa vino a la hora del anuncio del nombre del nuevo Papa desde el balcón de la basílica. El cardenal Bergoglio, arzobispo de Buenos Aires, se convertía en el Papa número 266 de la Iglesia católica. Por primera vez se elegía como Papa a un latinoamericano, hecho con el que bromeó el propio Papa al decir en su discurso inicial “que los cardenales habían ido al fin del mundo” para elegirlo. Además un Papa jesuita, primera vez en la historia también en los casi 500 años de existencia de la Compañía de Jesús. Y para terminar de redondear la sorpresa, el propio nombre elegido para el pontificado, Francisco, era por primera vez utilizado por un Papa, en honor a San Francisco de Asís. Pero estas no eran las únicas novedades. Su aparición sin estola ni muceta, en signo de sencillez, así como su identificación como obispo de Roma, pidiendo a los fieles que rezasen por él, supuso una gran novedad;que continuaría en los días siguientes de pontificado, en el que Francisco asombró con su simpatía, sus gestos cercanos a los fieles, y su carisma ante los medios de comunicación.

Sin embargo, el cardenal Bergoglio no era un desconocido. Había sido el segundo cardenal más votado en el cónclave de la elección de Benedicto XVI, y desde entonces se había convertido en una figura notable dentro de la Iglesia. Su discurso en las reuniones de cardenales durante el cónclave de 2013 llamó mucho la atención, ya que abogaba por un cambio en la Iglesia, incidiendo en la necesidad del abandono de una Iglesia autorreferencial y centrada en sí misma, y la apuesta por una Iglesia que se expusiera al exterior y se dirigiera a las periferias existenciales en busca de una evangelización más profunda. Toda una declaración de intenciones respecto a su visión de reforma de la Iglesia que, días después, los cardenales partícipes en el cónclave ratificarían con su elección.

Pero esta reforma de la Iglesia no es una simple actualización de esta al día de hoy, sino que se inscribe en una transformación más profunda del papel de la Iglesia en el mundo actual, que traslada el proyecto pastoral de la Iglesia latinoamericana en el que Bergoglio se formó y en la que participó como figura clave. Por tanto, si queremos entender cuál es el verdadero sentido de la reforma que Francisco quiere para la Iglesia, debemos entender la vida y obra pastoral de este antes de su elección como Papa.

Jorge Mario Bergoglio nació el 17 de diciembre de 1936 en Buenos Aires. En 1958 ingresó en el noviciado de la Compañía de Jesús, llegando a ser con el tiempo provincial de Argentina. Bajo este cargo vivió los duros años de la dictadura argentina. También experimentó los cambios dentro de la Compañía de Jesús que trajo el sacerdote vasco Pedro Arrupe, apoyando el giro social que marcó el generalato de este. Se apostó por una Compañía de Jesús inculturada en el mundo y que, además de difundir la fe, promoviera también la justicia social.

Pero lo que marcó definitivamente el pensamiento teológico del futuro Papa Francisco fue la denominada Escuela de Buenos Aires, iniciadora de la escuela teológica que será conocida como Teología del pueblo. Esta escuela convirtió en la perspectiva teológica que definió la actividad pastoral tanto de la Iglesia argentina, como la del propio Bergoglio, sobre todo cuando accedió al arzobispado de Buenos Aires.

La Teología del pueblo surgió como complemento de la conocida Teología de la liberación. Eran los años posteriores al Concilio Vaticano II, años que inauguraron un nuevo período en la Iglesia. Estos aires de renovación llegaron también a Latinoamérica, que trataba de reflexionar sobre cómo debía ser la Iglesia desde su contexto y desde su identidad propia. Además, la situación de injusticia social del continente, implicaba una reflexión que comenzarán los obispos latinoamericanos y que maduró en la reunión del episcopado latinoamericano de Medellín de 1968.

Experimentó los cambios en la Compañía de Jesús que trajo el vasco Pedro Arrupe, apoyando el giro social que marcó su mandato

De ser reflejo, a ser fuenteMedellín significó para la Iglesia latinoamericana el cambio de ser. Como explicó el jesuita Lima Vaz, la Iglesia latinoamericana pasó de ser una iglesia-reflejo de la europea a una iglesia-fuente. Una Iglesia que formulaba su propia forma de ser Iglesia a partir de su situación concreta. A partir de entonces, los obispos latinoamericanos criticaron la situación de falta de justicia social en Latinoamérica y expresaron su opción preferencial por los pobres. De aquí nació la Teología de la liberación, corriente teológica que reflexiona sobre la situación de pobreza e injusticia de Latinoamérica y que se compromete por la liberación y desarrollo integral de los más pobres.

Por su parte, la Escuela de Buenos Aires surgió del intento del episcopado argentino de realizar un plan pastoral nacional siguiendo la senda del Concilio Vaticano II. El sacerdote Lucio Gera fue la figura principal, quien inició junto a otros el programa de renovación pastoral de la iglesia argentina. Esta escuela añadió a la Teología de la Liberación y su énfasis en los aspectos económicos, llamando la atención sobre la importancia de la cultura y la religiosidad popular a la hora de entender la situación de injusticia en Latinoamérica. Además, recuperó la noción de Pueblo entendido este como el sujeto colectivo capaz de generar un proyecto común histórico, a través de su cultura, su historia, sus valores;en los que se enmarcaría la Iglesia como acompañante del pueblo en su búsqueda de una dirección humanizadora del proyecto común.

Francisco entiende la Iglesia desde esta perspectiva, buscando un especial impulso misionero, haciendo que sea capaz de salir de sus recintos y sus situaciones de confort, en búsqueda del pueblo allí donde los hombres sufren la injusticia del sistema socio-cultural actual. Lo mismo que cuando era arzobispo y daba una importancia esencial a las villas miseria de la periferia de Buenos Aires, Francisco quiere una Iglesia que se acerque a los últimos de los márgenes de la globalización. Así habla de la globalización de la indiferencia, de la cultura del descarte, de un sistema económico que mata. Por eso cree necesario una Iglesia en salida, que sea capaz de acercarse a las dinámicas sociales, y a los problemas que estas tratan de resolver, para aportar a través de la fe un impulso a la promoción y al desarrollo humano de todos los hombres y los pueblos.

Una Iglesia que “arma lío”Esto implica una Iglesia que “arma lío”, y que se acerca a las periferias de todo tipo, ya que desde la periferia es desde donde mejor se puede apreciar la totalidad de la realidad. Y es por eso por lo que los cardenales del cónclave buscaron en la periferia al nuevo Papa, porque desde esa periferia es desde donde mejor se puede observar la situación de la Iglesia universal. Es necesaria una Iglesia misionera, en salida hacia el otro, como se recalcaba en la Conferencia del episcopado Latinoamericano en Aparecida, en la que el cardenal Bergoglio tuvo una importancia clave. Allí se establecieron las líneas angulares de la Iglesia que desea Francisco. Una Iglesia en estado de misión permanente, con una actitud de servicio hacia la sociedad y con un impulso de evangelización renovado hacia el mundo.

Esto implica también lo que el jesuita Scannone, profesor de Francisco en su juventud, llama un “cambio de mentalidad” y una profunda “reforma espiritual”, en la que se apuesta más “por una Iglesia evangélica y misionera, menos moralizadora y más compasiva, menos ideológica y más pastoral”. Este programa se encarna claramente no sólo en los gestos y viajes de Francisco, sino también en sus documentos. Evangelii Gaudium, el documento donde se explica el programa de la reforma de Francisco, es claro en la búsqueda de una Iglesia menos autorreferencial, con mayor capacidad de crear alianzas con los colectivos humanos, con mayor capacidad de debate interno y con mayor decisión de intervenir en el panorama político, desde su particular punto de vista, pero siendo capaz de alzar la voz en aquellas cuestiones geopolíticas en las que los hombres pisoteen la dignidad de sus hermanos y sean incapaces de tender puentes entre ellos.

La encíclica sobre la ecología y la crisis medioambiental, Laudato si, es un ejemplo de cómo la Iglesia puede participar en la solución de un problema global de primer orden de la humanidad, aportando un profundo grito de denuncia, clarificando el problema y su complejidad a través de un análisis serio y profundo, criticando la relación entre nuestra cultura y forma de vivir con el deterioro medioambiental, y aportando soluciones a una cuestión apremiante que condiciona el futuro de la humanidad entera.

A partir de estos documentos se entienden mejor los distintos gestos y acciones de Francisco durante estos años. Desde su primer viaje como Papa a Lampedusa, para conocer de primera mano la realidad del drama de la inmigración;a su primera semana santa como Papa, en la que lavó los pies a varios reclusos;su viaje a Cuba y los Estados Unidos con el fin de abrir puentes entre ambos países;o su gesto serio en la recepción a Trump en el Vaticano. Una Iglesia como “hospital de campaña”, como a él le gusta decir, que acompaña a los hombres en la búsqueda de un futuro más humano y justo, y que se acerque a todas las realidades que afectan a los hombres.

Quizás el jesuita Spadaro, editor de la revista La Civiltà Cattolica, es el que mejor haya ilustrado el cambio en la Iglesia impulsado por Francisco a través de la metáfora del faro y la antorcha. Para Spadaro, la Iglesia hasta ahora ha sido faro, es decir, ha iluminado a los hombres desde una posición estática, esperando que estos se acercaran a ella.

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