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Crisis del Estado español a la luz de los filósofos contemporáneos

Por Mikel Askunze - Viernes, 23 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Se podría pensar que actualmente la crisis afecta solo a Catalunya y no al Estado español. Considero que esa opinión es parcial, ya que no contempla todos los factores que entran en juego en esta circunstancia histórica que estamos viviendo. Creo que quien realmente está en crisis, es decir en una situación crítica y embarazosa, es el Estado español. Todos conocemos el fraude sistémico protagonizado por muchos de sus principales gobernantes. Se trata de un fraude “sobrecogedor”. Es decir ocurre que esos gobernantes han “cogido sobres y más sobres” que no les correspondían y así, los que debían ser modelos de comportamiento, han robado dinero público de forma sistemática.

Por otro lado millones de personas pertenecientes a este Estado sufren el paro o “disfrutan” de un empleo eventual pagado con sueldos de miseria. Hay en este país muchas personas que padecen hambre y todo tipo de necesidades, ¿No supone esto una terrible crisis?

Últimamente la atención de los que aquí vivimos se ha centrado en la situación de excepción impuesta a Catalunya. Circunstancias semejantes se han vivido en Euskadi y se viven actualmente en todo el territorio a partir de la ley mordaza que impide los derechos fundamentales de la ciudadanía. Lo que ocurre en Catalunya es un estado de excepción, aunque no es realmente una excepción dentro del territorio español. ¿No pone de manifiesto todo esto una crisis del Estado español?

Para justificar las recientes medidas impuestas en Catalunya se recurre a la Constitución y sus leyes. Ante una problemática generalizada como la que ha movido a millones de catalanes a salir a la calle, ¿se puede responder con una ley rígida e inamovible, poniendo una camisa de fuerza a la voluntad de estas personas?

Los gobernantes del Estado español no fueron capaces de dar una salida política y democrática a la situación real que se viene viviendo desde tiempos atrás en Euskadi y en Catalunya. ¿Se practica la política cuando se responde a un problema que existe desde hace mucho tiempo utilizando solo la violencia de una ley que no se quiere modificar? Todos los resortes del Estado se han puesto en marcha, la policía, el sistema jurídico y los medios de comunicación. Todos esos recursos han funcionado de forma fundamentalista y han provocado el renacimiento de un “nacionalismo” (con z) español que parecía enterrado después de la muerte del dictador. Este conjunto de vivencias ha hecho nacer una serie de preguntas en torno al carácter democrático o totalitario de este Estado en el que “necesariamente” vivimos.

Para iluminar este abismo en el que nos encontramos y tratar de comprender y valorar la situación vamos a echar mano de los análisis de una serie de filósofa-os y politóloga-os que reflexionan sobre las llamadas democracias formales burguesas entre las que creeríamos que se encuentra “nuestro” país.

Ya en la década de los años 60-70, Herbert Marcuse denunciaba que las democracias occidentales, incluida por supuesto la de Estados Unidos, escondían, bajo la apariencia de libertad, sociedades auténticamente “cerradas” con carácter unidimensional. Esas supuestas democracias vivían en una sola dimensión pues no admitían oposición interna, ni disidencias reales. Consideraba que, aunque existían diversos partidos políticos y distintos medios de comunicación, en el fondo todos destilaban la misma ideología, aparentemente diferente. Dentro de ellos se absorbía todo movimiento contrario al sistema, integrándolo o vaciándolo de contenido. Al no existir una verdadera crítica interna, es decir al desaparecer el lado negativo que en toda relación dialéctica es imprescindible para cambiar y evolucionar, esas sociedades permanecían inamovibles. Funcionaban así, a pesar de su apariencia de libertad, como Estados totalitarios.

Hoy, en 2018, el Estado español cumple perfectamente esos caracteres. Los tímidos movimientos de oposición son asimilados, negados o reprimidos, sean de una alternativa al modelo económico-político o sean de carácter nacional. Eso nos lleva a la conclusión de que la sociedad cerrada y unidimensional que denunciaba Marcuse está plenamente vigente aquí y ahora.

Un filósofo actual, el surcoreano afincado en Alemania Byung-Chul Han , analiza las características de las sociedades neoliberales de nuestra época. Han defiende que en periodos anteriores se vivía en sociedades disciplinarias que vigilaban y castigaban a quienes no se ajustaban al modelo económico y político capitalista. Por el contrario, considera Han, en nuestra época el neoliberalismo ejerce el poder de un modo más sutil e inteligente, mediante el “psicopoder”. Utilizando el Big Data y otros tipos de información, conoce las mentes de los ciudadanos y se ajusta a ellas, seduciéndolas, para así controlarlas. Sería un poder amable que domina agradando.

Habría que reconocer que las capacidades del Estado español, con Rajoy a la cabeza, no dan para tanto. Como siempre este país se ha quedado anclado en el pasado. No es capaz de sutilezas, ni derroches de inteligencia. Así, en el caso de Catalunya, podría haber practicado una política de seducción, negociando, prometiendo cambios y ajustes acordes a la situación o a los deseos de millones de catalanes. Eso habría permitido, como ocurrió en Inglaterra respecto a Escocia, llevar a cabo un referéndum que habría conseguido que las voluntades mayoritarias del pueblo catalán se inclinaran a la permanencia dentro del Estado español. Todos sabemos lo que ha ocurrido, nada de habilidades políticas seductoras y negociadoras. Solo represión, policía y cárcel. Eso nos retrotrae a los métodos del pasado.

La filósofa y politóloga belga, Chantal Mouffe , puede ayudarnos también con sus análisis sociales y políticos a interpretar mejor el tema que aquí tratamos. Según Chantal, la política democrática implica pluralismo y por ello dentro de las relaciones políticas el antagonismo y el conflicto tienen un papel especial.

La palabra política no solo vendría de polis (convivencia en la ciudad), sino también de “pólemos” (lucha, conflicto interno que obliga a cambiar). Teniendo en cuenta esto habría que admitir la confrontación de posiciones contrarias para lograr un todo democrático. Es el caso de la confrontación entre el Estado español y el Govern de Catalunya. Aquí se ha impuesto la fuerza del primero, con la excusa de una ley inamovible que, por mucho que esté en la Constitución española, tiene visos de ser autoritaria y antidemocrática. Se ha ignorado a millones de catalanes que, por medios democráticos, vienen demandando una relación distinta con el Estado español. Si esa confrontación no existe, si se anula algo real que está ahí, aunque no gusta a algunos, entonces la democracia desaparece.

Por fin, siguiendo el pensamiento del filósofo francés Jacques Rancière , reconoceríamos que la política es la instalación del desacuerdo que proviene de una “parte” de la sociedad. Esa parte en desacuerdo, dice Rancière, a veces no tiene que ver exclusivamente con lo económico sino que tiene raíces culturales, de identidad étnica e incluso de opción sexual.

Cuando hay una parte que no es reconocida y esa parte habla y actúa, se instaura la política como medio de reconocimiento y de evolución o transformación. En ese caso se trata de la tensión establecida entre un cuerpo social estructurado, que tiene las piezas definidas dentro del puzle político, con cada parte ubicada en su lugar y la “parte de ninguna parte” que perturba el orden, reclamando su reconocimiento. La política surge así en el desacuerdo en el que una parte no reconocida se sirve de la palabra y de la acción para reclamar su lugar y su identidad.

Frente a esta confrontación que se daría en la política y que podría dar lugar a una nueva reestructuración, Jacques Rancière opone lo que él llama “policía”. Esta palabra no solo se referiría a las fuerzas del orden, sino también a la ley que define la ausencia de partes e impone por la fuerza el orden establecido anteriormente en el tablero.

La política, frente a la policía, solo existe cuando el orden natural de la dominación (poder ejercido desde arriba) es interrumpido por el reconocimiento de una parte antes ignorada o perdida en la invisibilidad del todo. Así la política tiene un efecto desclasificador, mientras que la policía es la que impone el orden clasificatorio establecido, mediante el dominio represivo.

Tendríamos que concluir, que la “crisis” del Estado español radica entre otras cosas en que no es capaz de hacer política, sino solo imponer la “policía” en el sentido que Rancière da a esta palabra.

Todo lo que se va planteando en este artículo provoca una serie de interrogantes: ¿esta crisis del Estado español es pasajera o por el contrario es permanente y sistémica? La llamada transición, que teóricamente permitía transitar de un estado totalitario a otro democrático, ¿fue un cambio real o una pantomima que solo modificó las formas y apariencias externas, dejando vivo el trasfondo negro arrastrado en este país desde el golpe de estado de Franco? Finalmente otra cuestión inquietante haría que pusiéramos en tela de juicio el valor de las llamadas democracias burguesas del mundo occidental: ¿cómo es posible que el orden vigente en este Estado español sea reconocido y homologado como democrático por el resto de países europeos? ¿No será que las democracias formales burguesas esconden, como decía Marcuse, un totalitarismo inconfesable?

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