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El circo americano

La clase política tendrá entretenidos a los ciudadanos y el espectáculo no dejará de traerles sorpresas

Diana Negre - Domingo, 9 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:18h

El presidente estadounidense, Donald J. Trump.

El presidente estadounidense, Donald J. Trump. (EFE)

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El presidente estadounidense, Donald J. Trump.

washington- El mayor circo norteamericano, Ringling Bros, está yendo de ciudad en su gira de despedida, después de 146 años atravesando el país con sus acróbatas y elefantes, pero ni los residentes de la capital ni los del resto del país se quedarán sin circo: la clase política del país les tendrá bien entretenidos y el espectáculo no dejará de traerles sorpresas.

Este entretenimiento político norteamericano no es nuevo, pero desde que Trump ocupa la Casa Blanca ha llegado a unos niveles que rivalizan con ventaja frente a los elefantes, a los que el circo tuvo que renunciar porque se han convertido en los nuevos protegidos de los ecologistas.

Además de los previsibles enfrentamientos entre demócratas y republicanos, suceden ahora las divisiones dentro de ambos partidos. Ya eran habituales entre los que estaban en minoría, pero ahora ocurre que las mayorías dejan de ser tales porque las fragmentan divisiones internas y enfrentamientos ideológicos, sin que sus líderes sean capaces de llevar a sus ovejas al redil. Y no es que los dos partidos hayan sido jamás un bloque monolítico: como cabe esperar en un país tan grande en población como en territorio, son coaliciones de diferentes tendencias progresistas o conservadoras. Sus seguidores tradicionales a veces cambian de bando, como ocurrió con los Reagan Democrats, la clase trabajadora blanca que desertó de las filas demócratas para seguir a Ronald Reagan.

En cierta forma, algo semejante ocurrió el pasado noviembre con los demócratas que votaron por Trump, pues creían sus derechos y reivindicaciones mejor defendidos por el millonario neoyorquino que por las élites intelectuales del Partido Demócrata.

Lo que ya no es habitual es la destrucción interna, tanto de la oposición como del partido gubernamental, ni las grotescas maniobras de uno y otro para defender lo que creen sus intereses, perjudicar a sus rivales y, en este proceso, anularse mutuamente y paralizar la gestión pública.

Lo que vemos cada día es como los legisladores y los funcionarios, coreados por los medios informativos de una u otra afiliación política, se dedican a destrozarse mutuamente y a lanzar sospechas de acciones delictivas o de malévolas intenciones ocultas. Un ejemplo es la tan cacareada intervención rusa en las pasadas elecciones: todos creen en la injerencia de Moscú, pero los demócratas la ven especialmente importante para justificar la derrota en unas elecciones que daban por ganadas. Además, les sirve para acusar a un presidente que no aceptan, de nada menos que de una traición por aliarse con un país extranjero para ganar las elecciones.

Trump, por su parte, no sabe cómo salir el enredo en el que él mismo se metió al decir que su predecesor, Barack Obama, había mandado espiarle y los republicanos tratan de ayudarle acusando a los funcionarios de Obama de violar las leyes que protegen el secreto de los ciudadanos.

Les vino de perlas que un congresista republicano divulgara que, efectivamente, hubo descuido en el manejo de datos recogidos por los servicios secretos pues no se respetó la prohibición de identificar a los ciudadanos norteamericanos cuyas conversaciones han sido grabadas. Pero los demócratas han sabido convertir las declaraciones del congresista, Devin Nunes, presidente de la Comisión de Inteligencia en una trama más de manipulaciones secretas y sospechas de corrupción hasta el punto de que Nunes acabó por retirarse provisionalmente de las investigaciones.

Todo esto llega después del estrepitoso fracaso republicano en su intento de anular la reforma sanitaria iniciada por el presidente Obama, algo que habían prometido durante siete años pero, ahora que tienen las anheladas mayorías en todas las ramas del gobierno, fallan por disensiones internas.

La guinda del pastel llegó esta semana con Neil Gorsuch, el juez propuesto por Trump para convertirse en magistrado del Supremo: los mismos demócratas que lo habían colmado de elogios hace algunos años, ahora lo encuentran inaceptable porque quieren vengarse de que los republicanos no dieran opción al candidato seleccionado por Obama. El espectáculo circense nos ofreció incluso una perorata de 15 horas, a pesar de que todos consideraban inevitable la confirmación del magistrado.

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