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La película de María Marte: Soñar, luchar, cocinar…

La historia de María Marte puede resumirse en la dominicana que comenzó trabajando de friegaplatos y se vuelve a su país dejando atrás su puesto de chef en El Club Allard y dos estrellas Michelin para iniciar un proyecto de solidaridad.

Un reportaje de Rosana Lakunza - Sábado, 3 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

La chef dominicana María Marte deja su puesto para embarcarse en un proyecto solidario.

La chef dominicana María Marte deja su puesto para embarcarse en un proyecto solidario. (Foto: Álvaro Palomar)

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La chef dominicana María Marte deja su puesto para embarcarse en un proyecto solidario.

el relato de su vida durante los últimos 15 años podría haber salido de un libro: la joven dominicana que persigue un sueño, ser cocinera, que quiere estar cerca “de mi hijo grande que vivía acá, en Madrid, con su padre. Y también lo que queremos todos los inmigrantes, buscar un futuro mejor”. En República Dominicana dejó a sus hijos pequeños, dos mellizos, chico y chica. Entró a trabajar como friegaplatos y friegasuelos de uno de los restaurantes más reconocidos, El Club Allard. Un año después combinaba sus tareas con los fogones en una jornada laboral infernal en horarios. Paso poco tiempo hasta que se convirtió en la mano derecha del alavés Diego Garrido, el talentoso chef del restaurante. Dejó de fregar a 3,40 euros la hora para empezar a caminar hacia un universo de estrellas. Este podría ser, y lo es, el argumento de una historia de película.

María Marte ríe y dice que mejor que un libro, su vida es una película con final feliz. Abandona ese sueño después de haber revalidado las dos estrellas Michelin conseguidas cuando ella era la segunda de abordo, deja todo y vuelve a República Dominicana para perseguir otras estrellas, aunque estas están fuera de la guía Michelin: “Siempre he pensado hacer algo por los demás, ahora estoy centrada en ayudar a mujeres de mi país sin recursos y que quieran estudiar gastronomía. Yo he conseguido muchas cosas y ahora me toca a mí ayudar a que otras mujeres consigan hacer realidad lo que quieren y, sobre todo, que tengan un futuro mejor”. A finales de este mes volverá a su tierra y comenzará su nueva vida, una vida en la que no estará alejada de la cocina, pero sí del brillo glamuroso que se vierte desde todos los ángulos sobre los chef de alta cocina, comienza otro camino.

María echa la vista atrás y cuenta cómo ella aprendió a cocinar siendo muy pequeña, era la menor de ocho hermanos y vivía en un pueblo de República Dominicana, Jarabacoa: “Antes de venir a Madrid, yo tenía un catering que lo hacía desde mi casa, tener dos hijos pequeños no me permitía trabajar fuera del hogar. Trabajé también con mi padre que dirigía un restaurante en el pueblo, cuando no estaba con él, estaba con mi madre que era pastelera”, se ríe al comentar “que yo era la más pequeña y la única que heredó este pequeño talento de ellos”.

Los inicios los recuerda duros, su trabajo no tenía nada que ver con lo soñado: “Pasé mucho tiempo limpiando suelos y cacharros, pasó mucho tiempo antes de llegar a ponerme delante de un fogón y cuando se me dio la oportunidad, la condición era que no podía dejar de fregar. La verdad, una vida un poco sacrificada, pero cuando la ves ahora, ha merecido la pena”, señala la ya exchef de El Club Allard.

Después de haberse convertido en una de las pocas mujeres que ostentan dos estrellas Michelin, de ser Premio Nacional de Gastronomía en 2015, lo deja todo, como en el bolero, y regresa a su país con un proyecto muy distinto y mucho menos mundano: “Hay razones de peso para hacerlo, ante todo está la familia, entre esas razones mis hijos. Además, me voy a República Dominicana para poder llevar a cabo un proyecto de solidaridad. Acabo de recibir el premio Eckart Witzigmann a la Innovación y tiene una jugosa recompensa de dinero y lo voy a invertir en mujeres sin recursos de República Dominicana”, sabe perfectamente que va a necesitar más ayuda que esos 50.000 euros del premio y está dispuesta a poner toda la carne en el asador para que otras mujeres puedan conseguir lo que ella está dejando atrás, el éxito en los fogones y una forma digna de ganarse la vida.

Ayuda desde ceroEl mensaje a sus compatriotas es claro: “Quiero ayudarles desde cero, todas aquellas mujeres que quieran aprender gastronomía van a tener mi ayuda. Hay una escuela en mi pueblo con la que voy a colaborar. Se llama Escuela de Serranía, hay mujeres de todo el país y lo primero que voy a hacer es seleccionar a tres, las tres mejores estudiantes, las voy a becar para que vengan a Madrid, al Club Allard, a hacer unas prácticas de seis meses para que se formen en el mundo de la gastronomía. Allí voy a poner en marcha otro proyecto, rescatar algunas plantas de mi país que se están perdiendo, sobre todo, algunas que son medicinales”. Se enfrenta a un cambio de vida radical: “Va a ser todo muy diferente, voy a pasar de tener dos estrellas Michelin a ayudar a los demás, pero es algo que me sale de dentro. Sé que puede ser duro, pero estoy acostumbrada, a mí nadie me ha regalado nada, hay que luchar mucho, luego la recompensa será más grande”.

Siempre ha reivindicado que se puede vivir con pocas cosas y en Madrid descubrió algo que le dolía mucho, la cantidad de comida que se tira: “Me da pena que se tire tanta comida cuando hay tanta hambre en el mundo, lo que muchos ven como normal, yo lo veo como una aberración. Vengo de una familia muy humilde donde no se tira nada, me enseñaron que la comida no se tira”.

Su vida se traduce en sueños cumplidos y sueños por cumplir, se declara una mujer ahorradora: “Nunca me compro cosas por comprar, mi sueño era tener una casa en República Dominicana para que mis hijos tengan un lugar donde ir”. Es austera y ha visto la vida desde todos los ángulos, pero confiesa de forma casi tímida que sí se dio un capricho con uno de sus primeros sueldos como chef: “Me compre un bolso de Louis Vuitton. Pero no por eso puedo decir que sea una mujer caprichosa”. Cierra un capítulo, pero la película de María Marte no ha acabado aún.

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