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¿Normalidad? No, gracias

Por José Ramón Blázquez - Miércoles, 12 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:13h

Como todas las minorías que viven encerradas en sí mismas, la clase dirigente crea su propio código de comunicación, su jerga particular. No suele ser un lenguaje elaborado, más bien es pobre, una retórica de persuasión muy simple. Lo fundamental es su repetición, porque de otra forma no tendría relevancia. Como los anuncios, su mensaje se basa en su exagerada redundancia más que en su esencia. La clase política es uno de esos grupos con dialecto propio. Podría hacerse un diccionario de términos usados constantemente en los medios de comunicación y en sus discursos. Me detengo en uno de los más frecuentes: normalidad. Por normalidad entendemos aquello que cabe dentro de lo aceptable en la sociedad y no desequilibra la diversidad y el horizonte de una comunidad. Sin embargo, su sentido en política es perverso.

La normalidad es lo que no inquieta. Lo que puede hacerse sin riesgos. O lo que da aparente seguridad;pero es falso. No hay concepto más conservador, al menos en política y gestión, que la normalidad. Se usa cuando no sucede nada. Y eso es lo malo, cuando no ocurre nada diferente a lo conocido y habitual. La normalidad es la oposición de lo nuevo y el cambio. Es una actitud antiinnovadora. Es la negación de la utopía, una cierta desesperanza. La normalidad es el mantra de la política previsible, la que se construye sobre el mero sostenimiento del poder. Lo que justifica sus mermas e insuficiencias. La política que presume de normalidad la hacen los mediocres. Porque en un mundo tan desigual e injusto y en una sociedad como la vasca, con graves problemas y tantas ilusiones pendientes de cumplimiento, no puede aceptarse la política de la normalidad con todos sus límites. Es una aceptación sumisa y cobarde de una realidad vulgar e inexorable.

Para la política actual la normalidad es un concepto positivo;pero no lo es. Es una trinchera. Un virus paralizante. Si aceptamos la situación de Euskadi dentro de la normalidad es que hemos asumido que España es un Estado válido, cuando es básicamente un Estado fallido, con dos hechos nacionales que ponen de manifiesto su fracaso, Catalunya y Euskadi. ¿Cómo puede ser normal que solo con arreglo a la ley, nacida de una Constitución fraudulenta, redactada bajo la presión de los poderes residuales de la dictadura y en un ambiente de miedo e ignorancia social, España se mantenga en su forzada unidad negando a vascos y catalanes el más elemental ejercicio de la democracia? ¿Qué normalidad puede existir en una realidad ficticia y agresiva? Cada vez que oigo a un político, de aquí y de allí, hablar de normalidad, sufro un ataque de indignación y furia. Se burlan de mí y de todos.

La normalidad es una trinchera, un virus paralizante. Si aceptamos la situación de Euskadi dentro de la normalidad, hemos asumido que España es un Estado válido. Y es un Estado fallido

La normalidad tiende a cerrar los ojos a la verdad, porque esta es incómoda. Le cuesta mucho reconocer la insuficiencia de los viejos métodos y no se encara con quienes plantean nuevas soluciones. España no puede hablar con Catalunya, porque el diálogo, en esencia, busca el acuerdo, lo que implicaría forzar al Estado a remover el status quo de su caduco modelo unitario. Tampoco se sentará a hablar con Euskadi cuando se le presente un nuevo proyecto de autogobierno en el que esté contenido el derecho a decidir de los vascos. Y aunque se le reconociera, España jamás permitiría la independencia y la tumbaría a sangre y fuego. La escuálida democracia española solo acepta un independentismo teórico, de lírica y papel, aquel que se reivindica, pero no se ejerce. El que amaga, pero permanece quieto. Un nacionalismo de deseos irrealizables. El que tenemos ahora, inmóvil y sin autoestima.

La política de la normalidad también empobrece a Euskadi. Mi percepción es que se ha convencido a los vascos de que la independencia es imposible y para consolidar esta falsedad se ponen como ejemplo los problemas que afectan ahora a Catalunya por su proyecto de desconexión del Estado y la conflictividad social y económica que está acarreando. La tranquilidad política es el ideal, nos dicen. Al mismo tiempo, el Brexit y otras amenazas que se viven en Europa parecen dar sentido a la razón de olvidar, o al menos aparcar, los propósitos de emancipación. Escocia, y quizás Irlanda, pueden impugnar esa maliciosa tendencia al repliegue nacional y la rendición a los poderes estatales. Nos hemos acomodado, es lo que ocurre. Y es un gran error, porque equivale a nuestra autonegación.

La libertad de Euskadi respecto de España va más allá de la coyuntura europea. Catalunya, lejos de ser un problema, es un ejemplo para nosotros;no por la metodología, que no parece la mejor, ni por el impulso estratégico inicial -por agravio-, sino por su capacidad de resistencia. A Catalunya se la está atacando sin piedad, utilizando incluso el juego sucio de sacar las corruptelas de su clase política para denigrar los deseos nacionales de una sociedad limpia, culta y creativa. Ni el 3% ni el 4%, ni la panda de los Pujol restan un ápice de legitimidad a los anhelos de libertad de los catalanes. Los pillos españoles jugando a limpiar Catalunya, esa es la normalidad que se predica.

No puede haber letargo, resignación y normalidad cuando las injusticias crecen, el desempleo empobrece a millones de personas, la gente sobrevive cada vez con menos y nuestros jóvenes tienen un inquietante horizonte de desilusiones por delante. La democracia, ya limitada, está en serio peligro. Con todas estas amenazas y el envilecimiento del mundo, con Trump invocando la guerra, ¿cómo vamos a hacer una política de normalidad? Más bien, hay que salir de la indiferencia y de la zona de confort para arriesgar, atreverse a todo y plantarles cara a las nuevas tiranías, disfrazadas de sosiego y tecnología. Y decirle a la clase dirigente: ¿normalidad? No, gracias. Nunca hubo más razones para la desobediencia y la rebeldía, para el no, y menos argumentos para conformarse como ahora. Las oportunidades buscan corazones que no se rinden.

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