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Mucho más que estudiantes

Son miles las personas que a lo largo de los 25 años de la Escuela Municipal de Música Luis Aramburu han pasado por sus aulas, estudiantes de muy distintas edades a los que les une la misma pasión: los sonidos.

Un reportaje de Carlos González. Fotografía Josu Chavarri - Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

José AntonioSan Miguel, Mikel Serranito y Maialen Lamaza posan en la Escuela Luis Aramburu.

José AntonioSan Miguel, Mikel Serranito y Maialen Lamaza posan en la Escuela Luis Aramburu.

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José AntonioSan Miguel, Mikel Serranito y Maialen Lamaza posan en la Escuela Luis Aramburu.

“Con la música son todo ventajas;sirve para ejercitar y desarrollar la mente” “Estar aquí con chavales de 4 años y con gente más mayor es una pasada” “Lo que nos une a los que venimos a Luis Aramburu son las ganas de juntarnos y tocar”

Nada en este cuarto de siglo de andadura que la Escuela Municipal de Música Luis Aramburu está celebrando este curso hubiera tenido sentido sin ellos y ellas. Son miles las personas que a lo largo de estos 25 años han acudido a sus clases para formarse. De hecho, las plazas se agotan en muy poco tiempo cada vez que se abre el periodo de matriculación. No es casualidad. El centro existe para, por y con ellos y ellas, que son más que estudiantes, ya que conforman una gran familia que también está de cumpleaños. Esa cercanía, el contacto, la capacidad de relacionarse en segundos se nota al instante entre Mikel Serramito, Maialen Lamaza y José Antonio San Miguel. Los tres se reúnen con DIARIO DE NOTICIAS DE ÁLAVA para hablar de la música y de esta escuela que a veces parece su segunda casa.

De hecho, muchas mañanas, San Miguel aprovecha que el espacio de la calle Correría está un poco más libre para practicar con la batería, instrumento con el que trabaja desde hace unos seis años tras dejar descansar un poco al saxofón. “Lo de ir tocando por la calle en una fanfarre ya era un poco cansado”, sonríe. “Seguro que alguno piensa que debería estar jugando a las cartas o tomando unos vinos por ahí... Hay muchas actividades que se pueden hacer, también con mis 79 años, sólo que a mí me gusta la música”.

“Estar aquí con chavales de 4 años y con gente como José Antonio es una pasada” apunta Serramito. El trompetista y miembro de la Boogie Orkesta (una de las agrupaciones nacidas en el seno de Luis Aramburu) lleva siete años acudiendo a la escuela. Eso sí, él sólo tiene 11. “Al colegio voy de mañana y de tarde, y aquí vengo tres veces por semana. ¿Cansado? Si es algo que te gusta, no tiene que ser cansado”, apunta.

La que lleva más tiempo entre las paredes de Luis Aramburu es Lamaza. Llegó acompañando a su profesora de clarinete y lleva 13 años en la escuela, donde también está aprendiendo a manejarse con el trombón, sin olvidar que forma parte del grupo Egurkote. “Después de tantos años conoces a mucha gente de diferentes edades, ámbitos e intereses. He hecho muy buenos amigos. Venir, encontrarte con la gente, hablar, reírte, escuchar cosas diferentes, tocar todos juntos... me encanta. De hecho, lo que nos une a los que venimos aquí son las ganas de juntarnos y tocar”, describe.

Los tres, aún siendo de edades diferentes y a pesar de tocar instrumentos distintos, comparten la visión sobre esta pasión que les ha llevado a ser parte de estos 25 años de la escuela municipal. “La música es la manera de oxigenar un poco la mente ante tantas situaciones por las que pasas en la vida. Es darle un rato de ventilación a la cabeza. Es una forma de ejercitar la mente y desarrollar las capacidades intelectuales. La verdad es que son todo ventajas con ella”, comenta San Miguel, al tiempo que asegura que “cuando veo por aquí a los chavales con sus instrumentos, es algo que me emociona porque creo que así la vida les va a sonreír. La música es parte de una formación personal que permite, además de pasarlo muy bien, tener unos conocimientos importantes” a aplicar en diferentes ámbitos. A esto, Lamaza y Serramito añaden más virtudes. En el caso de la clarinetista, “toco, como le pasa a muchos de los que estamos aquí, para desconectar, para relajarme, aunque cuando algo sale mal, me estreso mucho”, sonríe. El joven trompetista, por su lado, suma que “también es una manera de desatar los sentimientos que tienes”.

Intérpretes y espectadores Pero no son solo estudiantes, también intérpretes de cara al público. El mismo San Miguel ha actuado esta semana que ahora termina en el auditorio de Luis Aramburu. A Lamaza y Serramito les esperan conciertos de aquí a que termine este curso de aniversario. ¿Nervios? “Yo me pongo taquicárdica. Y voy a peor con los años -dice Maialen-;además, me fastidia porque pienso que tendría que ser al revés. Si vas teniendo más experiencia, tendrías que estar más tranquilo, deberías tener más seguridad. Pero de eso nada. Eso hace que a veces caigas un poco en esa dinámica de: lo quieres hacer bien pero te pones nervioso y como te poner nervioso, te sale peor... Es un bucle”.

Esa misma sensación la comparte José Antonio, quien reconoce que de un tiempo a esta parte cada vez siente un poco más la presión de querer hacer las cosas cada vez mejor. “Pero pasa en todo, cuando llega el momento, siempre das algo menos de lo que podrías. Les sucede a ellos en los exámenes y nos pasa al resto en muchas otras cosas”, admite el batería ante un Mikel al que no le preocupa tanto enfrentarse al público como el hecho de que “yo soy un poco irregular y tengo que mejorar eso”.

También difieren un poco en su papel como público, una función como espectador a la que les ayuda, muchísimo, la formación recibida en la escuela municipal. El trompeta es el único que admite que, cuando puede ir a conciertos “aunque tengo la semana muy ocupada”, “no es que sea crítico pero me gusta estar pendiente de los compás, de las tonalidades... Es para ir aprendiendo, no creas que es para decirla a nadie: esto lo habéis hecho mal”.

Sus dos compañeros de conversación, sin embargo, prefieren acudir a actuaciones de todo tipo desde una postura más relajada, por así decirlo. San Miguel, por ejemplo, es un habitual de los Martes Musicales o de la temporada de abono de la Orquesta Sinfónica de Euskadi. “En realidad, no sé de música. Disfruto escuchando y tocando, pero carezco de la suficiente cultura musical para saber analizar como lo haría un crítico”. Lamaza también tiene la agenda ocupada. Suele acudir a los conciertos en el Principal y, de hecho, es una de las primeras personas que se ha hecho con el nuevo bono de la Banda Municipal de Música de Vitoria. “Aquí tenemos muy buenos músicos y me gusta ir a verlos. Y suelo ir a otro tipo de conciertos, a la sala Jimmy Jazz por ejemplo. O al Festival de Jazz. Pero sí te digo que voy, me siento, me relajo y todo me parece genial”.

A lo que no le ponen barreras es a los géneros. Dentro de Luis Aramburu han aprendido a acercarse a la música en su conjunto, más allá de que cada uno, por supuesto, tenga sus preferencias a la hora de interpretar. Tal vez el que más abre el abanico es el batería, que mira con buenos ojos al swing, al blues o al rock pero que no quiere olvidarse de sonidos como los del bolero “aunque me digan que eso está demodé”. La música clásica es la que centra la atención de la clarinetista ya que es “donde más he desarrollado mi relación con la música y donde más cómoda me siento tocando”. Serramito, por su parte, asegura que son el rock y el pop los estilos que más le gusta interpretar “porque son géneros en los que la trompeta no está muy presente y es chulo hacer que aparezcan”.

Entre clases y casa El joven intérprete no descarta ir al conservatorio. La clarinetista recuerda que en su momento tuvo oportunidad de dar ese paso pero “es que me siento tan a gusto aquí que...”. Eso sí, los tres tienen claro que estar en la escuela significa también trabajar de forma intensa, más allá de que Serramito apunte, ante el silencio cómplice de sus dos compañeros, que “lo de estudiar Lenguaje Musical... bueno, creo que igual todos preferimos hacer otras cosas”.

“En general los profesores son muy majos. Algunos son más estrictos pero bueno, todo el mundo te trata bien” describe el trompetista. “Vas mejorando con los años y ellos también se vienen arriba. Quieren que no te quedes estancada y te van subiendo el listón. Eso me parece positivo porque siempre podemos dar un poco más”, asegura Lamaza, que después de 13 años en el centro se conoce “a todos los profesores y con todos me llevo muy bien. Ya tienes confianza, claro. Pasas mucho tiempo con ellos y al final esto es como tu segunda familia”.

La otra, la de verdad, está en casa, sin olvidar a los vecinos de cada uno. “En el piso tengo una batería silenciosa y los bongos y el cajón flamenco los toco muy bajito”, sonríe San Miguel, cuya familia también tiene una estrecha relación con la música. “Mis vecinos me llevan aguantando 17 años y no puedo decir otra cosa: son muy majos y nunca se han quejado. Y eso que cuando empiezas, reconozco que tiene que ser una tortura”, comenta Lamaza, que ahora tiene a su aita dando los primeros pasos musicales.

Sea en un lugar u otro, tanto ellos como Serramito no quieren vivir sin la música. Luis Aramburu les espera la semana que mañana empieza. Y la siguiente. Y...

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