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El euro como panacea unitaria

Por Valentí Popescu - Lunes, 12 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

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La idea de una Europa unida y homogénea -la Unión Europea (UE)- tiene sus raíces próximas en el Mercado Común Europeo y en las todavía más próximas, del Tratado de Maastricht de 1992. Hasta ahora, estas raíces se han mostrado insuficientes para alimentar tan difícil como ambicioso proyecto.

El problema de la UE es que la idea motriz sigue siendo embrionaria. Era evidente que una Europa consciente de que unida tiene mucho que ganar y enfrentada, mucho que perder gozaba de un consenso general tras la II Guerra Mundial. El consenso era general, pero tibio. No sólo que cada Estado veía la unidad a su manera, sino que todos los Estados se mostraban muy reacios a sacrificar realmente sus respectivas soberanías en aras de un ente supranacional.

Las prisas por poner en marcha el proyecto unionista determinaron a los políticos que promovían el proyecto a ir estableciendo hechos consumados y dejar para más adelante la elaboración de una filosofía del Estado supranacional.

Y así, entre que las coyunturas del mundo industrial eran favorables y las ventajas de un gran mercado rico rentaban grandes beneficios de inmediato, fue naciendo un enorme ente europeo más económico que político y sin apenas un concepto compartido de lo que era un súper Estado y mucho menos, un manual de construcción de semejante ente político.

En estas condiciones era forzoso que surgieran crisis de crecimiento y hasta de supervivencia. Las ansias de un gran mercado impidieron ver que así -juntando en la casa europea por motivos políticos a ricos y pobres, honrados y menos honrados- ni se creaba un mercado sólido, ni se construía una comunidad política continental. La bonanza general del finales del siglo pasado alimentó el autoengaño. Y como dinero sobraba donde ya escaseaban los consensos, en Maastricht se recurrió aún más al capital para ocultar la falta de unas ideas claras y válidas de lo que había que hacer y cómo.

La crisis económica griega fue la primera gran grieta que mostró la endeblez de un proyecto con mucho dinero y poca reflexión. Siguieron búlgaros y rumanos, que no saben o quieren erradicar la corrupción;polacos y húngaros que sólo se avienen a ser comunitarios después de imponer interese ultra nacionales;y ha culminado el resquebrajamiento de todo el concepto pan europeísta con el Brexit de los británicos. Este rosario de crisis parece que debería haber impulsado a los dirigentes comunitarios a repensar las bases y estructuras del súper Estado. Pero eso de aprender de los propios errores tampoco parece practicarse en Bruselas y ahora Jean Claude Juncker, el presidente saliente de la Comisión, propuso la huida hacia delante: Que entrasen ya a formar parte del € todos los países miembros que aún no pertenecen a la unión monetaria, porque así -sugiere Juncker- al tener una moneda común serán conscientes de los intereses comunes.

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