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Catalunya: “seny o rauxa”, “pactisme o tot o res”

Por José Manuel Bujanda Arizmendi - Lunes, 29 de Enero de 2018 - Actualizado a las 06:03h

Comienzo haciendo mías las palabras del lehendakari Urkullu cuandó afirmo el 22 de diciembre, es decir al día siguiente de la celebración de las elecciones en Cataluña, cuando afirmaba que el resultado de las elecciones catalanas muestra la necesidad de que el Estado español reconozca que existe un “problema político” que necesita soluciones políticas y no judiciales y que la “altísima” participación registrada ha ratificado una “realidad” que se viene repitiendo en tres elecciones consecutivas desde 2012 y apelaba al “realismo” y a reconocer que existen diversos sentimientos de identidad y de pertenencia en Cataluña y que, por lo tanto, es necesario el diálogo para poder acordar.

Algo ha ocurrido, cierto y objetivo. Ha ocurrido que 2,4 millones de ciudadanos de Cataluña quieren dibujar la fotografía de su futuro político y que de ellos alrededor de 2 millones han votado opciones independentista. Y lo quieren hacer libre y democráticamente. Pero también es igualmente cierto que así mismo 2,2 millones de catalanes y catalanas han optado por opciones no independentistas y que de ellos cerca de un millón votaron a Ciudadanos, relegando al PP a un lugar marginal e irrelevante debajo incluso de la CUP. Este es en resumen la foto con la que la política tanto en Catalunya, como sobre todo en España tiene que buscar soluciones para que la sociedad catalana en su plural conjunto encuentre un marco político y jurídico satisfactorio. Ciertamente, los últimos doce años de la vida política catalana podrían fácilmente dar pie a que futuros libros de historia, o incluso de filosofía política, quizás dedicaran un capítulo entero a lo que aconteció desde que un aspirante sin demasiada fe en alcanzar la presidencia del gobierno de España, José Luis Rodríguez Zapatero, prometiese a un tal Ernest Maragall, president a la sazón de la Generalitat catalana, que lo que se aprobase en el Parlament de Cataluña se respetaría escrupulosamente en las Cortes de España, lo que no ocurrió. Y cómo a partir de ese momento se desencadenó una auténtica cadena de despropósitos y dislates hasta el día de hoy, enero de 2018. No pretendo redundar en el detalle de los despropósitos concatenados que tuvieron como resultado la multiplicación exponencial del sentimiento independentista y secesionista en Cataluña. Dichos futuros e hipotéticos libros de historia abordarían desgraciadamente en qué consiste un flagrante fracaso de la política en general, con mayúsculas, y de la clase política española y catalana en particular. Tal posible capítulo abordaría con crudeza en qué consiste la negación del sentido común en política, en cómo no hay que hacer política ni en la forma ni en el fondo, en lo fatal de no hacer el esfuerzo de ponerse un instante en la posición política del adversario, en lo letal de la negación del acuerdo, del consenso y de la búsqueda del acuerdo. Dicho capítulo relataría toda una cadena de decisiones políticas equivocadas y de errores tácticos y estratégicos por parte de todos, sí, por parte de todos. Nadie se libra. En dicho capítulo se resaltaría el inmenso error de negarse a buscar por parte de unos y de otros espacios compartidos y democráticos donde legitimidades y legalidades interactuasen de una manera proactiva en búsqueda de mínimos comunes y acuerdos básicos.

La política de bloques y la incomunicación impermeable entre percepciones identitarias diferentes conduce a auténticos callejones sociales y políticos sin salida, a cuartear gravemente la propia sociedad concernida

Como conclusión, dicho capítulo dedicado a Cataluña confirmaría una sospecha que se presumía de antemano, es decir, que la política de bloques y la incomunicación impermeable entre percepciones identitarias diferentes conduce a auténticos callejones sociales y políticos sin salida, que conduce a cuartear gravemente la propia sociedad concernida y que conduce, o puede conducir, a una frustración política aguda en amplios sectores de la ciudadanía. Al leer atentamente las conclusiones, el lector convendría en que en el siglo XXI y en Europa occidental no caben las decisiones unilaterales y rupturistas exprés, aun sabiendo que las relaciones bilaterales basadas en el acuerdo, en el consenso, en el respeto mutuo, en las soberanías compartidas y en el no imponer y no impedir no son caminos cómodos ni fáciles. Los resultados, repito, son los que son, son los que han sido, con una participación altísima, superior al 80%. Ciudadanos, con su candidata Arrimadas, ha ganado las elecciones tanto en escaños como en votos pero con una mayoría absoluta que corresponde al soberanismo de Puigdemont, quien se ha impuesto a Esquerra, mientras los comuns se desfondan igual que la CUP, que no responden a las expectativas;el PSC se mantiene a duras penas y el PP fracasa estrepitosamente de una manera muy preocupante por sus posibles consecuencias en Cataluña, España, Euskadi y en la propia Europa. ¿La pugna a futuro entre Ciudadanos y el PP, el PP y Ciudadanos supondrá que quizás estamos en vísperas de políticas duramente neo-recentralizadoras? Futuro incierto. ¿A quién llamamos vencedores o ganadores y/o perdedores o vencidos? ¿Qué bloque ha ganado cuando ellos mismos no son homogéneos? Estas y otras incertidumbres anulan de raíz cualquier camino unilateral hacia la independencia y abonan la imperiosa necesidad del diálogo, del acuerdo, del consenso y de la transversabilidad. Estas incertidumbres abonan la necesidad de la política con mayúsculas como único instrumento viable para solucionar y vehicular problemas políticos. Nos esperan semanas e incluso meses de apasionantes tiempos e (in)certidumbres cara al futuro, tanto en Cataluña como en el conjunto de España y quizás en Euskadi

Dicen que el alma catalana oscila entre el “seny y la rauxa”, entre el “pactisme y el tot o res”. Soy de los que apuesto por el “seny y el pactisme”, por una Euskadi y Cataluña en las que los diferentes sentimientos de pertenencia compartan un proyecto de país a construir entre todos, en las que la voluntad de su ciudadanía sea base de convivencia y en las que los acuerdos amplios sirvan para dibujar un futuro basado en la negociación, en el no impedir y no imponer, en el derecho a decidir, su concreción pactada y la bilateralidad. Escribí en este mismo medio hace ya algún tiempo, y hoy me reafirmo en todas y cada una de aquellas palabras, cuando hacía referencia así al recurso que presentó el PP ante el TC con respecto al Nuevo Estatuto de Cataluña que “…no estaba en juego uno u otro artículo, sino la propia dinámica y espíritu del año 1977 que hizo posible la Transición y los pactos que la habían hecho. El TC anuló catorce artículos y cuestionó otra treintena. Ello supuso humillar y ningunear a Cataluña, una derrota para el seny y el pactisme, la ruptura del consenso constitucional y la cancelación de un proyecto global de España, impedir el encaje amable de Cataluña. El PP erró generando consecuencias difíciles de intuir. El mal político cristalizó cuando el TC enmendó la plana a toda una Ley Orgánica en vigor aprobada por un 90% en el Parlament, ratificada en el Congreso y en el Senado y reforzada con el plebiscito de un referéndum…”

Termino haciendo mías las palabras del burukide del EBB del PNV, Koldo Mediavilla, cuando en rueda de prensa valorativa de los resultados de las elecciones catalanas afirmó que “Catalunya ha expresado nítidamente su pluralidad. Esperamos que las formaciones políticas del Estado español sepan reconocerla, respetarla y atenderla. Es hora ya de hacer política con mayúsculas. De hacer frente a los problemas y tratar de resolverlos. No de esquivarlos o negarlos. Y mucho menos de pretender zanjarlos mediante medidas excepcionales o de fuerza que hoy, más que nunca, se han demostrado ineficaces y perniciosas para la convivencia y la democracia”.

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