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Solidaridad de las ONG vascas

Por Josu Legarreta - Viernes, 2 de Marzo de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Estos días hemos conocido la doble noticia entristecedora de la denuncia contra algunas personas de la ONG Oxfam y de la ONU y de la prisión preventiva para el expresidente de Guatemala y siete ministros por supuesta malversación de cerca de 29 millones de euros, en la que se implica al presidente de Oxfam Internacional.

Evidentemente, noticias como éstas producen sentimientos de rechazo y condena, e inmediatamente se divulgan en el ámbito internacional con graves consecuencias en la degradación de la imagen no sólo de la citada organización e institución política sino de otras muchas entidades de solidaridad, locales e internacionales. Casos como estos refuerzan las dudas de la ciudadanía que frecuentemente se plantea si los dineros que se donan por solidaridad llegan a su destino y a sus destinatarios finales, los realmente necesitados, o si una buena parte de dichas cuantías se destina a otros fines y a engrosar los bolsillos de los dirigentes de las ONG y de los políticos que desarrollan políticas sociales. En respuesta a esos interrogantes, se sucumbe a la fácil afirmación de que todos son iguales, de que no existen garantías de solidaridad y, por lo tanto, para qué esforzarnos en ayudar.

En este ambiente de dudas ciudadanas, he acudido al cine para ver la películaEl cuaderno de Sara, de Norberto López Amado, con Belén Rueda, entre otros: una terrible pero al mismo tiempo hermosa historia de la protagonista, Laura, quien decide viajar a la selva del Congo a la búsqueda de su hermana Sara, cooperante en una zona minera donde se explota de forma repugnante a menores y se asesina vilmente a los que no colaboran.

A pesar de la diversidad de opiniones de los críticos, con valoraciones, por ejemplo, de que el film no expone la grave y cruda realidad global de África, me merece mi mejor consideración por su perspectiva pedagógica de la importancia de la solidaridad y la nunca suficientemente reconocida ejemplaridad del compromiso, incluso arriesgando la vida, de muchos cooperantes. En mis casi diez años de director del programa de Cooperación al Desarrollo del Gobierno Vasco conocí a unos cuantos. Nunca podré olvidar nombres como Izaskun, Juan Carlos, Miren, ni la profesionalidad de sectores específicos como los de sanidad, por ejemplo, y nunca podré agradecerles suficientemente el impacto de sus compromisos de solidaridad en mi fuero interno.

En este contraste entre denuncias y vidas ejemplares, abogo por la defensa de los principios de solidaridad que se propagan desde las ONG y también desde las instituciones públicas vascas. Mi conocimiento de centenares de proyectos que desarrollaban me animan a su defensa on la firme convicción de que esta declaración en ningún caso es una afirmación políticamente correcta. Las páginas de mi reciente publicación La Cooperación Vasca al Desarrollorecogen muchas denuncias críticas del sector de las ONG, pero en ningún caso se presupone en las mismas que un porcentaje reducido de casos criticables, e incluso condenables, sea razón suficiente para generalizar perspectivas negativas, concluyendo que su labor no merezca ser apoyada. No, ni la labor de las ONG, ni la actitud de solidaridad que defienden las instituciones públicas vascas merecen ser criticadas.

Basta recordar, aunque sea a modo de ejemplo y a pesar de la diversidad de opiniones que se pueden verter sobre el origen del programa de cooperación, que en la década de 1980 un grupo reducido de ONG vascas reivindicaron la creación del programa y que las instituciones vascas correspondieron de inmediato con el desarrollo de programas específicos, a pesar de la crisis laboral que Euskadi padecía (paro de un 24%), complicada problemática social debido a los asesinatos de ETA, etc… Las instituciones públicas vascas, en aquella década de los 80, estaban ocupadas prioritariamente en la estructuración del país y en la búsqueda de soluciones de sus problemas sociales. Nada de ello impidió, sin embargo, asumir el compromiso de solidaridad con los países en vías de desarrollo: la partida presupuestaria inicial de 60.000 euros se convirtió en dos años en 1.800.000 euros. En la actualidad, este presupuesto del Gobierno Vasco asciende a cerca de 45 millones de euros, a los que habría que sumar las cuantías de las diputaciones forales y ayuntamientos. Y es resaltable que más de 2.000 jóvenes han realizado su experiencia de solidaridad en proyectos de ámbitos que en su día se definían como países en vías de desarrollo. Muestra de que la sociedad vasca es proclive a la solidaridad.

Pero, al mismo tiempo, debemos afirmar también que los datos cuantitativos no son suficientes como para esclarecer algunas dudas. Evidentemente, la ciudadanía requiere conocer en profundidad no sólo las partidas presupuestarias y las políticas que se desarrollan desde las ONGs. En estos años de crisis económicas, la sociedad entiende como más necesario que nunca el conocimiento del reivindicado principio de la coherencia política, aunque no se entiende muy bien que sólo sea exigido a las instituciones públicas. Ante noticias como las denuncias del personal de Oxfam y de la ONU es, pues, realmente urgente que tanto el sector público como el de las ONGs desarrollen evaluaciones profundas de los proyectos subvencionados y divulguen los resultados obtenidos. Las partidas presupuestarias y el número de los proyectos financiados no son por sí solos exponentes de solidaridad;la sociedad necesita conocer las estrategias de transparencia, eficiencia y eficacia. Por lo que no parece fácilmente comprensible que las noticias que se publican en los medios recojan en su mayor parte reivindicaciones de aumento presupuestario.

Aún así, resulta axiomático que en este mundo globalizado la solidaridad es obligatoria y que para el logro de resultados necesarios se precisa la coordinación entre instituciones, entidades y profesionales. Sí, coordinación y coherencia también entre las propias ONG. Por desgracia, la casuística de las denuncias expuestas, aunque reducida, denigra la buena imagen de miles de proyectos y cooperantes que dedican sus vidas a los más necesitados. Debemos huír de este riesgo. La solidaridad internacional es necesaria y merece la pena. Más aun: es de justicia. Recordemos que otros países también lo fueron con Euskadi y sus ciudadanos emigrantes.

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