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Neure kabuz

Nación emprendedora

Por Jon. Azua - Lunes, 24 de Agosto de 2015 - Actualizado a las 06:19h

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los últimos tiempos parecerían dominados por un mensaje oficial y colectivo en favor del emprendimiento como garante de la autoempleabilidad en una economía cambiante y de escasa oferta de empleo estable en organizaciones tradicionales, como especial y prioritaria herramienta de generación de riqueza, crecimiento económico y fuente de la capacidad innovadora y creativa de las personas, las empresas y los países. Bajo este nuevo mensaje resulta imposible encontrar un gobierno, del nivel que sea, que no incluya entre sus programas y sus estrategias, el emprendimiento. Así, proliferan todo tipo de iniciativas que presentan lo que para muchos es un nuevo paradigma. Las más de las veces, sin embargo, se trata de las mismas personas y agentes del pasado quienes se ven reconvertidos a base de boletín, mercadotecnia y presupuestos, pasando a ser los verdaderos emprendedores del desarrollo empresarial como si la tarea de crear empresas, y hacerlas crecer y perdurar en el tiempo, de forma sostenible, fuera fruto tan solo de la voluntad inicial de generar tu propio espacio de trabajo. Propuestas voluntaristas o contrapartidas a un desempleo galopante sin potencial de desarrollo empresarial. Desgraciadamente, esta buena voluntad viene acompañada de muy pocas evidencias de un verdadero esfuerzo hacia la esencia de la capacidad generadora de iniciativas de forma sostenible. Pero en definitiva, todo espacio socioeconómico aspira a convertirse en un nuevo espacio-nación-estado de emprendimiento.

Sin embargo, uno de los graves mensajes de esta magia del emprendimiento es transmitir que está al alcance de cualquiera, realizable con una mínima subvención. Mensajes acompañados de suntuosos locales de alto standing, poniendo el acento en lo físico o instrumental más que en la esencia de una buena idea de negocio y en los recursos necesarios para hacerlo posible. Se deposita la esperanza en la inspiración individual -en especial de jóvenes sin experiencia- bajo una especie de falacia generalizada: el tránsito de una buena idea a su resultado empresarial es individual, rápido y sencillo. Adicionalmente, la literatura al uso está llena de relatos simplistas de experiencias de éxito -Silicon Valley;Israel: nación emprendedora, Start up nations-, ofreciendo esquemas copiables de éxito, agrupando una decena de iniciativas financiadas por el sector público en un espacio común (también público) y una desmedida publicidad obviando el esfuerzo realizado, prescindiendo de su correcta evaluación objetiva. Se pretende, en definitiva, recorrer el atajo de las recetas copiables lejos del complejo proceso de aprendizaje.

Este tipo de iniciativas proliferan en un disperso mercado de ofertas competidoras a las que se suman todo tipo de programas académicos, apoyadas en redes de financiación de un determinado tipo de capital semilla o riesgo, de toda clase. Sin duda, un buen número de estas iniciativas merecen todo respeto, si bien son las menos dentro del conjunto. Por si no fuera suficiente, esos mismos gobiernos que ponen un gran acento en su apuesta emprendedora son, a la vez, seguidores de las fatídicas políticas de austeridad impuestas en esta larga crisis, profundizando en elevados niveles de desempleo, en la atonía del crecimiento, en la reducción del comercio, en la limitada financiación de proyectos empresariales (largo placistas y de riesgo) y de una limitadísima intervención creativa del sector público en su inapreciable trabajo de promover proyectos estratégicos, apoyar la prefinanciación empresarial en sus fases previas antes de llegar al mercado, en su propia labor empresarial pública, en acelerar la dotación de infraestructura, en invertir en verdadera innovación y no en su marketing, en la investigación, en la educación y formación, en la propia reforma creativa de sus administraciones públicas, en su responsabilidad de actuación anti cíclica en favor de su economía real. Todo un prodigio de incoherencia que no hace sino fortalecer el pensamiento dominante. Los gobiernos parecerían prisioneros del lenguaje mediático que los asocia con las malas prácticas y las barreras para el buen funcionamiento de los mercados, a quienes se atribuye la exclusividad de la creativa, eficiente e imaginativa solución de nuestras necesidades desde la empresa privada en exclusiva.

Estas reflexiones iniciales vienen a cuento en una semana en que asistimos a una nueva revisión a la baja de las expectativas de crecimiento para Europa. Sombras que refuerzan la incertidumbre de las anunciadas luces a la salida del túnel, la superación de la crisis o la fortaleza de los primeros pasos en la creación de empleo. Europa vuelve a demostrar que sus recetas de austeridad, control del déficit, manuales de políticas de saneamiento financiero y su mal entendida competitividad asociada a devaluaciones internas y reducción permanente de empleo y costes laborales, no nos llevan a un mejor escenario.

Por contra, observamos que los gobiernos y países que, en verdad, han hecho esfuerzos significativos por incrementar sus presupuestos públicos, que han redoblado sus compromisos con la inversión pública y actuado de forma intervencionista en su economía real, desoyendo las poderosas voces del mercado y el laissez faire, han salido adelante, marcando la diferencia, evitando las sangrías del desempleo, acompasando la coyuntura de sus empresas e industrias en su preparación para una mejor adecuación al mercado, transitando hacia nuevos escenarios en los que la economía global, el consumo y la demanda tiren de ese mercado que hoy lastra su desarrollo.

Es el momento de abandonar discursos que exigen que los gobiernos han de limitarse a no estorbar y a propiciar jaulas para la iniciativa privada, única fuente de riqueza

Este escenario coincide con la petición que me hacía en días pasado el editor de una revista sobre emprendimiento de cara a resaltar algunos hechos diferenciales de Silicon Valley, que me ha llevado a repasar mis notas de una de mis primeras visitas (ya en los lejanos años 80) a este mítico valle y mis reuniones con el profesor William F. Miller, considerado el ministro de Relaciones Exteriores de Silicon Valley, desde su atalaya privilegiada de la Universidad de Stanford y su papel decisivo en los primeros proyectos emprendedores en la zona. El profesor se preparaba, en aquellos días, para encabezar un viaje oficial a Irlanda, a petición de la Casa Blanca, con líderes empresariales y académicos, al objeto de “explorar oportunidades emprendedoras que pudieran fortalecer su economía y facilitar el desarrollo de este País dentro de la estrategia de cooperación de USA”. Obviamente, ni los empresarios norteamericanos ni la propia Universidad habían llegado a la conclusión de que Irlanda era su apuesta más competitiva del momento, sino que lo hacían impulsados por un gobierno dispuesto a realizar una estrategia determinada, de la mano del desarrollo económico.

Esta colaboración público-privada, seguidista del Gobierno, no era una novedad en Silicon Valley. Esta meca del emprendimiento surgió como parte de un hábitat provocado y no consecuencia de la decisión de “un par de genios que se aburrían en clase y decidieron dejar la Universidad de Stanford para crear una empresa”. Por el contrario, las potentes inversiones del Gobierno -y en especial de sus departamentos de Industria y Defensa- favorecieron el desarrollo de la futura Internet, la aparición de múltiples aplicaciones que años más tarde llegarían al mercado, la formación de extraordinarios profesionales, el soporte de las infraestructuras necesarias y la clusterización real en el entorno de San José-San Francisco-Palo Alto.

De esta forma, la colaboración público-privada, los contratos programa de largo alcance, las inversiones de riesgo... y la capacidad y voluntad emprendedora en un universo ciencia-tecnología-empresa, así como el acceso a la financiación, permitirían el potente y especial desarrollo de Silicon Valley, espacio que encontró la fuerza empresarial de emprendedores reales, comprometidos con su idea de empresa, y que se ha ido reproduciendo a lo largo tanto de los Estados Unidos como del mundo.

Así, entendiendo muy bien lo que es un modelo completo de emprendimiento, algunos países se han convertido en verdaderos espacios emprendedores o Start UP nations y lo han conseguido, nunca por casualidad.

En esta línea, esta misma semana, la profesora de la Universidad de Sussex Mariana Mazzucato, de gran prestigio en el mundo de la innovación y el emprendimiento, entrevistada por el Financial Times, destaca que es un buen momento para abandonar determinados discursos oficiales empeñados en exigir la pasividad pública en favor de iniciativas estrictamente privadas y de mercado, así como el mantra de que la empresa privada “es la única fuente de emprendimiento, empleo y riqueza y que los gobiernos han de limitarse a no estorbar y a propiciar jaulas confortables para la iniciativa privada”. Por el contrario, insiste, los gobiernos tienen el enorme rol de provocar nuevas empresas, asumir riesgos, pensar y actuar en el largo plazo y no limitarse a jugar el papel “del estudiante obediente” que cumpla con los manuales que el pensamiento dominante exige, de modo que le resulte simple su cumplimiento y medición aunque la tozuda realidad le imponga escenarios no deseables como el que vivimos en Europa, confiando en que el azar, algún día, provoque un cambio y nos permita certificar un desempleo de tan solo un 15 o 20%, insistiendo en exigentes planes de rescate -irrealizables- a Grecia, por ejemplo. Es, sin duda, momento de repensar el futuro y evitar repetir un pasado cuyos resultados no parecen satisfactorios.

Observaciones que nos llevan a recordar que si bien es verdad que el emprendimiento es una apuesta imprescindible en toda estrategia-país, no es cuestión de confiar en el azar, la genialidad o los milagros. Sí a la apuesta por el emprendizaje, pero adecuando la realidad a sus verdaderas posibilidades. En esta línea, sin duda, nos apuntamos, también, a proclamar Euskadi, nación emprendedora. Pero como hemos señalado, requiere mucho más que el mensaje mercadotécnico al uso, exige mucho más que el tan necesario esfuerzo en poner en valor la empresa y su contribución al desarrollo y bienestar, con especial acento en el empresario, a la vez que se teje una estrategia completa y coherente. Estrategia, en todo caso, provocada y única.

Silicon Valley no es un espacio físico irrepetible, de la misma manera que el hábitat emprendedor no es una infraestructura o un mensaje sin más. Un país emprendedor es mucho más que unas pocas empresas o emprendedores de éxito, ganadoras, con domicilio social o fiscal en el territorio en cuestión. Hoy, en Euskadi, tenemos una sólida base sobre la que construir dicha nación emprendedora que habrá de traducirse en empleo, bienestar y desarrollo y progreso social. Construyamos nuestra Euskadi emprendedora.

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