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El proceso

Por Miguel Sánchez Ostiz - Sábado, 10 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:04h

Es y no es el de Kafka, es y no es el catalán, pero es sin duda uno en el que, nos guste o no, estamos viviendo: un proceso de deterioro imparable de normas éticas elementales, de instituciones y de verdadera convivencia.

Si la captura maliciosa y furtiva de comunicaciones privadas, como las de Puigdemont-Comín, se considera algo de interés público en razón de los interesados, estamos perdidos. Lo mismo si se considera legítimo. No hablo de intervenciones judiciales con amparo legal, sino de trofeos de caza mediática a colgar en el reñidero político y de espectáculos informativos.

La persona objeto de la captura de sus comunicaciones puede estar en un lugar público, pero lo que tiene entre manos ni lo muestra ni lo exhibe. Su captura exige disimulo, medios técnicos apropiados e intención de captura. Defender la legitimidad de una actuación como ésa es defender un todo vale, no ya en razón de que el perjudicado sea tu adversario o enemigo político, sino en sentar las bases de una tara social consistente en que la privacidad se derrumba a pasos agigantados sin causar alarma alguna. Esto último hasta puede ser más grave que el intentar dañar a tus enemigos políticos con medios ilegales o que están en aquel famoso filo de la legalidad de la que habló un ministro del Interior de siniestro recuerdo. Festejar esto último como quien festeja una faena taurina de descabello me parece siniestro, pero muy en el tono de la tristísima y grave situación que vivimos.

Ahora mismo, pocas dudas tengo de que se está haciendo uso del ordenamiento jurídico de manera ideológica y torticera, utilizando cuerpos de enjuiciamiento procesal y retorciendo leyes, pero lo que yo opine y nada es lo mismo. Voy acostumbrándome. Estamos en medio de una batalla política de bandos que tienen sus partidarios y sus adversarios y los montajes jurídicos, armados para blindar actuaciones políticas dudosas a origen, son un arma de primera desde hace mucho. Basta leer con detenimiento los autos del juez Llarena para darse cuenta del alcance del dislate. No hace falta ser experto en temas judiciales, con leer un periódico con mediano aprovechamiento, basta. La intención ideológica y política está tan clara que los argumentos jurídicos se pierden en lo sonámbulo, por no decir funambulesco. Y cada trinchera tiene sus expertos, eso también es cierto.

Lo he dicho muchas veces: no soy un adivinador del porvenir, por mucho que este me preocupe, visto lo vivido a diario. Pero dudo mucho que, con o sin independencia catalana, con o sin vuelco político e ideológico dentro y fuera de Cataluña, con encarcelamientos y procesos enrevesados que pueden durar años, acabe por difuminarse un clima de agravios permanentes y de enconos y que se pueda vivir en uno de convivencia social pacífica que no esté aherrojado con abusos, multas, condenas, mentiras, prisiones, palos y linchamientos mediáticos constantes. La espuma de todo esto, reflejada en las redes sociales, resulta repugnante. Si lo que ahí aparece es el fiel reflejo de la realidad social, vamos dados: un potaje de ideas preconcebidas, mala fe, falta de instrucción elemental, incultura, sectarismo, ferocidad... que es cosa siempre del otro. No sigo porque no todo es así, pero cuesta ser ecuánime y hasta defender las propias ideas con coraje y sin ánimo ofensivo o burlesco. Hay una realidad social alarmante que ya es raro que aparezca en el reñidero y no porque haya perdido virulencia, al revés, pero estropea mucho el paisaje. Lo sucedido hace unos días con la leyenda urbana de los desahucios es buena prueba de lo que digo;la amenaza del sistema de pensiones otro tanto, del precario mercado laboral mejor no hablo... Ese proceso de deterioro social está resultando imparable en todos los sectores que sostienen un elemental bienestar al alcance de todos. Lo que resulta kafkiano no es ya ese proceso, sino que sea preciso recordar algo que es del dominio público y que no causa la famosa alarma social que debería, ni siquiera entre los directamente afectados o amenazados. Y así vamos tirando... No, así vamos cayendo.

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