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Voigtmann, ¿por qué no tiraste?

Martes, 20 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

El pívot alemán, a la derecha, postea junto a Hanga y su compañero Timma en una acción defensiva.

El pívot alemán, a la derecha, postea junto a Hanga y su compañero Timma en una acción defensiva. (Foto: ACB Photo)

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El pívot alemán, a la derecha, postea junto a Hanga y su compañero Timma en una acción defensiva.

Todos los los niños que no sueñan con ser youtubers o con ser Jordi el Niño Polla seguro que fantasean con tirar el penalti definitivo en la final de la Champions. Con tener una bola de partido para ganar Roland Garros. Un putt para llevarse el Masters de Augusta. O un tiro para ganar la NBA... O la Copa del Rey de baloncesto. Johanes Voigtmann tuvo ese lanzamiento para poder ayudar a su equipo a conseguir una victoria importante y no quiso ejecutarlo. El alemán tenía espacio y tiempo para definir a placer. Lo segundo fue lo que le terminó de matar. Voigtmann se vio con el balón decisivo en las manos y no supo qué hacer. El pívot miró a su derecha como Higuain miró al juez de línea en la final del Mundial en la jugada que convirtió al Pipita en un meme. Manuel Jabois definió así esa mirada en un artículo del día después en El Mundo. “Fue una mirada bovina, lenta, como si de repente le empezasen a gustar los hombres”. El balón nunca voló hacia el aro y Voigtmann se lo acabó entregando a un jugador del Barcelona, que condujo una contra letal. Si eres un buen tirador, estás completamente abierto y tus compañeros te buscan para intentar decidir el partido y no tiras, ¿para qué juegas? Cuando parecía que el esperpento de Voigtmann no podía ser mayor se tiró un triple desde la esquina, a la media vuelta y punteado con todavía una decena de segundos en el marcador. El desenlace del partido contra el Barcelona y la implosión de Voigtmann evocó al del año pasado contra el Real Madrid. En aquella ocasión, Baskonia jugó un gran encuentro que tiró por la borda en los últimos minutos. Un guión opuesto al del viernes en Canarias, donde fue el equipo de Pesic el que a punto estuvo de invalidar su gran trabajo durante los tres primeros cuartos. La mayoría de los aficionados y analistas centraron el año pasado la crítica sobre Sito Alonso. El extécnico del Barcelona me recuerda a Unai Emery en un sentido. Haga lo que haga nunca va a dejar de ser un blanco fácil, un monigote a merced de las veleidades de un vestuario de estrellitas. Me van a permitir retrotraerme a esta página de hace un año, donde me posicioné sobre si la culpa era de Sito por mantener a Voigtmann en pista o del jugador por tomar peores decisiones que Higuain en un partido grande. Higuain, como Milhouse, sirve para cualquier comparación. “No sé hasta qué punto es un problema del técnico que a un jugador de élite de repente se le olviden los fundamentos de su trabajo… aquí no podemos exculpar siempre al jugador. Son atletas que llevan toda la vida jugando al baloncesto y en los últimos años percibiendo un buen dinero como profesionales. Por mucha presión que haya, por muy pocos momentos tan trascendentales que haya vivido en su carrera, el jugador es responsable último de una actuación tan mala”.

Quizás por hartazgo con una situación que se reproduce, quizás porque Pedro Martínez tiene ese aura que jamás tendrá Sito Alonso o seguramente por una mezcla de ambas cosas, un año después sí que fue Voigtmann el objetivo de las críticas. Podrá ser un buen jugador de baloncesto, pero empieza a quedar claro que no tiene el fuego interior que guía a los grandes de verdad. Su primera mala decisión (no tirar), demostró que le faltó valentía, un pechofrío como dicen los argentinos. La segunda (tirar), dejó claro lo que anunció esa secuencia de acciones culpa de Sito Alonso: que es un jugador incapaz de controlar sus emociones cuando se empieza a calentar la cosa. Para mí, lo primero es mucho peor que lo segundo. Aunque falles los mano a mano, aunque tires los penaltis al larguero o a la grada. Aunque metas dos goles en una eliminatoria de Champions y se te vaya a recordar por fallar desde los once metros. Joder, cómo quiero al Pipita...

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