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Preparando los frentes

Las profundas divisiones entre los partidos en EEUU se agudizan a ocho meses de unas elecciones parciales

Diana Negre - Domingo, 4 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Donald Trump.

Donald Trump. (Foto: Efe)

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Donald Trump.

Con poco más de ocho meses para unas elecciones parciales norteamericanas que pueden cambiar totalmente el escenario político, los partidos han comenzado a afilar las armas y ponen de relieve, aún más si es posible, las profundas divisiones y el enconamiento que enfrentó al país en noviembre de 2016. Ahora, como en esos comicios que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca, los medios informativos señalan las fuertes diferencias entre diferentes segmentos de la sociedad norteamericana, una imagen que transmiten fielmente los corresponsales extranjeros.

Si entre los recién llegados a Estados Unidos es comprensible la sorpresa ante el abismo entre diferentes ideologías y aspiraciones, el pasmo que profesan los diarios o televisiones locales se debe principalmente a que ellos mismos están afiliados a uno u otro bando y reflejan la división de la sociedad. Apenas quedan medios informativos que traten de mantenerse neutrales, pero las diferencias dentro de este país no son nuevas, sino que han estado aquí a lo largo los casi 250 años de su historia, e incluso en los más de 400 desde el comienzo de la colonización europea.

Cuando de las 13 colonias británicas nació Estados Unidos en 1776, ni la Declaración de Independencia ni la Constitución norteamericana fueron fruto de una fiesta de unidad de los colonos que se sentían oprimidos, sino el resultado de largas y duras negociaciones de los rebelados. Si la creación de un nuevo país pareció incierta durante mucho tiempo, otro tanto ocurrió con la Constitución. Muchos sectores del país la veneran hoy como un documento sagrado e inmutable, pero tuvo que corregirse inmediatamente con enmiendas para contentar, más o menos, a todos. Y los todos eran tan diversos porque eran los colonos en busca de tierra abundante, o los fanáticos religiosos, los refugiados de la política o de la fe, o los aristócratas que invertían en el nuevo continente.

Algunas de estas enmiendas llevan de cráneo hoy a magistrados y a todo el país, como la segunda, que autoriza el uso y tenencia de armas. La consecuencia está a la vista de todos, con más armas que habitantes y con matanzas como la que acabó con la vida de 17 estudiantes en La Florida hace pocos días y que se repiten con frecuencia y en todas partes.

Los medios informativos señalan las fuertes diferencias entre diferentes segmentos de la sociedad norteamericana

Diarios y televisiones locales están afiliados a uno u otro bando y reflejan la división de la sociedad a ocho meses de los comici

Cien años después de redactada la constitución, cuando en 1876 los norteamericanos celebraron su primer centenario como nación, exhibieron orgullosos la transición de una sociedad agrícola a una economía industrial. En Filadelfia presentaron la mayor máquina de vapor del mundo, un monstruo de 700 toneladas y una potencia de 2.500 caballos. También lucieron orgullosos otros avances tecnológicos, como el teléfono que acababa de inventar Alexander Bell, el freno de aire comprimido de George Westinghouse, o la máquina de escribir de Remington. Pero si estaban al frente del desarrollo industrial por el tamaño de su población y economía, la sociedad no había evolucionado tanto: aunque exhibían orgullosos la Estatua de la Libertad, instalada más tarde en Nueva York, hacía tan solo 11 años que había terminado una guerra civil en que medio país se quiso separar para mantener la esclavitud, a pesar de que la Declaración de Independencia reza “todos los seres humanos han sido creados iguales”. Y si bien su industria crecía, tuvieron que esperar 50 años más para tener las primeras universidades dedicadas al progreso científico. Hasta entrado el siglo XX, lo que más se enseñaba en estos centros era la Biblia.

Las universidades han cambiado, pero el peso del fundamentalismo religioso sigue presente, hasta el punto de que hoy en día los llamados “evangélicos”, un gran sector religioso que se siente “renacido” por la redención y entre los cuales hay muchos fundamentalistas que se toman la Biblia al pie de la letra, representan nada menos que el 20% del electorado.

El desfase entre la América rural y la industrial, el mismo que hoy tenemos entre los centros urbanos de las dos costas y el centro del país, existía ya entonces aunque los ciudadanos no eran conscientes de las diferencias a falta de los medios de comunicación que les permitían tomar conciencia de ello.

Pasado otro siglo, en 1976, cuando celebraron sus 200 años de historia, Estados Unidos ni siquiera tenía un sistema común de enseñanza. La impuso el presidente Carter que ganó las elecciones 2 años más tarde, en 1978 y estableció una Secretaria Federal de Educación…contra la que aún lucha medio país que se rebela por semejante intento inaudito de uniformidad.

En ese siglo transcurrido, las comunicaciones con teléfonos o televisiones habían hecho tomar conciencia de las diferencias culturales que estallaron en la década de los 60, el país curaba sus heridas por la derrota en Vietnam y su confianza en el gobierno había disminuido aún más tras los problemas del presidente Nixon con el caso Watergate. También la seguridad en sí mismos tambaleaba: si las tensiones de la Guerra Fría les hacían temer por su seguridad, el embargo de petróleo les afectaba diariamente, en tiempo y en dinero. Más aún, para un país que había hecho fortunas con el oro negro de Tejas, era casi una humillación tener que mendigar la gasolina a los jeques del desierto.

Y ahora, que se acercan al cuarto de milenio ante nuevas fronteras de esperanza con avances tecnológicos, médicos y promesas de abundancia, las expectativas siguen siendo diferentes en las praderas de Wyoming o de Kansas de las imperantes en los fumaderos de marihuana de California o las calles abarrotadas de Nueva York. Los fundamentalistas convencidos de que el universo no tiene más de 4 mil años de existencia, que esperan impacientes la llegada de las profecías del Apocalipsis y disfrutan de la paz que les brindan las grandes extensiones de este país de dimensiones continentales, tienen poco en común con la gente que en Boston, Washington, San Francisco, o Nueva York, ve teatro de vanguardia, visita museos, cena en restaurantes de diversos países y participa en debates políticos.

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