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Hacia un pacto social por la Educación

Por Juan José Álvarez Rubio - Sábado, 17 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Nuestro sistema educativo es un ámbito clave, estratégico, más relevante que ningún otro para la sociedad, para nuestro presente y nuestro futuro. El verdadero reto, y hemos de afrontarlo entre todos, porque todos somos parte de la comunidad educativa si creemos de verdad en el futuro de nuestra sociedad, radica en un cambio de paradigma sobre el papel del profesorado y del propio sistema educativo, que ha de evolucionar para adaptarse a este complejo mundo en el que se adentrarán nuestros estudiantes cuando, como dice Bernardo Atxaga, “entren en la vida”.

Las leyes no tiene un poder taumatúrgico, es cierto;no resuelven por sí solas los problemas, pero pueden ser muy útiles si primero logramos diagnosticar de forma compartida y acertada nuestras necesidades, nuestras debilidades, nuestras singularidades y nuestros retos. Así podremos lograr sentar la base de consenso y la base legal, sin hipertrofias normativas, sin excesos de reglamentación legal que encorseten al sistema sino que le fijen los grandes raíles de funcionamiento para ir adaptándose a las nuevas realidades.

Hemos de tener presente, y prestigiar socialmente como se merece, el papel de nuestro profesorado. No debemos olvidar factores de enorme complejidad que rodean su actividad docente y relacional, como es el relativo a un alumnado cada vez más exigente;esta conexión entre profesorado y alumnado es muy complicada de gobernar y de ordenar porque demasiadas veces los estudiantes son solo conscientes de sus derechos y no de sus deberes, lo que conduce a un debilitamiento de la auctoritas, de la percepción del profesorado como autoridad.

Además, esa misma percepción se extiende en el contexto familiar. No ocurre sólo en el ámbito educativo que sus profesionales se encuentran cada vez con más frecuencia ante unas familias exigentes, algo que puede ser bueno, positivo, si revela implicación en y con el sistema educativo, pero que muchas veces se traduce en actitudes muy orientadas a achacar al sistema y al profesorado la frustración derivada de la ausencia del logro de sus objetivos académicos por parte de sus hijos o hijas. Nuestra escuela, nuestro sistema educativo, no puede por sí solo resolver todos los problemas sociales. Es un ámbito importante, clave, sin duda, pero no puede ser el actor exclusivo encargado de encauzarlos y tratar de resolverlos.

Hay que recuperar el sentido real de la educación, en todos sus niveles, como puente entre el hoy y el mañana, capaz de civilizar colectivamente el futuro por encima de aspiraciones individuales

A ello se añade, como está ocurriendo en otros planos de la vida social y profesional, toda una sucesión de cambios metodológicos que cuesta interiorizar y visualizar como supuesta panacea del cambio eficiente. Son muchas pequeñas revoluciones (sociales, relacionales, metodológicas) en poco tiempo.

Si aceptamos este diagnóstico, por supuesto con todos los matices y aportaciones que deseen realizarse, habrá de concluirse que el problema no tiene una sola ni una fácil solución. Requiere un consenso de partida, necesita nuestra implicación como sociedad porque nos va mucho en acertar y en fijar un rumbo que supere la interinidad y fragilidad derivada de las coyunturas políticas, de los modelos educativos vinculados a concretas opciones políticas.

Por ello, la iniciativa presentada el lunes y orientada a sentar de forma consensual las bases para el acuerdo supera la mera visión política. Tiene mucho más calado porque construir un país es un reto colectivo que también pasa por impulsar y profundizar, como lo hace este proceso ahora abierto, un debate, una reflexión serena, plural y dinámica que persiga sacar a nuestro modelo educativo de ese bucle de negatividad y conflictividad y se oriente hacia la consecución de un gran pacto educativo estable, duradero, unas bases que perduren en el tiempo y permitan adaptarse a la frenética sucesión de cambios sociales.

Hay que recuperar el sentido real de la educación, en todos sus niveles, como puente entre el hoy y el mañana, capaz de civilizar colectivamente el futuro por encima de aspiraciones individuales, porque educar representa un reto conjunto para toda nuestra sociedad y ha de ser un proyecto colectivo, compartido y que impulse nuestra sociedad y nuestros ciudadanos hacia horizontes de superación del crítico contexto actual, donde todo parece cuestionarse.

Entre todos debemos trabajar por elevar la calidad de nuestro sistema educativo, priorizar el esfuerzo orientado a compensar la situación del alumnado desfavorecido o con necesidades especiales y buscar la excelencia y la mejora de nuestra educación. Nos va el futuro en ello.

Alumnado, familias, profesorado, todos nos jugamos mucho y está en nuestras manos superar inercias enquistadas que gripan el motor de nuestra necesaria innovación educativa y social.

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