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Donde está el peligro...

Por Txema Montero - Viernes, 16 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Los nacionalistas vascos o abertzales, que para mí es lo mismo, estamos viviendo los acontecimientos políticos de Catalunya y las respuestas del Estado español y de destacados líderes europeos con una mezcla de estrés post-traumático tras el fin de ETA, perplejidad por lo que sucede y expectación cautelosa ante una recentralización política que es lo que está por venir. Solo así se entiende nuestro distanciamiento del proceso catalán y solo así se entienden las propuestas de la izquierda abertzale, ahora a favor del cumplimiento íntegro del Estatuto, o la pretensión del PNV de constitucionalizar el derecho a decidir incluyéndolo en la Disposición Adicional que reconoce los Derechos Históricos del Pueblo Vasco. Todo el debate político parece entrelazado con hilos de diferente largura y color lo que me produce una sensación de desfase.

Recentralización y pérdida de las conquistas democráticas van de la mano;miremos el ejemplo catalán. Se comenzó interviniendo la autonomía, se continuó encarcelando a líderes políticos e incluso

El nacionalismo español se está revitalizando. En el tiempo que vivimos todo tiene lugar bajo una capa de anestesia. La opinión pública parece dispuesta a tragar con lo que propagan unos medios de comunicación abusones que piden recortes de libertades por medio del endurecimiento del Código Penal, una cada vez más enérgica actuación judicial y glorias a la monarquía, hechos objetivamente perjudiciales que, sin embargo, producen una respuesta emocional débil y enclenque. Tanto más grave si observamos que en el conflicto catalán las emociones se dividen entre quienes están a favor de los que encarcelan o de los que han sido encarcelados. La cárcel nuevamente como raya trazada en el suelo en beneficio de quienes interpretan la ley arrumbando el debate político. ¿De verdad hay alguien que se crea que lo sucedido en Catalunya es una sedición o rebelión militar? “Soy muy ignorante. Pero la verdad, de todos modos, existe”, dijo en cierta ocasión Franz Kafka y, juegos jurídicos malabares aparte, nadie en Catalunya propuso una asonada militar para conseguir la independencia.

Así pues, no queda otra que rebelarnos. Rebelarse no significa la búsqueda de la utopía, un ponerse en marcha hacia una ciudad brillante en una colina, caminando iluminados por una visión extasiada. Rebelarse significa establecer un límite en algunas situaciones presentes, muy reales, que se han vuelto inaceptables. Para empezar, el salvajismo político de Ciudadanos o de líderes regionales del PSOE, del PP y hasta de Izquierda Unida que pretenden acabar con el Concierto bien de frente o esquinadamente. Para continuar, la prepotencia del poder económico: ¿hasta cuánto estamos dispuestos a ceder a remotas entidades empresariales a cambio de nuestra comodidad y nuestra conveniencia? Para terminar, la presión de unos medios de comunicación que espolean a la ciudadanía y que, ocurridos delitos especialmente repugnantes, de repente deciden que el país con más presos de Europa debe tener aún más gente encarcelada por más tiempo o para siempre. De acuerdo, nadie merece más atención que una víctima de un acto violento, independientemente de su motivación o contexto, pero del caso concreto no se deben extraer conclusiones universales pues obtendremos una caricatura de la realidad que sustituye a la realidad. Bilbao, sin ir más lejos, se está presentando por grandes medios de comunicación como una ciudad sin ley... para los menores, caricatura descomunal de una ciudad con un nivel de seguridad más que notable. “Keep calm and carry on” -permanece tranquilo y sigue adelante- es lo que los ingleses aconsejan en esas situaciones.

Rendirnos o seguir adelante es el dilema. Si seguimos adelante, debemos aceptar que no existe un sentido último para lo que hacemos, que la historia no conduce a un solo e inevitable destino, sea la independencia o la justicia social, por lo que debemos aceptar lo que venga si hemos actuado de buena fe. Actuar de buena fe es no buscar excusas para uno mismo, no dejar de hacer lo que crees debido. Actuar de buena fe es lo que siempre hemos llamado compromiso personal, el compromiso con una causa, con cualquiera, y desde luego con la causa vasca, lo que no significa dejar de pensar por uno mismo. Comprometerse es indagar quiénes son los más oprimidos y perjudicados en cada situación y adoptar su versión de los acontecimientos como la correcta.

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