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Cuatro artistas ofrecen su visión sobre de este tipo de obras

El valor de lo efímero

Las intervenciones en la calle suelen desaparecer al poco tiempo, el autor es anónimo y generalmente se enmarcan fuera de la norma. Cuatro artistas ofrecen su visión sobre el valor y la evolución de este tipo de obras.

Un reportaje de Harri Fernández - Lunes, 5 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Mural de Fast en en la calle Obispo Ballester de Gasteiz.

Mural de Fast en en la calle Obispo Ballester de Gasteiz. (Foto: Fast)

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Mural de Fast en en la calle Obispo Ballester de Gasteiz.Mikel Herrero pinta un mural dedicado a Imanol, en Donostia.Entrada a un garaje de la calle Vicente Goikoetxea, Gasteiz.Mikel Laboa en un buzón de correos de la esquina de la calle Broadway con la 26, en Nueva York.
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Son obras que si un valor tienen es que más antes que después habrán desaparecido. Las intervenciones artísticas en la calle tienen en común que son efímeras, motivo por el que son tan apreciadas, porque solo pueden observarse antes de que la autoridad las elimine. Este tipo de expresiones cuentan con otras dos características comunes: suelen encontrarse al margen de la norma y ser anónimas. Aunque también evolucionan con el tiempo.

Para el artista Fast, que desarrolla su obra en las calles de Gasteiz desde los trece años, además de lo efímero de la obra, lo que otorga valor a un trabajo es que “los demás se encuentren con tu obra”.

Algo similar piensa el ormaiztegiarra Bàlu, ahora residente en Barcelona, que considera que estás obras pasan a ser de dominio público en el momento en el que se terminan. En el caso de Bàlu, lo que hace son intervenciones artísticas con el método stencil -pintura bajo la superposición de plantillas-.

Fast diferencia entre el grafiti “puro”, aquellos que escriben su nombre en todos los lugares que pueden, y el “muralismo”, una versión artísticamente más desarrollada, que a él también le gusta practicar. “Esto responde a una demanda más tranquila”, afirma.

En este sentido, el beasaindarra Igor Rezola -antes conocido como Dizebi- establece que los escritores de grafiti “juegan a un juego con sus iguales” para posicionar su nombre a lo largo y ancho de las ciudades para darle visibilidad. “El objetivo es conseguir el reconocimiento por parte de tus iguales a base de poner tu nombre en la calle”, explica, y añade que los dos componentes son el “anonimato” y la “ilegalidad”.

Rezola y Fast coinciden en la idea de que hay prácticas que surgen de aquella idea inicial del grafiti, pero hoy en día la gente también se junta para “pintar murales”. “Se da una especie de desarrollo que tiene más que ver con lo formal, con lo estético, y menos con el anonimato y con la ilegalidad”, afirma Rezola.

Sobre lo efímero de los trabajos, Bàlu recuerda el caso de cuando colocó imágenes de Mikel Laboa y Fermin Muguruza en Nueva York, en el cruce de Broadway con la calle 26. No lo hizo al azar, dado que esa es la esquina sobre la que cantó Laboa en Gaberako aterbea-Negu Gorriak hizo una versión de dicho tema-.

El artista recuerda que su obra se hizo muy popular, muy rápido, y que igual de rápido -en dos días- fue retirada. Comenta que hubo gente que tuvo conocimiento de ella -el propio Muguruza la difundió por redes sociales- y para cuando quisieron visitarla, ya no estaba allí.

la institucionalizaciónLos artistas coinciden en que se da cierta “contradicción” dentro de las instituciones. Por un lado, persiguen ciertas prácticas que se dan en la calle, como el grafiti más puro, pero por otro lado incentivan la creación en la vía pública, mediante concursos e incluso contratando a profesionales.

También hay casos en los que las instituciones indultanciertas representaciones en los muros. Fue el caso, en el 2011, de aquel presunto Banksy que apareció en la subida al monte Urgull. Un caso más reciente es el del homenaje que Bàlu hizo a Jorge Oteiza, junto a su escultura en el Paseo Nuevo. Los operarios de limpieza lo eliminaron a los dos o tres días. La voluntad “popular” y la de la “alcaldía” fue que se recuperase. “Hacemos cosas que no se pueden hacer, pero si tienen un valor simbólico, como en el caso de Oteiza, la cosa cambia”, apunta. “¿Por qué unos trabajos sí y otros no?”, se pregunta el ormaiztegiarra.

“Quienes conviven con el grafiti son los que viven la calle: los vecinos de un barrio. Ahí te encuentras con gente que lo considerará siempre vandalismo, aunque estés haciendo un cuadro impresionante. Otros lo verán como algo artístico, aunque lo que hayas hecho sea coger un bote en la calle... Es un debate colectivo”, afirma Fast al respecto.

Rezola comenta que existe una “fagocitación” desde las instituciones o desde el mercado. Vemos cómo desde ayuntamientos, galerías o museos también se organizan eventos que tienen relación con el grafiti y eso “también rompe la lógica del anonimato y la ilegalidad”.

El beasaindarra añade que dependiendo en el “marco que se sitúe el artista” -a un lado o al otro de la legalidad- “pese a hacer lo mismo, los resultados y los efectos son absoluntamente contrarios: es público, reconocido y la obra perdurará más”.

Bàlu también comenta que hay ocasiones en las que intervenciones en la calle “entran en el mercado del arte”, algo hasta ahora impensable. En este sentido, apunta a que las obras en la calle se han “normalizado” y “popularizado”.

la profesionalizaciónUna de las personas que ha hecho de las intervenciones en la calle su oficio es Mikel Herrero, del taller donostiarra InnovArt 19 -sus murales son ya muy representativos en la ciudad-.

Varias de sus últimas intervenciones, han sido las imágenes del cantante Imanol en la plaza de Benta Berri, por encargo del Ayuntamiento de Donostia, y del lingüista Txillardegi, también en el Antiguo.

Herrero explica que cuando se encargan este tipo de trabajos el arte deja de ser efímero y “deja de ser formal y pasa a ser parte del resto de las cosas”. “Lo que buscamos es fundir ese arte que en su día era efímero con los entornos en los que los aplicamos”, explica. La profesionalización ha venido en el momento en el que la gente ha visto que este tipo de intervenciones se han normalizado y es cuando se han empezado a encargar.

“Si a la gente le das algo que impresione y que se sale del estereotipo que tienen del grafiti, la gente lo acepta de otra manera”, expone Herrero, quien no se considera “grafitero”, sino “muralista” o “decorador artístico”, dado que él no escribe grafitis.

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