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La India de Amartya Sen

Por Gerardo del Cerro Santamaría - Viernes, 9 de Febrero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Mi interés personal por la India comenzó a surgir cuando conocí al profesor Jean LeMée en 1996 en Nueva York. El profesor LeMée, ingeniero y humanista, un sabio moderno, especialista en la antigua cultura védica y muy buen conocedor del idioma sánscrito (que leía, hablaba y escribía sin dificultad), había recalado en los años 50 del pasado siglo en la prestigiosa universidad Carnegie Mellon de Pittsburgh para doctorarse en Ingeniería, tras algunos años como oficial de la Marina Mercante francesa. Influido por él, leí en aquellos años el Rig Veda, el más antiguo de los cuatro textos sagrados canónicos (śruti) del hinduismo, organizado en diez libros o Mandalas, donde se alaba a diferentes deidades, y donde además se transmite el conocimiento humano primigenio (Veda) sobre metafísica y cosmología.

Más o menos de forma simultánea, comencé a adentrarme en la obra del Nobel indio Amartya Sen, que trata la economía como un saber holístico, multidisciplinar, como una “socio-economía” encargada de analizar y resolver problemas de una forma humanista. Años después, en 2015, cuando tuve oportunidad de viajar a la India por motivos profesionales, fui plenamente consciente de la relevancia de la realidad socio-económica del país en el desarrollo de las teorías económicas de Sen, en particular su paradigma de las capacidades (capabilities), que ha influido decisivamente en la conceptualización posterior de la economía del bienestar y del desarrollo. Pude observar asimismo la vigencia de la antigua cultura védica en la India moderna, en el sistema educativo y en la formación de los valores y la ética de la población más joven.

Cuando la India se independizó en 1947, después de dos siglos de gobierno colonial británico, inmediatamente adoptó un sistema político firmemente democrático, con múltiples partidos, libertad de expresión y amplios derechos políticos. Las hambrunas de la era británica desaparecieron y el crecimiento económico constante reemplazó el estancamiento económico del Raj. El crecimiento de la economía india se aceleró aún más en las últimas tres décadas y se convirtió en el segundo más rápido entre las grandes economías. A pesar de un descenso reciente, sigue siendo uno de los más altos del mundo.

Esta narrativa de éxito contrasta poderosamente con la falta de atención a las necesidades esenciales de las personas, especialmente de los pobres, y a menudo de las mujeres. Ha habido en la India fallas importantes para fomentar el crecimiento participativo y también se da una continua inadecuación de los servicios sociales, como la escolarización y la atención médica, así como de servicios físicos como agua potable, electricidad, drenaje, transporte y saneamiento. Esto lo pude comprobar personalmente tanto en los estados sureños de Karnataka y Tamil-Nadu como en las zonas norteñas de Rajasthan y Uttar Pradesh. Lo cierto es que, a largo plazo, incluso la factibilidad de un alto crecimiento económico indio se ve amenazada por el subdesarrollo de la infraestructura social y física y el descuido de las capacidades humanas, en contraste con el enfoque asiático de búsqueda simultánea de crecimiento económico y desarrollo humano que se adoptó primero en Japón y luego en Corea del Sur y China.

El desarrollo “top-down”, o dirigido por las élites, prevalecerá siempre sobre los derechos humanos en la medida en que no se haga una precisa delimitación conceptual de lo que significan los derechos ciudadanos

En un libro elaborado conjuntamente con el economista Jean Drèze (An Uncertain Glory. India and Its Contradictions, 2013), Amartya Sen desarrolla una crítica profunda a la dirección que ha venido tomando el desarrollo indio en las últimas décadas. En un sistema democrático, que la India tiene grandes razones para valorar y preservar, abordar las fallas de bienestar del país requiere no solo una reconsideración significativa de las políticas por parte del gobierno, sino también una comprensión pública más clara del alcance abismal de las privaciones sociales y económicas existentes. Las profundas desigualdades en la sociedad india, argumenta Sen, tienden a restringir la discusión pública, confinándola en gran parte a las vidas y preocupaciones de los relativamente ricos.

Qué duda cabe que Sen adopta en el análisis de la India contemporánea su paradigma de las “capacidades”. Y argumenta que el desempeño de los gobiernos debe medirse en función no de las necesidades, sino de las capacidades concretas de sus ciudadanos. Esto se debe a que el desarrollo “top-down”, o dirigido por las élites, prevalecerá siempre sobre los derechos humanos en la medida en que no se haga una precisa delimitación conceptual de lo que significan los derechos ciudadanos. Para que los ciudadanos tengan la capacidad de votar, por ejemplo, primero deben tener “funcionamientos” (functionings), nos dice Sen. Estos “funcionamientos” pueden ir desde lo más amplio, como la disponibilidad de educación, hasta lo más específico, como la viabilidad del transporte a las urnas. Solo cuando se eliminan tales barreras se puede decir realmente que el ciudadano actúa por decisión personal.

Al igual que los pragmatistas estadounidenses, Sen explica la identidad en términos de la acción social y de la libertad (no tanto en términos de dignidad humana, que será la versión aristotélica del paradigma de las capacidades desarrollado por Martha Nussbaum). La capacidad de una persona para vivir una buena vida se define en términos del conjunto de “seres y actividades” valiosas como tener buena salud o tener relaciones amorosas con otras personas. El enfoque de las capacidades atribuye una significación moral a la capacidad de los individuos para lograr el tipo de vidas que valoran. Esto lo distingue de otros enfoques más establecidos para la evaluación ética, como el utilitarismo, que se centran exclusivamente en el bienestar subjetivo o la disponibilidad de medios para la buena vida.

Pero para entender la visión de Sen sobre su país de origen no basta con desgranar su paradigma de las capacidades. Es esencial también poner en valor su argumento acerca del efecto nocivo y perverso de las desgualdades socio-económicas en la formación del debate público, en la conformación de la esfera pública, en sus posibles participantes y en aquellos que quedan excluídos. Esta insistencia de Sen en la importancia del discurso público que estructura e integra a los participantes en el desarrollo tiene su origen también en una antigua tradición india, la de la argumentación, como se puede ver en el otro gran libro que dedica a su país: The Argumentative Indian. Writings on Indian History, Culture and Identity (2005).

Sen nos recuerda que está tradición secular de debate y argumentación se encuentra ya presente en los antiguos Vedas. Los Vedas pueden estar llenos de himnos e invocaciones religiosas, pero también cuentan historias, especulan sobre el mundo y, fieles a la propensión argumentativa india ya a la vista por entonces, hacen preguntas difíciles. Una duda básica, relata Sen, se refiere a la creación misma del mundo: ¿alguien lo hizo, fue una emergencia espontánea, y hay un Dios que sabe lo que realmente sucedió? El Rig Veda continúa expresando dudas radicales sobre estos temas: “¿Quién sabe realmente? ¿Quién lo proclamará aquí? ¿De dónde fue producido? ¿De dónde es esta creación?... tal vez se formó, o tal vez no lo hizo -el que lo desprecia, en el cielo más alto, solo él lo sabe- o quizás él no sabe”.

Estas dudas del segundo milenio AC se repetirán una y otra vez en la larga historia argumentativa de la India (generadora de una actitud cívica crítica, escéptica y afín a la ciencia), junto con muchas otras preguntas sobre epistemología y ética, sobre la vida y sobre la muerte. La muerte, en fin, queda definida como la imposibilidad de argumentar, tal y como refleja cierto poema certero del bengalí Ram Mohun Roy: “Solo considera cuán terrible será el día de tu muerte. Otros seguirán hablando y no podrás contestar”.

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