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Día internacional de las mujeres

Diferencias injustificadas por ser mujer

Hoy, las mujeres de Álava paran y salen a la calle para hacer visible la desigualdad que sufre la mitad de la sociedad en el trabajo, donde la brecha salarial asciende a 7.500 euros de media en Euskadi, y en casa, donde las mujeres asumen los cuidados de hijos.

Un reportaje de Begoña Martín. Fotografía Pilar Barco - Jueves, 8 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:02h

Blanca Esther Pinedo, Lorea Burzako, Pilar Revilla y Myreia Prea posan con un cartel del 8 de marzo.

Blanca Esther Pinedo, Lorea Burzako, Pilar Revilla y Myreia Prea posan con un cartel del 8 de marzo.

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Blanca Esther Pinedo, Lorea Burzako, Pilar Revilla y Myreia Prea posan con un cartel del 8 de marzo.Blanca Esther Pinedo, Lorea Burzako, Pilar Revilla y Myreia Prea posan con un cartel del 8 de marzo.Blanca Esther Pinedo, miembro de Eginaren Eginez.Lorea Burzako, HistoriadoraMireya Perea, activista y refugiada colombianaPilar Revilla
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“He dirigido a hombres en una obra de un control arqueológico sin ningún respeto por ser joven y mujer” “Tras pasar la entrevista laboral, mi condición física no se ajustaba al perfil deseado por el empresario” “Aquí no se valoran ni mi experiencia ni mis capacidades profesionales” “Los políticos deben legislar, no vale con ponerse detrás de la pancarta”

Este año, el 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, es diferente. El movimiento feminista internacional ha convocado una huelga de 24 horas. Por primera vez en Álava y en Euskadi se llevará a cabo una huelga feminista e histórica que va a ir más allá de la esfera productiva, porque también se plantea parar en el ámbito de los cuidados y en el consumo. Bajo el lema Emakumeok* planto, el mensaje de las movilizaciones es claro: “Si todas las mujeres parásemos, el sistema se colapsaría, dejaría de funcionar”. Las razones de la convocatoria de huelga son muchas: desde la precariedad hasta la brecha salarial, la invisibilización del trabajo de cuidados de hijos y familiares, la violencia machista y el recorte de derechos, entre otros.

Las mujeres son las más perjudicadas en materia de salarios, jornada laboral y ayudas a la maternidad y la conciliación. Así lo constatan los últimos datos sobre la situación del mercado laboral femenino que han recogido los sindicatos LAB y CNT y el Instituto Vasco de la Mujer-Emakunde basados en informes del INE de 2015 y 2016.

Actualmente, las trabajadoras vascas cobran 7.500 euros menos al año que los hombres en Euskadi. Además de recibir salarios más bajos, siguen asumiendo prácticamente en solitario las responsabilidades familiares. Son las trabajadoras vascas las que en el 93% de los casos deciden aparcar su carrera laboral para dedicarse al cuidado de los hijos. Esto supone que en 9 de cada 10 casos las excedencias por cuidados son solicitadas por las trabajadoras. Con la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral en las últimas décadas, han aflorado las brechas que inclinan la balanza de la desigualdad hacia ellas: los salarios, el empleo y los derechos como trabajadoras. Cuatro mujeres alavesas ponen cara a estas cifras de evidente precarización y desigualdad.

La precariedad afecta a muchos trabajadores de diferentes sectores laborales, pero parece ensañarse especialmente con las mujeres. Según datos de los sindicatos, en Euskadi ellas son las titulares del 72% de los contratos parciales que se firman. Lorea Burzako accedió por primera vez al mercado laboral con 16 años, “con trabajos relacionados con el cuidado de niños”, tal y como recuerda esta joven de 29 años de Vitoria, historiadora y Dj. Con 18 años tuvo su primera experiencia laboral remunerada y dada de alta en la Seguridad Social trabajando en una gran superficie de venta de informática y electrónica en Vitoria. “En este caso, tuve que aguantar muchos comentarios sexistas por parte de un encargado, y diferencias de trato según se dirigía a trabajadores o a trabajadoras, a quienes nos hablaba normalmente en un tono prepotente”. En aquella época, Lorea también realizó otras labores en el sector del comercio, con trabajos relacionados directamente con la precariedad laboral a través de contratos a media jornada y temporales.

Esta historiadora, miembro del sindicato CNT y Dj (ha sabido hacerse un lugar en un sector en el que predominan los hombres), ha estado muchos años trabajando en comedores escolares de centros públicos, un ámbito donde la mayoría de las trabajadoras son mujeres y donde, tal y como cuenta Lorea, “se mantiene la precariedad laboral, siendo un colectivo que se ha convertido en el gran olvidado dentro de la Educación”. Como ejemplo, trabajando como monitora de un comedor escolar en Educación pública, en uno de los centros se realizaron unas votaciones a nivel interno del colegio para modificar el horario escolar. “Era una medida que nos afectaba directamente a nosotras en el comedor porque veíamos que nuestra jornada laboral se recortaba en un 25% al día, con un impacto brutal en sueldo y cotizaciones. Pues nadie se puso en contacto con nosotras antes de la votación para implicarnos en la decisión del cambio de horarios, somos las grandes olvidadas del sector”.

Actualmente, esta joven realiza trabajos de archivo y digitaliza los archivos históricos de Álava. “Ahora trabajo en lo mío, en lo que he estudiado, y es el ámbito donde menos desigualdades he encontrado”, señala Lorea. Sin embargo, cuando ha realizado trabajos como becaria en arqueología, la discriminación ha sido muy palpable. “En el caso de tener que supervisar una obra en un control arqueológico, una mujer joven como yo, titulada y especializada en ese trabajo, tenía que dirigir a hombres de una obra. Es una situación muy dura y complicada porque no hay ningún respeto solo por el hecho de ser joven y mujer”. En el caso de Lorea, ella tenía que dirigir una obra y dar órdenes para indicar hasta dónde quería que excavaran, cuántos centímetros tenían que bajar y cuándo parar. “Es una situación donde he recibido comentarios muy duros por parte de los trabajadores de la obra”.

Lorea lo tiene claro, no solo de cara a la huelga de hoy de 24 horas que ha surgido del movimiento feminista de base, sino en todo el proceso que supone romper con la brecha salarial y las desigualdades sociales y laborales, siendo un tema de conciencia entre las mujeres. “Hay que ser consciente de la situación que padecen miles de mujeres”.

Hace 20 años, Mireya Perea vivía en Colombia. Allí era profesora y directora de una escuela estatal y su marido profesor de bachillerato, vivían junto a sus tres hijos y su suegra. Además, ambos reivindicaban las libertades fundamentales y formaban parte de un grupo que defendía los Derechos Humanos. “En Colombia nuestra vida se desarrollaba muy activamente en la parte docente, con muchas actividades pedagógicas dentro y fuera del centro educativo. También en nuestro tiempo libre trabajábamos como voluntarios en el comité de Derechos Humanos, que yo fundé en 1989”.

Pero todo cambió hace 20 años. En julio de 1998 tuvieron que salir forzosamente de Colombia y llegaron a Vitoria de la mano de Amnistía Internacional, gracias a un programa de protección diseñado para aplicarlo en países donde la vida de las personas defensoras de los Derechos Humanos corre riesgo. Tal y como recuerda esta activista y refugiada colombiana, “salimos después de sufrir amenazas, un atentado y un desplazamiento forzoso dentro del país por defender los Derechos Humanos. No perdimos la vida porque tuvimos acompañamiento internacional de las Brigadas Internacionales de Paz que en el momento del atentado hicieron presencia y contuvieron a los asesinos”.

Una vez instalados en Vitoria, Mireya comenzó a estudiar en la Escuela Oficial de Idiomas y a gestionar la homologación de sus títulos. “A nivel laboral, empecé cuidando a una niña para llevarla al colegio. Luego contacté con unos amigos en Iruña que me ayudaron para empezar a trabajar en SOS-Racismo. Estuve dos años haciendo todos los días el trayecto de Gasteiz a Iruña y vuelta, hasta que tomé la decisión de renunciar porque ni mi marido ni mis hijos querían irse a vivir a Pamplona”. En Colombia estudió una carrera universitaria mixta, “Educación con énfasis en Humanidades y Lengua castellana”, no homologable aquí porque no hay carreras mixtas.

“El currículum académico podría ser homologable por Filología Hispánica o simplemente por Magisterio en Educación Primaria, pero aún no ha sido posible homologar estos estudios, así que me he puesto a hacer otra formación complementaria”, explica Mireya. Y es que entre los obstáculos a los que se enfrentan inmigrantes y refugiados está la convalidación de los estudios. A pesar de que muchos cuentan con una alta cualificación, sin la convalidación surgen dificultades para acceder al mercado laboral y optar a una plena integración. Los trabajos a los que tienen acceso no son cualificados, y en el caso de las mujeres la situación se agrava debido a la feminización de algunos empleos precarios, como el de la limpieza doméstica.

“En Vitoria no he tenido suerte para encontrar un trabajo mínimamente estable”, explica Mireya, que realizó un curso de Informática en el Inem, y se matriculó en la Escuela de Magisterio de la UPV para hacer un doctorado en Psicodidáctica, pero por falta de recursos económicos tuvo que aparcar la tesis doctoral. “Mientras tanto, estuve tres meses en Jundiz en una empresa que hace tornillos, un trabajo a turnos y deshumanizante, donde quien hiciera más piezas puntuaba más y ganaba más. El trabajo se hacía muy duro, rutinario y extenuante. En esa época mi marido estaba sin trabajo y había recurrido a pedir las ayudas sociales”.

En ese momento, Mireya decidió que debía buscar algo que se acercase a lo que ella sabía hacer, en el ámbito de la Educación. “Conocí un profesor en la Universidad y éste habló con una profesora que me ayudó para que pudiera ser becaria en la biblioteca de la Universidad durante dos años. A continuación, formé parte de un equipo de investigación en Trabajo Social”.

Una vez finalizado este periodo, Mireya continuó buscando trabajo, “porque había una alta necesidad de subsistencia en una familia de cinco personas”. Desde entonces, esta mujer ha pasado por muy diversos ámbitos laborales, en situaciones precarias y con contratos temporales (residencia de mayores durante seis meses, en un piso tutelado de personas enfermas mentales otros seis meses, en la Comisión Antisida haciendo sustituciones, en labores de limpieza y cuidado de mayores y niños, entre otros).

En el año 2007, buscando otros horizontes, se matriculó en un máster de Desarrollo y Cooperación Internacional, y al mismo tiempo estuvo trabajando durante la temporada invernal en un programa de acogida de personas sin hogar. “Este trabajo finalizó en la primavera de 2008, entonces acudí a hablar con el exalcalde de Vitoria José Ángel Cuerda para que me ayudase. Conseguí un trabajo como monitora en el proyecto de Bizitza Berria con personas sin techo, hasta junio de 2008. Entonces, me marché a Venezuela de cooperante. En fin, podría hacer una colcha de retazos mal remendada con los pedazos de trabajos que he tenido en Vitoria que nada tienen que ver con lo que he estudiado”.

Después de echar la vista atrás, Mireya es muy clara. “Yo aquí me siento un desperdicio, para nada han sido valoradas ni mi experiencia, ni mis capacidades. Allí en Colombia estudié con las editoriales españolas, con los programas académicos que el gobierno de turno colombiano copia de este país. Sin embargo, cuando vengo aquí a homologar mi titulación me ponen infinidad de trabas. He resistido porque tengo a mis hijos estudiando aquí”.

Unido a todo este ir y venir ha estado presente el motivo de su salida forzosa de Colombia, “que no es muy fácil olvidar, y por lo que es necesario y urgente reivindicar derechos como el asilo y el refugio”, indica esta activista. Por este motivo, en el año 2002 pusieron en marcha junto con otras familias el colectivo de colombianos refugiados en Euskadi Bachué. “En 2008 realizamos un proyecto de educación para el desarrollo que fue financiado por la Agencia Vasca de Cooperación durante cuatro años, ahí estuve trabajando hasta 2012. Este trabajo y mi labor profesional desarrollada con SOS-Racismo han sido los ámbitos con los que más me he identificado”.

Cabe destacar que durante estos 20 años Mireya no solo se ha dedicado a buscar trabajo y a estudiar. También ha participado en una infinidad de organizaciones y asociaciones, está al frente del programa de radio Kaixo Latinoamerika en Hala Bedi Irratia para analizar la actualidad de los países latinoamericanos, y participa en la publicación del periódico Hola Latinoamérica. Además, forma parte de la asamblea de la sociedad civil por la paz de Colombia.

La brecha salarial no entiende de profesión, estudios o tipo de contrato. Con el mismo nivel de formación, hombres y mujeres pueden cobrar diferente. Y es que en la misma categoría profesional, aunque en distintos puestos, la brecha salarial puede producirse. Pilar Revilla, auxiliar de Enfermería de 59 años en la residencia San Prudencio, denuncia las diferencias salariales que afectan a colectivos formados mayoritariamente por mujeres en comparación con colectivos donde priman los hombres, en ambos casos con el mismo grado de formación y con los que comparten grupo y nivel.

Pilar Revilla compara el caso de las auxiliares de Enfermería, en su mayoría mujeres, que cobran en torno a un 10% menos que otros trabajadores con el mismo grado de formación y la misma categoría profesional, como puede ser el personal de mantenimiento donde la mayoría son hombres (por ejemplo, un electricista, un carpintero o un fontanero).

Tal y como recuerda esta trabajadora, hace años las diferencias eran más desorbitadas aún si cabe. En el ámbito sanitario existía la figura de los enfermeros quienes, por su fuerza y capacidad física, cobraban más que las auxiliares de clínica y a ellos no se les exigía ninguna titulación. “En aquellos años las personas mayores de la residencia tenían un alto grado de dependencia y se necesitaba mucha ayuda para poder movilizarlas, se necesitaban incluso dos personas”. Esa figura desapareció, pero no las diferencias salariales. “Entre la gente que veníamos de estudiar en las escuelas diocesanas había una gran diferencia en los sueldos. Por ejemplo, un electricista, un carpintero o un fontanero siempre han cobrado más que una auxiliar de clínica, teniendo el mismo grado de formación y estando en la misma categoría profesional, algo que hoy se mantiene”.

“Alrededor del año 2000, el Ayuntamiento de Vitoria hizo una valoración de todos los puestos de trabajo y se pusieron de manifiesto las enormes diferencias salariales que habían existido hasta entonces en las plazas públicas ocupadas mayoritariamente por mujeres”. Según recuerda Pilar, por ejemplo, entre una auxiliar de clínica con una formación profesional de primer grado y un electricista con el mismo grado de formación (FP de primer grado) podía haber una diferencia salarial de hasta un 20%, reflejada en complementos específicos.

Pilar Revilla explica que han remitido varios escritos para denunciar esta situación, y “la respuesta siempre ha sido la misma, que no hay dinero”. Según incide esta trabajadora, en las negociaciones con los responsables de Función Pública del Consistorio de Vitoria nunca han podido conseguir la equiparación salarial, a lo que Pilar exige que “la Administración tiene que implicarse de verdad, legislando, no valen las reivindicaciones por parte de los políticos o ponerse detrás de la pancarta”.

De cara al 8 de marzo, primera vez que se convoca una huelga feminista, Pilar apunta que “actualmente las mujeres somos cada vez más conscientes de que existen estas diferencias tan notables. Es importante que cada una de nosotras, en la medida que pueda, nos impliquemos en esta huelga, haciendo un paro de 24 horas, o acudiendo a las diferentes convocatorias o, por lo menos, tomando conciencia de la situación”. “La sociedad nos ha tenido menos valoradas, social y económicamente, y tenemos que tomar conciencia como mujeres que valemos y que nuestro trabajo vale mucho”.

A Blanca Esther Pinedo también le ha tocado sufrir la discriminación laboral, en su caso por el hecho de ser mujer con diversidad funcional (discapacidad). Con 46 años y miembro del colectivo Eginaren Eginez, tiene estudios de Formación Profesional en la rama Administrativa y Comercial. “He trabajado en varios establecimientos comerciales de Vitoria como auxiliar administrativo durante varios años desde que terminé los estudios, y también he desarrollado mi labor en algún centro especial de empleo”. Fue en su último trabajo donde sufrió una situación de discriminación. Tal y como recuerda Blanca Esther, “mi condición física no se ajustaba al perfil deseado por el empresario. Esas fueron las palabras textuales del empresario después de pasar correctamente la entrevista laboral”.

En su opinión, “todas deberíamos secundar la huelga del 8 de marzo porque todas las mujeres somos igual de dignas y capaces para desarrollar cualquier trabajo o actividad en la sociedad, aunque tengamos diversidad funcional, sólo necesitamos apoyos de medios materiales para poder desarrollar apropiadamente nuestro trabajo o actividad lúdica”. Blanca Esther lo tiene claro. “Las administraciones públicas son las últimas responsables en poner en marcha medidas adecuadas, a través de medios materiales de apoyo laboral y con campañas de concienciación social, para conseguir una sociedad inclusiva en todos los ámbitos de la vida”.

“Desde Eginaren Eginez reivindicamos que todas las mujeres somos inteligentes y muy válidas. Las mujeres poseemos la fuerza, el valor y la voluntad para hacer frente a cualquier situación que se nos presente, sin importar nuestra situación”. En su opinión, “hoy en día son muchas las mujeres que tienen un empleo remunerado, pero no están en una buena situación porque no han podido dejar de lado las labores de su espacio privado (cuidados, tareas del hogar…). Esta doble jornada resulta difícil de compaginar y acarrea situaciones de estrés y ansiedad;situaciones que podrían solventarse con una implicación directa de las instituciones públicas”.

Desde Eginaren Eginez siempre han reivindicado que los cuidados no son una tarea que deban realizar exclusivamente las mujeres. “Los cuidados son necesarios para cualquier persona, son el motor que mueve el mundo. Las instituciones deben colocarlos en sus agendas”.

cuidados familiares

cnt contesta

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