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Por Iñaki. Larrimbe - Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:15h

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Artium cumple este mes quince años. Como todo aniversario, éste nos debe de servir para mirar hacia atrás, hacer balance y mirar hacia delante. Recordemos que Artium nace como resultado de la reclamación ciudadana de que se construyera un nuevo museo para nuestra provincia que pudiera acoger dignamente su (nuestra) extensa colección pública de arte. En su día, la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes y Artium de Álava realizó una intensa campaña para que el nuevo museo fuera una realidad. Y así fue. Quizá por ello, por ese origen que es el resultado de un movimiento ciudadano, Artium sigue ahí, con buena salud, mientras otros museos y centros culturales de múltiples provincias del Estado se están convirtiendo en zombis, en muertos vivientes, en cadáveres humeantes. Mueren ahora porque querían responder a un modelo ilusorio. Un modelo sin base social. Fueron resultado de lo que en su día se llamó “efecto Guggenheim”. Es decir: desde lo público se apostaba por habilitar infraestructuras sobredimensionadas, buscando “lo emblemático” y el “tirón mediático” en aras de atraer a hordas de turistas culturales que generaran beneficios económicos para las ciudades que acogieran y costearan ese tipo de estructuras. Ya se ha visto que ese modelo es una quimera. Pues la realidad es que el turista cultural en nuestro país visita el Guggenheim, el Prado, el Reina Sofía y poco más. Para el resto de los territorios, sólo quedan migajas.

Los museos y centros culturales, por lo tanto, no pueden -y no deben- responder a fines económicos. Deben responder a fines culturales. Deben de ser útiles para la ciudadanía. Como las bibliotecas o las universidades.

En ese sentido es significativo que en su decimoquinto aniversario Artium quiera poner en valor a los “amigos de Artium”. Y, con ese objetivo, estos días podemos contemplar una instalación fotográfica orquestada por Cesar San Millán que recoge cerca de cien retratos de estos aliados del museo que físicamente rodean, como si conformaran un gran lazo, nuestra principal infraestructura cultural. La rodean y miran hacia afuera, hacia la ciudad, hacia nosotros. Conminándonos a abrazar, también, al museo. Son retratos que, aunque fotográficos, nos recuerdan a los pictóricos del barroco, sumergidos en el claroscuro y desvelándonos su alma, su carácter, más que su yo corpóreo. Recordemos que San Millán es un fotógrafo residente en Vitoria-Gasteiz que ha destacado principalmente en el campo de la fotografía de arquitectura, trabajando habitualmente con arquitectos como Moneo, Roberto Ercilla, Francisco Mangado Beloqui, Norman Foster, Herzog, Javier Mozas, Miguel Ángel Campo… En esta ocasión su trabajo aborda el retrato, pero es un retrato que abraza a esa arquitectura como el fotógrafo, valga la redundancia, ha abrazado la arquitectura a lo largo de su trayectoria.

Los espacios, los museos, son para ser habitados. Pues, ¿de qué sirve un espacio sin que el elemento humano esté presente de forma activa?.

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