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La creación del enemigo

Por Patxi Agirre Arrizabalaga - Jueves, 30 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:15h

El prolífico semiólogo, filósofo y escritor piamontés Umberto Eco exponía en su magnífico ensayo Construir al enemigo que disponer de un enemigo es importante para la definición y consolidación de nuestra identidad, ya sea personal o colectiva, y como medio a través del cual establecer nuestra propia escala de valores en la vida. El autor de la célebre novela El nombre de la rosa sentencia que si no existe enemigo, hay que crearlo, construirlo.

No obstante, este último aserto radical y demoledor, que conmociona en primera instancia a cualquier mente mínimamente lúcida, se complementa con la idea de que, a menudo, el curso de la historia ha ido generando categorías de enemigos no por su carácter amenazador sino por el mero hecho de su diversidad.

Citando a Tácito, historiador y senador del Imperio Romano nacido en el año 55 d.C., “los judíos son raros porque consideran profano todo lo que nosotros tenemos por sagrado todo lo que nosotros aborrecemos por impuro es para ellos lícito”. Y en el mismo siglo, el escritor latino Plinio el Viejo, aunque no encuentra cargos significativos de delito en los cristianos, los condena por el simple motivo de que no ofrecen sacrificios al emperador. Unos ritos, unas costumbres, una cultura distinta, la diversidad misma como base en la que fundamentar la edificación del concepto de enemigo a combatir con diferentes medios.

Sin retrotraernos demasiado, en nuestra historia más reciente también encontramos variantes de estos modelos: los intentos de la vanguardia de la izquierda aber-tzale por identificar a los integrantes de la Ertzantza como “cipayos” (término que alude a los soldados nativos indios de los siglos XVIII y XIX enrolados en la fuerzas coloniales francesas, portuguesas e inglesas) para así poder atentar con “justificación social” contra ellos;y, salvando todas las distancias, la difusión artificiosa por parte de sectores políticos e intelectuales españoles del “Todo es ETA” ha servido durante años para denostar y criminalizar todo lo que significa, en su más amplia acepción, la palabra abertzale.

Este proceder de negación de lo ajeno para asentar lo propio no sólo es exclusivo de los grandes procesos históricos. En ocasiones, la vida de los partidos se nutre de este ‘alimento básico’

Pero este proceder de negación de lo ajeno para asentar lo propio no sólo es exclusivo de los grandes procesos históricos. En ocasiones -quizá la frase debería comenzar por “en demasiadas ocasiones”-, la vida de los partidos políticos se nutre de este alimento básico. Y en muchas de ellas, la construcción del enemigo se adentra en las fronteras internas de cada una de las organizaciones para servir de soporte, o más bien de camuflaje, a lo que únicamente son luchas intestinas por alcanzar, consolidar y perpetuar el poder. Es entonces cuando la construcción del enemigo alcanza un elevado grado de artificiosidad y es entonces cuando el discrepante enemigo derrotado (decía Manuel Irujo que en los partidos se combate más al hereje que al enemigo), comienza a convertirse en el imprescindible chivo expiatorio, en el perpetuo elemento aglutinador, en el lugar común, perfecto para la cohesión frente a momentos de inestabilidad, incoherencia estratégica y desierto de ideas de la élite victoriosa.

La realidad de los partidos vascos nos ofrece un buen muestrario. En su interesante libro de reciente publicación Días de ilusión y vértigo, el periodista donostiarra Eugenio Ibarzabal narra cómo a principios de la década de los 80, Arzalluz y Garaikoetxea, quizá incapaces de ejercer un liderazgo compartido (bicefalia) en la nueva senda institucional abierta tras la aprobación del Estatuto de Gernika, e incapaces de comprenderse en lo personal, comienzan a competir en el seno del PNV, iniciándose una batalla interna para la que hay que construir un enemigo, “crear diferencias ideológicas, generar debates morales ficticios, apelar a la responsabilidad de la gente temerosa y acudir al miedo”. En el mismo espectro ideológico, quizá posteriores enfrentamientos también hayan surgido del mismo magma.

Las dinámicas excluyentes que se derivaron del proceso de Lizarra-Garazi y la recurrencia a legítimos planteamientos de “desbordamiento democrático” y “acumulación de fuerzas” deberán dar paso a formatos más incluyentes como el de las llamadas Conversaciones de Loiola del otoño de 2006 y a la puesta en valor de la transversalidad y la concertación de acuerdos entre diferentes.

De la misma manera, los partidos, tan llamados a efectuar declaraciones a favor de la “regeneración democrática” y de la superación de déficits del sistema político-jurídico, han de modificar sus modelos de organización, articulando nuevos mecanismos de participación interna más abiertos y más transparentes (alejados del modelo tradicional de máquina electoral), mediante el diseño de sistemas más directos de elección de dirigentes cuyos mandatos tengan límites temporales perfectamente tasados, como vía para conectar con las nuevas generaciones.

A Umberto Eco se le pregunta en el libro sobre la importancia de la ética (esa constante búsqueda de lo moral, de lo justo) ante la necesidad ancestral de disponer de enemigos a la que parecemos estar destinados. Y el autor italiano responde así: “La instancia ética sobreviene no cuando fingimos que no hay enemigos, sino cuando se intenta entenderlos, ponerse en su lugar”. La empatía con toda su fuerza ética.

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