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Prevención

Por José Serna Andrés - Miércoles, 31 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Ibon, Rafael, Lucía… comienzan a ser la punta del iceberg de intimidación con violencia, con resultado de muerte, a cargo, parece ser, de menores. Resulta que los crímenes no se pueden clasificar de mayores o menores, porque son crímenes. Pero la coyuntura nos exige una reflexión que siempre ha de ser compleja y que no ha de estar demasiado condicionada por el dolor. Hay quienes, en este contexto, están pidiendo bajar la edad penal para jóvenes, adolescentes o niños que pueden cometer graves delitos, pero sus consecuencias quedan en la desolación de las víctimas. Tristemente, las olvidaremos en cuanto pasen varias lunas llenas en el calendario, pero no pueden ser las víctimas quienes marquen el calendario. Buscar una única causa en un problema complejo siempre escora las respuestas, como quienes achacan a la policía, a los jueces, e incluso al profesorado la situación. No hay duda de que son importantes y muy necesarias las medidas policiales, que son las más recurrentes para aplicar, incluso de forma inmediata, pero no son las únicas. Resulta que habitualmente, y por una cuestión relacionada con la educación, transito muy cerca del lugar en el que se ha producido el doble crimen de Otxarkoaga. Y aunque las noticias de robos en los alrededores no dejaban de comentarse últimamente, al conocerse los graves acontecimientos se han verbalizado muchos otros robos y agresiones. Y también los titulares de algunos medios de comunicación no han facilitado nada la tranquilidad en el barrio. Pero esto no es lo único que hay que tener en cuenta.

Se está constatando ahora de forma especial que sigue habiendo problemas de inadaptación y delincuencia juvenil, no sólo en un barrio concreto, pero no se puede abordar el problema de una forma seria si no se tienen en cuenta las estructuras sociales injustas que las sustentan. Ya estamos, dirá alguien. Hablar de transformar las estructuras sociales suena a chino en quien no busca medidas a largo plazo. Pero la realidad está ahí, estamos hablando de chicos y chicas que dañan a la sociedad y que no se adaptan a ella mediante los recursos de que disponemos. Y a uno le sigue interesando en este contexto el campo de la educación, que es uno de los campos, no el único, ni mucho menos, de la prevención.

Tenemos que ir a la familia para avanzar. El problema es que en demasiadas ocasiones hay distancias, enfrentamientos, separaciones, temor, malos tratos... y su capacidad socializadora es limitada

Sabemos que cuando el ambiente es conflictivo es muy difícil transmitir valores. Menores y adolescentes son aún seres sociales en evolución. Y el proceso de socialización se produce en una relación dialéctica entre lo que una persona da al medio social y lo que recibe de él. Quien recibe del medio social el sostenimiento material como el alimento, cuidado, protección... recibe un sostenimiento afectivo para poder estructurar su personalidad, recibe los aprendizajes para actuar en la vida y relacionarse con los otros miembros de la sociedad. Y recibe, también, el marco de valores que orientarán su vida. ¿Qué sucede si esto no se produce?

Digamos que no todos los procesos son iguales. Hay infantes y adolescentes considerados “normales”, es decir, aquellos que a lo largo de su evolución han mantenido una buena dialéctica entre el dar y el recibir con respecto a su medio social como la familia, la escuela, o la calle, y aun así sabemos los problemas con que nos encontramos. Hay también sujetos en peligro: son los clasificados tradicionalmente como sujetos de protección, que no tienen garantizado lo necesario para evolucionar psicosocialmente. Y hay sujetos en dificultades: han sido considerados clásicamente como de “reforma”. Su manera de dar, su conducta y manifestaciones no les posibilita una adaptación positiva con el medio social y son segregados por el colectivo social.

¿Cómo actuar en estos casos? Preguntémonos si hay un equilibrio entre los estímulos que recibe la infancia-adolescencia y el medio social o el medio desfavorecido. La institución escolar es un elemento de acción, pero en demasiadas ocasiones constituye el primer elemento de selección de los individuos, por muy buenas prácticas de determinados profesionales a quienes, por cierto, en vez de apoyar y favorecer, se les denigra. Por otro lado hay instituciones alternativas como pre-talleres, enseñanzas profesionales no regladas... Pero tenemos que ir a la familia para avanzar. El problema es que en demasiadas ocasiones hay distancias, enfrentamientos, separaciones, temor, incomprensión, malos tratos… y su capacidad socializadora es limitada, hasta tal punto de que en ocasiones es precisa la figura del tutor o tutora que palien en parte dichas carencias. Los medios de comunicación configuran la escala de valores de los niños y adolescentes a veces con más fuerza que la familia y la escuela, pero en ocasiones son la zanahoria que engaña al burro para que camine: amplían la visión del mundo, pero invitan al consumismo de lo necesario, de lo innecesario y también de lo nocivo. Las expectativas que plantean van mucho más allá de la cruda realidad que en porcentajes muy elevados se denomina paro. A uno le interesa especialmente el tiempo libre, pues el ocio y el tiempo libre configuran la escala de valores de infantes y adolescentes más que los elementos que acabamos de señalar, incluidos los medios de comunicación. Es preciso paliar los efectos negativos que actúan en infantes y adolescentes cuando viven en un medio social inadecuado. Podemos trabajar en pequeños grupos sociales, formados por iguales, con sus propias estructuras sociales y normas de comportamiento para poder prevenir algunas conductas inadaptadas. Hay formas de emplear el tiempo libre que contribuyen a la formación y al desarrollo humano y hay otras que ocasionan desajustes en la personalidad.

Hay delincuentes juveniles que tratan de encontrar en su actividad desviada la satisfacción de sus principales necesidades, como la tendencia a la aventura y emociones individuales o en grupo, no lo encuentran y sus modelos de referencia son catastróficos. Quienes se encuentran en peligro o en dificultades están alejados del medio escolar y de la familia. ¿Cómo se reponen esos vínculos rotos? Educadores de calle pueden intentar suplir las carencias familiares y el grupo normalizado, sus carencias sociales. Pero a veces no se puede ir más allá. Cuando en un grupo de tiempo libre que aparentemente no ha tenido resultados brillantes un chaval dice “si yo no hubiese estado con vosotros ahora sería un golfo”, nos encontramos con una prueba de que no hay esfuerzos en vano. Esta situación no se ve en titulares de periódicos, pero nos ayuda a decir que es mejor prevenir que lamentar. Aunque no acabamos de creernoslo, pues sucesos como los recientes, con violencia que acarrea muerte y posterior sufrimiento, no significan el mejor caldo de cultivo para diluir el odio y el miedo al menor que delinque;hay que trabajar por ello.

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