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El ‘bitcoin’ no es una moneda, es una amenaza

Por Joaquín Arriola - Lunes, 26 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Un importante manual de teoría y política monetaria comienza reconociendo la escurridiza naturaleza de su objeto de estudio: “Resulta extremadamente difícil dar una definición única y completa de lo que es el dinero…. hasta el momento, no se ha podido formular ninguna que goce de aceptación general ni desde el punto de vista de la teoría ni del de la investigación empírica”.

Cuando Friedrich Engels se puso a ordenar los papeles de su amigo Karl Marx para preparar la edición del tercer volumen de El Capital, encontró que este denominó “la confusión” a las páginas dedicadas a glosar todas las ideas admitidas en la época acerca de las relaciones entre el dinero y el capital, y “la confusión” que se expresaba en todo lo que en el mercado monetario se consideraba como dinero y capital.

La misma confusión sobre la que quiere llamar la atención Neal Stephenson cuando, a principios del siglo XXI, en su novela La Confusión, da rienda suelta a su imaginación para intuir cómo Isaac Newton “inventó” el dinero moderno en una metáfora literaria sobre el nacimiento de la bolsa y la economía moderna que se lee con más provecho que muchos textos académicos al uso.

No deja de invitar a la reflexión el que una cosa tan habitual en las relaciones sociales como el dinero, tan presente en toda la vida social y personal que nos implica desde el nacimiento hasta la muerte y aun más allá en forma de herencias, tenga tan frágil recorrido teórico. También en las recientes discusiones sobre el bitcoin resuena el término señalado en los textos del filósofo y el literato.

El bitcoin no es dinero, el cual cumple varias funciones que el bitcoin no ejerce: en el dinero se refleja el valor de todas las mercancías, es reserva de valor -requiere por tanto cierta estabilidad- y en la economía actual sirve para poner en marcha el proceso de producción. El bitcoin, y solo de forma parcial, cumple con una de las funciones del dinero, el ser medio de pago. Pero esta función solo la ejerce para las mercancías para las que explícitamente se declara que pueden ser pagadas en bitcoins. Si un grupo de vendedores anuncia que aceptan que les paguen con garbanzos, esta legumbre cumplirá una función como medio de pago en relación con los productos que ponen a la venta dichas personas, pero sería muy aventurado afirmar que los garbanzos son dinero.

Si no son dinero, mucho menos son los garbanzos una moneda. Y el bitcoin, tampoco. Las monedas son una forma de dinero que refleja la soberanía de un poder que se ejerce sobre territorios, personas y bienes. En el pasado, las monedas solo incorporan la imagen o el símbolo de ese poder con el cuño que se marca en las piezas de metal que circulan como dinero. El aumento del poder del Estado se expresa en la obligatoriedad que se impone de utilizar solamente esas piezas acuñadas para realizar pagos en dinero. En nuestra era capitalista actual, en la que la socialización de la vida ha alcanzado un grado incomparablemente superior al de épocas pretéritas, la institución que expresa ese carácter colectivo de la vida social, el Estado, ha podido sustituir el dinero monetario con valor intrínseco -oro, plata- con papel moneda, dinero simbólico que expresa la capacidad de generación de valor y riqueza de un sociedad concreta (ese es por cierto el problema con el euro: que es un símbolo de una sociedad europea que no existe). El bitcoin, expresión de una comunidad privada, solo es una moneda como puedan serlo las fichas en un casino;expresan una cantidad de valor, que solo podemos medir cuando la “traducimos” a una moneda real, dólares o euros.

Lo que la red ‘bitcoin’ amenaza es

el control jerárquico de la red por parte de gigantes como Google, Facebook o el Pentágono: se vislumbra la posibilidad de un Internet que impide centralizar

el control de la información

Como todo medio de pago particular, que dispone un mercado de compra-venta, los bitcoins también tienen un valor intrínseco, vinculado a lo que cuesta producirlo, y un valor de mercado, que refleja la oferta y demanda de los mismos.

Los 16,5 millones de bitcoins existentes en la actualidad se generan mediante un algoritmo matemático que recompensa con fracciones de los mismos a quienes ponen el tiempo y la energía de sus ordenadores al servicio de la red del sistema de pagos. El algoritmo está diseñado para que, a medida que aumenta la cantidad de gente que pone sus ordenadores en la red (a los que se denomina alegóricamente “mineros”), se ralentice la generación de nuevos bitcoins y además establece un límite cuantitativo de estos en 21 millones, el último de los cuales se generará en el año 2140, claro ejemplo del optimismo exacerbado de los anónimos creadores del sistema. La alegoría minera pretende reflejar la realidad del metal monetario por antonomasia, el oro, que solo existe en una cantidad finita y cuyo valor va creciendo a medida que se van agotando los filones y en consecuencia se eleva el coste de su extracción.

La oferta y demanda, si se limita a su uso como medio de pago, reflejara más o menos directamente el coste de producción. Si la demanda de bitcoins para realizar pagos aumentara mucho, se aceleraría la velocidad de su circulación, es decir, su oferta;pero no su precio. Pero como se utiliza también como un activo para la especulación, se convierte automáticamente en un activo financiero. La demanda de bitcoin con fines especulativos hace que su precio se vuelva volátil, y se separe completamente del valor de producción. Así, desde que en 2009 comienzan a circular los primeros bitcoins por la red, se han producido varios picos especulativos: en junio de 2011 un bitcoin valía 30 dólares, y tres meses después solo la décima parte;a principios de abril de 2013 subía hasta los 200 dólares y en una semana apenas llegaba un tercio de dicho valor, y en noviembre de ese año iba a los 1.800 para caer hasta menos de la cuarta parte en un mes. A mediados de diciembre de 2017 el valor monetario de un bitcoin equivalía a 16.500 dólares, y hoy no llega a la mitad. El volumen de transacciones, que en 2014 y 2015 era una media de 125.000 al día, solo aumentó hasta 285.000 diarias en 2017 y cayó a 272.000 diarias en el primer mes y medio de 2018. En los últimos años, muchas de las transacciones no eran pagos reales sino meras compraventas de bitcoins con fines especulativos.

El uso de la red de pagos en bitcoins para realizar transacciones criminales es solo una fracción muy pequeña del negocio del mal: cuando en 2013 se desmontó Silk Road, este negocio de venta de pastillas alucinógenas que se pagaban con bitcoin totalizaba cobros por 1.000 millones de euros, cuando la red de bitcoin registraba pagos totales (por productos legales e ilegales) por valor de 8.000 millones de euros anuales. En ese mismo tiempo la UNODC, la oficina de las Naciones Unidas contra las drogas y el crimen, estimaba para 2009 el valor total de las transacciones financieras vinculadas al lavado de dinero en 1,3 billones de euros.

Vistos como activos financieros o como medios de pago, los bitcoins no son por tanto nada del otro mundo. Lo especialmente relevante es el propio sistema de su circulación, en la que la relación es solamente bilateral, entre el que paga y el que cobra, sin la intervención de ninguna autoridad o institución central que registre la transacción ni a quienes la realizan;a diferencia de lo que ocurre con los demás sistemas de pago electrónicos, utilicen o no símbolos monetarios propios, en la red bitcoin no existe ninguna institución central que venda o compre los bitcoins, sino directamente por sus propietarios que los han obtenido en su trabajo de “mineros” o porque los han obtenido previamente de uno de estos. El algoritmo del sistema garantiza que nadie puede utilizar bitcoins que no tiene o utilizar un bitcoin para realizar dos pagos simultáneos, porque todo movimiento queda registrado en todos los ordenadores de la red en general, pero en ninguno en particular.

Este carácter comunitario, horizontal, del sistema es lo que preocupa a las autoridades, mucho más que el anonimato de las transacciones: el sistema registra todas las transacciones, pero no conoce quien las realiza, no hay constancia ni del origen ni del destino espacial o personal de las transacciones.

Lo que la red bitcoin amenaza es precisamente el control jerárquico de la red por parte de gigantes como Google, Facebook o el Pentágono: por primera vez se vislumbra la posibilidad de un internet que impide centralizar el control de la información, en la que el aumento de los flujos no permite aumentar el poder. Es la posibilidad de este comunismo virtual, el fantasma que espanta a los que mandan.

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