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Profesionales sin serlo

Preparación Las tiradoras del Badaiotz se entrenan tres veces por semana en el frontón de Abetxuko y son ellas mismas las que se encargan del material y de todos los preparativos

Borja Mallo Jorge Muñoz - Martes, 6 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:03h

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Componentes del equipo femenino de Badaiotz.
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Vitoria- El reloj sobrepasa unos pocos minutos de la seis de la tarde de un lunes, miércoles o viernes cualquiera cuando la primera integrante del Badaiotz hace su entrada en el frontón de Abetxuko. Cargada con una caja en la que van las zapatillas de todas sus compañeras -con la suela recubierta de un caucho especial para no resbalarse sobre la goma y que, como todo en este club, corre a cuenta del propio bolsillo de las deportistas-, como lo harán después sus compañeras, cada una encargada de una parte de los enseres necesarios para el entrenamiento. El botiquín, las vendas, esparadrapos, el magnesio para que la soga no se resbale... Material que se va apilando en el estrecho pasillo de menos de dos metros de anchura que supone su zona de trabajo y que linda con un frontón en el que, al lado de todas unas campeonas del Mundo, una cuadrilla de cuatro amigos -habituales de esta cancha y que saludan efusivamente a sus compañeras al otro lado de la red- pasan el rato peloteando.

Poco a poco, todas las integrantes del equipo van llegando. Por mucho que les haya costado, acudir a la cita con su pequeña familia del Badaiotz es ineludible. Da igual que, como es el caso ese día, las carreteras no estén excesivamente practicables por culpa de las nevadas. Y es que no son pocas las que tienen que acercarse a Vitoria haciéndole todas las semanas unos cuantos kilómetros a sus coches desde sus lugares de residencia habituales, ya que la gran mayoría no son alavesas, aunque varias estudian o trabajan en la capital y se han asentado en la ciudad.

Una de las últimas en llegar aparece con las equipaciones que les han facilitado para representar a Euskadi como Basque Country. Una selección oficial con su chandal y su camiseta. Pero son prendas de usar, lavar y devolver. Inexplicable para un equipo que compite bajo la ikurriña. “Hasta los calcetines tenemos que devolver”, aseguran al unísono. “Yo tengo en casa la equipación de cuando estaba en la selección de voleibol cadete, pero aquí...”, lamenta una de las veteranas. El sino de un equipo que no cuenta con respaldo institucional alguno, que se paga su propio material y sus viajes y que después tiene que pelearse, siempre que antes haya conseguido éxitos internacionales, por unas subvenciones que les ayuden a cubrir los gastos y que añaden a las exhibiciones de herri kirolak que realizan.

Enorme disciplinaPoco a poco, comienza la liturgia de la preparación previa al entrenamiento. Si no existen las manos de un utillero que les lleve el material, tampoco las del fisioterapeuta o el médico que aplique vendajes y apósitos protectores. Se enrollan los tobillos, una zona de enorme sufrimiento por la presión de avanzar hacia atrás para arrastrar el peso del contrario. Un trabajo manual en el que cada una se aplica su método. El momento de recurrir a la ayuda de la compañera llega cuando toca protegerse la espalda con una cinta adhesiva bajo la que se esconde la mordedura de la soga. Las cicatrices que provoca la quemadura de la cuerda se muestran en la zona derecha de la cintura en el caso de las tiradoras más avanzadas, mientras que las que se encuentran más atrás en la fila muestran un tajo vertical que desciende desde el omoplato derecho. Curiosamente, y por extraño que parezca, todas aseguran que “las manos son las que menos sufren”.

El ritual del vendaje se aprovecha para ultimar los detalles del viaje más largo de los que han afrontado tras partir el pasado domingo de Vitoria y para estar fuera diez días. Lejos de la familia, del trabajo y de los estudios, gastando vacaciones y teniendo que pedir permisos y favores. Todo por la familia del Badaiotz. Una de las grandes preocupaciones es encontrar adaptadores para los enchufes de China y poder así utilizar el móvil sin problemas. Hablan de ello mientras montan la pista de goma que supone su superficie de entrenamiento y despliegan la pesada soga que es su herramienta de trabajo. Antes de empezar a cargar planchas en la máquina que ejerce de rival, toca pasar por una báscula que es también compañera diaria. La disciplina aquí va al límite, ya que hay que apurar al máximo los 500 y 540 kilos que suponen el tope en las dos categorías que compiten. Como si fuesen profesionales por completo, por mucho que la realidad se niegue a reconocérselo.

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