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ciclismo vuelta al país vasco

Roglic aterriza en Bilbao

El esloveno conquista la Gran Vía y atosiga en la general a David de La Cruz, que se mantiene en el liderato en otra jornada accidentada en la villa, que apila un puñado de retirados

César Ortuzar - Viernes, 7 de Abril de 2017 - Actualizado a las 06:15h

Primoz Roglic entra en solitario perseguido por el grupo de favoritos tras atacar en el descenso hacia la Gran Vía. Reportaje fotográfico: Photogomezsport/Juan Lazkano/Efe

Primoz Roglic entra en solitario perseguido por el grupo de favoritos tras atacar en el descenso hacia la Gran Vía. Reportaje fotográfico: Photogomezsport/Juan Lazkano/Efe

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Primoz Roglic entra en solitario perseguido por el grupo de favoritos tras atacar en el descenso hacia la Gran Vía. Reportaje fotográfico: Photogomezsport/Juan Lazkano/Efe

Bilbao- Cuando a Bilbao se le ponía la voz cazallera, pendenciera y ronca con cada trago de Majestad, un licor duro para la garganta pero festivo y jaranero para el ánimo, Jesús Loroño reinaba en la villa y en sus aledaños. Loroño, el héroe, rey del pueblo. A Loroño le añora la cuneta, que siempre casó con los mitos y las gestas del ciclista de Larrabetzu y su espíritu indomable. El pálpito de la memoria colectiva se acunó en Sollube, donde descargó Jesús Loroño con fiereza para los arcanos en su desafío con Conterno. A mediados de los cincuenta, el ciclismo era una religión pagana;un festejo de posguerra, un reducto de libertad en un ambiente opresor, oscuro y tóxico. La competición servía para respirar por las escasas rendijas que escapaban del sótano de la dictadura.

La Itzulia, que la inventó el periódico Excelsior a semejanza de un Tour en miniatura, nació antes de la oscuridad. En un día de luz, el sol como linterna, las nubes de gotelé, la Vuelta al País Vasco recuperó la montaña de Loroño. Sollube antes de irrumpir en Bilbao. De las montañas de Eslovenia es Primoz Roglic, saltador de esquí antes de ser ciclista. Hombre pájaro sobre la Gran Vía. Salto de felicidad el suyo. El más largo, el más alto. Hasta el podio. Especialista en los descensos de trampolín, el líder del LottoNL descifró la combinación ganadora en la lotería del bombo bilbaíno. Se tiró a tumba abierta Roglic ante el reflejo del Guggenheim y planeó con una sonrisa enorme sobre Bilbao, una villa maldita, aquejada del dolor de los ciclistas. Demasiados accidentes. Urge una reflexión seria y profunda para una ciudad que puja por el Tour. La Gran Vía acabó en el hospital. Otra vez un extenso parte médico.

Allí se apilaron Dani Navarro, con un montón de golpes y abrasiones. Steven Cummings, escápula y clavícula izquierda fracturadas a consecuencia del traumatismo en el hombro cuando impactó contra el suelo Darwin Atapuma sufrió una fractura en la muñeca izquierda, a la que se le sumó un traumatismo craneoencefálico. Todos ellos heridos en el descenso hacia el puente La Salve, estrellados entre vallas y bolardos. Una bolera hacia Bilbao. Contra una protección se golpeó Luis León Sánchez en Moyua. Otro punto negro para la lista. El vallado, demasiado cerrado, se convirtió en un callejón sin salida. Allí entró Luisle a toda velocidad. Empotrado en un trazado demasiado próximo al abismo. Ruleta rusa. “No se pueden poner tantos conos en un final de etapa”, advirtió Contador, al que también se le erizó la piel. Otra vez en el suelo. Contador se libró del hospital pero no del susto.

Antes de que descarrilara la carrera en Bilbao, en Sollube, la mole que protege el salitre de Bermeo, el gran puerto pesquero de Bizkaia, estiró el cuello Jonathan Lastra, sus ojos de gato, azules, queriendo ver Bilbao, y adivinar el perfil de su casa, el patio de su recreo. El callejero de Lastra. Con Jonathan, que nunca había visto Bilbao desde las tripas de la carrera, vertebraban el discurso de la fuga Moinard, Belkov y Skujins. A pesar del Babel, emplearon el lenguaje de los gestos para avanzar y ser los primeros en pisar las baldosas de Bilbao, reconocibles como las estrellas de la fama del paseo de la fama en Hollywood Boulevard, donde las aceras acentúan a las estrellas, les sacan punta y las abrillantan. Los turistas las pisan. Polvo de estrellas.

una dura caídaEl turismo también patea Bilbao, cada vez más presente la villa en eventos que imantan la atención mediática. La ciudad recubierta de láminas de titanio, -antes despensa del hierro y del óxido-, recibió a Lastra y sus colegas por Begoña. Jonathan, de guía. Robert Power se encontró con un cono mientras descendía hacia el puente de La Salve. Al suelo. Un rasponazo. Después aparecieron las vallas para encauzar un desvío y se desató el caos. Contra ellas se fueron Dani Navarro, colgando la clavícula izquierda, Cummings, dolorido, retorciendo alaridos, cobijándose con los brazos el cuerpo, y Atapuma, abollado. Borrados de la carrera todos ellos. A la sala de curas. Botiquín de emergencia. Gritaba la carretera. Dolor y asfalto. Ajeno a la escena de las astillas de huesos y las abrasiones de piel, Lastra, bilbaíno, del centro, saludó el primer paso de meta en la Gran Vía. Siempre lo recordará. Algo para contar. Un souvenir.

También se le acumularon fotos en blanco y negro a Contador, obligado a cambiar de bici en dos ocasiones. La primera tras caer como muchos. La segunda, en el primer escalón de El Vivero por un pinchazo. Recompuesto de su segunda caída en la Itzulia, tomó la montura roja de Julien Bernard. Subió corriente a arriba con rabia. Enrojecido. La calma de los apellidos de alcurnia que piensan en el compás de Arrate y Eibar, otorgó sedal al madrileño. Salmón. Fue un señuelo. Se agrió la subida. De la Cruz, el líder, puso el cepo. Matthews soliviantó el ritmo y aumentó el revuelo en el gallinero. Picaron Yates, Henao, Valverde, Izagirre y no se venció Contador a pesar de la febril remontada. Hubo chapoteo en El Vivero, que tuvo su parque de atracciones, su sala de espejos deformantes, laberíntica. Un laberinto con minotauro para la infancia.

El salto de Roglic Nadie se enredó, sin embargo. Todos se subieron al tobogán que escupía hacia la Gran Vía con los ojos cerrados, imaginando un triunfo en la calle de los escaparates, donde todo parece más lujoso. En el gargantúa, ninguno mejor que el pizpireto Primoz. Roglic fue campeón de saltos de esquí de joven. Aprendió a volar siendo un niño. Hombre con alas. Luego aleteó sobre la bicicleta. Sobrevoló el último kilómetro como un caza. Supersónico. A vista de pájaro. Tomó unos metros de ventaja y anidó las manos sobre la cruz del manillar. Contrarrelojista. Acomodado, afilado el perfil para rasgar la cortina de aire, Roglic trazó limpio por Moyua. Allí, en medio de la aceleración de la persecución, Luis León Sánchez, sin margen para tirar la línea, se fue contra las protecciones. El acolchado le alivió. Ovillado sobre la queja. Otra víctima del mal de ojo de Bilbao, que recordó el drama de Pardilla y Stetina. A Roglic nadie pudo derribarlo. Ciclista alado, Roglic voló sobre Bilbao. Aterrizaje forzoso en la Gran Vía. Otros se estrellaron.

4ª ETAPA

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