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La política espectáculo

Por Josu Montalbán - Viernes, 17 de Marzo de 2017 - Actualizado a las 06:13h

En el debate social y económico, que aflora principalmente en las redes sociales, lo que prima es la política-espectáculo. Lo que se ha dado en llamar “nueva política” apenas tiene carta de identidad como ideología, de modo que quienes dicen defenderla no esgrimen otra razón que desacreditar a la “vieja política”, pero si les preguntas en qué fundamentan dicho descrédito no ponen sobre la mesa otro fundamento que el mero detalle de que sea “vieja”. Sin embargo, los que enarbolan la bandera de lo nuevo ya están sumidos en las mismas dudas, entregados a los mismos comportamientos y emulando las mismas estrategias que los “viejos”.

Es verdad que nos debe hacer pensar el hecho de que por medio de esa política que dicen “vieja” hemos llegado a la situación actual, que se caracteriza por mostrar algunos más defectos que virtudes, es decir, por ser todo menos halagüeña, pero quienes llegaron con sus innovaciones y frescuras al mundillo político han profundizado mucho más en subrayar los defectos que en pergeñar y poner en práctica las soluciones. De modo que se han enmarañado como cacatúas repitiendo las mismas consignas y denuncias, pero adolecen de los mismos vicios y errores: saben de dónde venimos pero no acuerdan hacia dónde hay que ir ni por qué caminos, les obsesiona el poder y se enriscan como cabras para protegerlo y preservarlo después de que lo han conquistado, fundamentan sus estrategias de predominio en subrayar los defectos y corruptelas ajenas mucho más que en realzar sus características o sus virtudes… En este panorama no resulta nada extraño que prime la política-espectáculo sobre la otra política, la real, que solo es tal cuando se soporta en ideologías consistentes.

Las viejas ideologías hace tiempo que se disfrazaron con ropajes menos contundentes, mucho más benignos, que han resultado ser más aceptables para que los ciudadanos no se asusten, pero mucho menos eficaces

Vivimos un tiempo extraño y difuso. Los líderes políticos se empeñan en impactar mucho más que en convencer, porque se impacta con un simple golpe de efecto, que sea certero, mientras que para convencer es necesaria la reflexión, mucho más trabajosa, vulnerable y frágil. El debate político habla mucho más de quienes se personan en las ONG de caridad para solicitar limosnas y enseres básicos, de los que carecen, con que garantizar su subsistencia, que de lo que es necesario hacer para que las ONG de caridad sean menos necesarias o lleguen a ser incluso innecesarias.

No es bueno, sin embargo, que quienes creemos en la bondad de las ideologías auténticas, que quienes somos capaces de distinguir entre la derecha y la izquierda, aceptemos sus métodos de debate. El crédito de unos no puede fundamentarse en el descrédito de los otros. “Quien ha matado a uno es igual de perverso y asesino que quien ha matado a cuatro” (sirva como ejemplo de cuanto digo). La “vieja política” erró en buena medida porque abandonó sus principios básicos. Capitalismo, socialismo, comunismo (mal llamado socialismo real)… las viejas ideologías hace tiempo que se disfrazaron con ropajes menos contundentes, mucho más benignos, que han resultado ser más aceptables para que los ciudadanos no se asusten, pero mucho menos eficaces. El capitalismo se disfrazó de liberalismo, en un intento de socializarse, lo cual constituyó un importante esfuerzo para quienes se creían dueños del mundo solo porque podían comprarlo con su dinero. El socialismo -y el comunismo, que era una variante más opaca e intransigente de él- sintió el miedo a perder para siempre ante el capitalismo. Los socialistas no han sido capaces de valorar en su justa medida las virtudes que debieran considerar inherentes y obligatorias al socialismo: la defensa de la igualdad, el ejercicio de la solidaridad y el imperio de la justicia como principios básicos para la consolidación de una sociedad más humana. Y de ese recelo ha surgido todo un rosario de versiones del socialismo que engloban el liberalsocialismo, el socialismo liberal, el reformismo, la socialdemocracia y las demás versiones que convierten el debate de los socialistas en un batiburrillo.

El conflicto social, llevado a las calles, deja de ser conflicto para convertirse en reyerta, a nada que las reglas de la convivencia se subviertan. La calle es necesaria para denunciar en ella, pero han de ser las instituciones las que resuelvan las denuncias y descontentos. La “nueva política” ha convertido las calles en un teatrillo en el que solo son protagonistas los más descarados y osados.

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